Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 5
Cap 5 — Habitación 512
Valentina se detuvo frente a la puerta de la habitación 512 y apoyó la mano en la manija.
No la giró de inmediato.
Se quedó ahí, de pie en el pasillo alfombrado del Hotel Palomar, escuchando los sonidos amortiguados que salían de la habitación, y respiró.
Detrás de ella, el investigador privado sostenía una cámara con teleobjetivo. A su lado, los dos testigos que Sebastián le había conseguido esperaban en silencio: un notario público con su maletín y una abogada joven del bufete que levantaba acta en tiempo real desde una tableta.
—¿Lista? —murmuró el investigador.
No contestó. Apretó la manija y empujó.
La puerta se abrió con un chasquido suave. Casi cortés. Como si el hotel estuviera de acuerdo en que lo que iba a pasar dentro de esa habitación tenía que pasar.
Lo primero que vio fue la ropa.
La camisa de Martín en el piso, junto a la cama. Un vestido rojo colgando del respaldo de una silla. Zapatos de tacón tirados cerca del baño. La escena tenía esa calidad desordenada de lo urgente, de lo que se hizo con prisa y sin cuidado.
Luego los vio a ellos.
Martín estaba de espaldas, con la sábana enrollada en la cintura. Camila tenía la cabeza apoyada en su hombro y los ojos cerrados. Por un segundo —un segundo brevísimo, cruel— Valentina pensó que se veían en paz. Cómodos. Como una pareja de verdad.
Algo le punzó en el pecho. No celos. Algo más viejo, más profundo. Como la memoria de una herida que ya cicatrizó pero que todavía duele cuando cambia el clima.
Yo dormía así con él, pensó. Hace mucho tiempo, cuando todavía creía que me quería.
El flash de la cámara borró el pensamiento.
Martín se incorporó de golpe. Camila gritó —un grito agudo, instintivo— y se cubrió con la sábana mientras buscaba frenéticamente su ropa.
—¿Qué...? —Martín parpadeó, cegado por el flash, y tardó tres segundos en enfocar la cara de Valentina—. ¿Qué carajo haces aquí?
—Documentando —dijo Valentina. Su voz sonó tan tranquila que a ella misma le sorprendió. Como si las semanas de espera, las noches en la oficina de Rogelio, las sonrisas falsas, hubieran destilado toda su rabia en algo transparente y letal.
Señaló al notario.
—Él es el Licenciado Carranza, notario público. Ella es la Licenciada Paredes, del bufete Montero & Asociados. El señor con la cámara ya tiene todo lo que necesita. Y yo... —sacó un sobre de manila de su bolsa y lo dejó sobre la mesita de noche— tengo aquí el convenio de divorcio.
Martín se quedó mirando el sobre como si fuera una bomba.
—Estás loca. Estás completamente loca.
—Estoy divorciándome. Son cosas distintas.
Camila se había envuelto en la sábana y retrocedido hasta la esquina de la habitación. Maquillaje corrido. Ojos muy abiertos.
—Martín, haz algo —siseó.
—¡Cállate! —Le lanzó una mirada asesina y se volvió hacia Valentina—. ¿Quién te dijo que estaba aquí? ¿Me estabas siguiendo? Esto es acoso, te voy a denunciar.
—Denúnciame. —Valentina se cruzó de brazos—. Mientras tanto, te cuento lo que ya sé. Cambiaste la representación legal de la empresa a tu nombre sin mi consentimiento. Inflaste gastos con proveedores fantasma. Transferiste dinero a cuentas a nombre de tu madre. Evadiste impuestos durante al menos dieciocho meses. ¿Sigo?
El color se fue drenando de la cara de Martín. Lento. Visible. Irreversible.
—Eso... eso no es verdad.
—Las pruebas están en manos de mi abogado. Si no firmas el convenio, las entregamos a la fiscalía. Evasión fiscal, lavado de dinero, ocultamiento de bienes. ¿Cuántos años de cárcel crees que sean?
Martín apretó la mandíbula. Valentina vio cómo los músculos de su cuello se tensaban, cómo los nudillos se le ponían blancos al apretar la sábana.
Lo conocía lo suficiente para saber que estaba calculando, no reaccionando. Siempre calculaba.
—¿Qué quieres? —dijo al fin.
—Quiero lo que me corresponde. La mitad de los bienes gananciales. La empresa se liquida o se divide. Y tú me dejas en paz. Para siempre.
—La mitad... ¿estás delirando? Esa empresa es mía.
—Esa empresa la fundamos juntos con mis ahorros, y lo sabes. El acta constitutiva original tiene mi nombre. La que no lo tiene es la que tú falsificaste.
Camila se puso de pie, todavía envuelta en la sábana, y caminó hacia Valentina con la barbilla en alto.
—¿Quién te crees que eres? Vienes aquí a montarnos una escena como si fueras la víctima, cuando todo el mundo sabe que Martín se casó contigo por lástima.
Valentina la miró. La miró de verdad, de arriba abajo, sin prisa, sin desprecio. Con la misma calma con la que uno mira un insecto en la pared antes de decidir si vale la pena aplastarlo.
—Señorita Vargas, usted es la amante de mi marido. No tiene ningún estatus legal en esta habitación. Le sugiero que se vista y se vaya.
Camila abrió la boca. No le salió nada.
Valentina ya se había vuelto hacia Martín.
—Firma.
—No voy a firmar nada sin un abogado.
—Firma ahora, o las pruebas van a la fiscalía mañana a primera hora. Mi abogado ya tiene todo listo. ¿Cuánto crees que tardan en congelarte las cuentas?
Martín miró al notario. Luego a la abogada con la tableta. Luego al investigador con la cámara.
Cuatro testigos. Evidencia documental. Fotografías.
Estaba acorralado y lo sabía.
—Dame eso —gruñó.
Le tendió el sobre. Lo arrancó de sus manos, sacó los documentos y los leyó por encima con los ojos inyectados en sangre. Las manos le temblaban de rabia.
Camila se asomó por detrás de su hombro.
—Martín, no firmes eso. Se lleva la mitad de todo.
—La mitad es lo que me corresponde por ley —dijo Valentina—. El Licenciado Montero revisó cada cláusula. Es justo. Más que justo, considerando lo que hiciste.
Martín tomó el bolígrafo que el notario le ofreció y firmó. Cada trazo fue violento, torcido, como si intentara romper el papel con la punta.
El notario recogió los documentos y los selló. La abogada registró la firma en la tableta.
—Esto no se va a quedar así —dijo entre dientes—. Tú no eres nadie, Valentina. Nadie. Y cuando mi abogado termine contigo, vas a desear no haber nacido.
Valentina sintió las palabras como un golpe de aire frío. No porque le dieran miedo, sino porque reconoció en ellas algo que había escuchado antes: la voz de Gladys en el hospital, Camila riéndose detrás de la puerta, Martín planeando cómo despojarla.
Para ese hombre ella nunca había sido una persona. Solo un obstáculo.
Se acercó un paso. Lo miró a los ojos.
—Martín, yo di a luz a un hijo muerto por tu culpa. Lo que tú puedas hacerme ya no me da miedo.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin cerrar la puerta. El notario y la abogada la siguieron. El investigador tomó tres fotos más y salió también.
En el elevador, se apoyó contra la pared y cerró los ojos.
El corazón le latía deprisa. Pero no de miedo. De otra cosa. Algo caliente, eléctrico, que le recorría el cuerpo como una corriente.
Era satisfacción.
No felicidad —la felicidad estaba muy lejos todavía, quizás para siempre—. Pero sí la certeza animal de haber devuelto un golpe. De haber mirado al hombre que destruyó su vida y haberle dicho, con la voz firme y los ojos secos: ya no puedes tocarme.
El elevador llegó al lobby. Salió, cruzó el vestíbulo de mármol y empujó la puerta de cristal.
Afuera estaba oscureciendo. El cielo tenía ese color naranja sucio de las ciudades grandes al atardecer.
Sacó el teléfono y le mandó un mensaje a Sebastián:
Hecho. Firmó el convenio. El notario tiene los documentos sellados.
La respuesta llegó en menos de treinta segundos:
Bien. Presento la demanda en el juzgado familiar mañana a primera hora. Descanse esta noche, señora Solano. Se lo ganó.
Guardó el teléfono. Se quedó mirando la calle.
Un vendedor ambulante pasó empujando un carrito de tamales. Un perro flaco cruzó la avenida trotando. Una pareja caminaba tomada de la mano por la banqueta de enfrente, y Valentina los miró un instante con algo que no era envidia sino curiosidad. Como si tratara de recordar cómo se sentía eso.
No lo recordaba.
Levantó la mano y paró un taxi.
—A casa de mi madre —dijo.
Por primera vez en tres años, no estaba volviendo a la casa de los Reyes.
que le consiguió ese trabajo?