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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 28

Capítulo 28

La confesión

La fiesta de despedida fue en la sala de redacción de Canal 7.

Alguien había comprado un pastel con glaseado blanco y letras azules que decían "Buena suerte, Valentina" y alguien más había colgado globos del techo que ya se estaban desinflando. Los compañeros de redacción se habían juntado alrededor de las mesas de edición — camarógrafos, reporteros, editores, el equipo técnico, la recepcionista que siempre le guardaba café. Santiago estaba en la esquina, vestido de civil, con un vaso de refresco en la mano y la postura ligeramente rígida de alguien que no está acostumbrado a fiestas.

La sorpresa vino de Marcos, el investigador senior, que le preguntó a Valentina por su mamá.

—¿Tu mamá es Elena Cisneros? ¿La Elena Cisneros?

—Sí.

El murmullo se expandió por la sala como una onda en el agua. Elena Cisneros era un nombre conocido en los círculos políticos y mediáticos de la Capital — una mujer de influencia discreta cuya posición exacta nadie terminaba de definir pero todos respetaban. Que Valentina fuera su hija era información nueva para la mayoría.

—¿Por qué nunca lo dijiste? —preguntó Marcos.

—Porque soy periodista, no la hija de nadie. Mi trabajo habla por sí mismo.

Santiago la miró desde la esquina. La comisura izquierda.

Camila apareció a las nueve.

Valentina no la había invitado. Alguien del equipo lo había hecho — probablemente la editora de sociales, que mantenía contacto con Camila desde la cobertura de Hapir. Camila entró con una botella de vino y una sonrisa que era demasiado ancha para ser natural.

—Felicidades, Valentina. Nuevo comienzo.

—Gracias, Camila.

Se abrazaron con la brevedad de dos personas que no se caen bien pero que saben actuar. Camila miró a Santiago. Santiago la saludó con un movimiento de cabeza — cortés, distante, el saludo de alguien que reconoce una presencia sin invitarla a quedarse.

Camila observó. Valentina vio cómo sus ojos iban de ella a Santiago y de regreso — midiendo la distancia entre ellos, registrando la forma en que Santiago se inclinaba un milímetro hacia Valentina cada vez que alguien se le acercaba, la forma en que ella le pasaba su vaso sin que él lo pidiera. La geometría invisible de una pareja que todavía no ha dicho que es pareja pero que todo el mundo puede ver.

Valentina sintió la mirada de Camila como se siente el sol en la nuca — caliente, persistente, imposible de ignorar. No era hostilidad. Era algo más complicado: reconocimiento. Camila reconocía lo que estaba viendo porque lo había deseado para sí misma, y la dignidad con que lo aceptaba era, a su manera, una forma de valentía que Valentina respetó en silencio.

Camila no dijo nada. Tomó su vino. Se fue a las diez.

---

La fiesta terminó a la medianoche. Valentina y Santiago salieron caminando. Las calles estaban vacías — ese vacío de madrugada que tienen las ciudades cuando la gente decente duerme y solo quedan los que caminan porque necesitan caminar.

El Callejón de los Jazmines estaba a tres cuadras. Valentina lo tomó como atajo, como siempre. Los jazmines estaban floreciendo — los primeros de la primavera, pequeños y blancos, con un olor que era demasiado dulce para una ciudad y que sin embargo estaba ahí.

Los dos hombres salieron de un portal.

Valentina los vio antes de que ellos la vieran a ella. Dos siluetas, capuchas, una navaja que brilló bajo la farola cuando uno de ellos dio un paso hacia la luz.

—Celulares. Cartera. Ahora.

Santiago se puso delante de ella. El movimiento fue automático — sin pensarlo, sin planearlo, como un reflejo que se dispara antes de que el cerebro pueda intervenir.

—No quieren hacer esto —dijo Santiago. La voz del soldado.

—El celular, cabrón. O te pico.

Valentina metió la mano en el bolsillo. No buscaba el celular. Buscaba la linterna. La encontró. Apretó el botón. El modo estroboscópico se activó — una ráfaga de luz blanca intermitente que le dio al primer asaltante directamente en los ojos. El hombre retrocedió, cegado, con la mano sobre la cara.

Santiago se movió en el mismo segundo. Un paso hacia la izquierda, una patada baja que le conectó al segundo asaltante en la rodilla. El hombre se dobló. Santiago le agarró la muñeca de la navaja y se la torció hacia abajo. La navaja cayó al suelo con un sonido metálico que resonó en el callejón como una campana.

El primero ya estaba corriendo. El segundo se levantó y lo siguió, cojeando, desapareciendo por el portal del que habían salido.

Silencio.

Santiago se dio la vuelta. Valentina estaba de pie con la linterna encendida y el pulso latiéndole en las sienes.

—La linterna —dijo él.

—La linterna —repitió ella.

—Buen reflejo.

—Buen entrenamiento.

Se miraron. La adrenalina todavía les corría por las venas — caliente, eléctrica, viva. Santiago recogió la navaja del suelo y la tiró en un bote de basura. Le ofreció el brazo a Valentina. Ella lo tomó. Siguieron caminando.

---

El edificio de Roberto Mora estaba a seis cuadras del Callejón de los Jazmines. Valentina iba a quedarse esa noche con su padre y con Lucía, su media hermana — Patricia y Roberto estaban de visita en la ciudad.

Las escaleras del edificio eran estrechas, de azulejo viejo, con un pasamanos de metal que se tambaleaba. El elevador estaba descompuesto. Santiago la acompañó hasta el tercer piso.

En el último escalón antes del rellano, Valentina pisó mal. El tacón del zapato — bajo, práctico, de periodista, no de fiesta — resbaló en el borde del escalón. Valentina perdió el equilibrio. Se fue hacia atrás.

Santiago la atrapó.

Un brazo alrededor de su cintura, el otro en su espalda. La detuvo a medio caer, con la misma velocidad y la misma precisión con que había atrapado a la mujer en la azotea del centro comercial. Valentina quedó inclinada hacia atrás con los pies en un escalón y el cuerpo sostenido por los brazos de él. La cara de Santiago estaba a diez centímetros de la suya. El ojo derecho. La nariz. Los labios.

—Me gustas mucho —dijo Santiago.

Las palabras salieron con la misma economía con que decía todo — sin adornos, sin preámbulos, sin la red de seguridad de la ambigüedad. "Me gustas mucho." Tres palabras que caían sobre la escalera del edificio de Roberto Mora como si fueran la cosa más simple del mundo.

—A mí también —dijo Valentina.

Santiago la enderezó. La puso de pie. No la soltó. Las manos seguían en su cintura y en su espalda y los diez centímetros de distancia se redujeron a cinco, a tres, a uno.

El beso fue suave primero. Los labios de él contra los de ella — secos, calientes, con sabor a refresco y a la menta del chicle que había estado masticando durante la fiesta. Valentina le puso las manos en el pecho. Sintió el corazón de Santiago latiendo bajo las costillas — rápido, más rápido de lo que ella esperaba, tan rápido como el suyo.

El segundo beso fue más profundo. Santiago le puso la mano en la nuca y la acercó. Valentina cerró los ojos. El mundo se redujo a la boca de él contra la suya, a los dedos en su pelo, al sonido de la respiración de los dos mezclándose en el hueco de la escalera. Podía sentir las cicatrices de sus nudillos contra su cuello — líneas ásperas que contaban historias de cables cortados y granadas desactivadas y muros saltados. Cada cicatriz era una vez que él había elegido vivir, y ahora esas cicatrices estaban contra su piel, y Valentina pensó que no existía lugar en el mundo donde se sintiera más segura que entre las manos de un hombre cuyo trabajo era tocar cosas que explotan.

Se separaron. La escalera estaba en silencio. La luz del rellano parpadeaba — una bombilla vieja que se estaba muriendo y que les daba a los dos un brillo intermitente, como el estroboscópico de la linterna pero más suave, más amable. Afuera, la ciudad dormía. Adentro, todo había cambiado.

—Buenas noches —dijo Santiago.

—Buenas noches.

Él bajó las escaleras. Valentina lo miró desaparecer por la curva del segundo piso — cada paso más lejano que el anterior, el sonido de sus botas desvaneciéndose como el eco de una canción que se acaba. Se quedó de pie en el rellano con los labios todavía calientes y el corazón latiendo como si quisiera salirse del pecho y seguirlo escaleras abajo.

Abrió la puerta del departamento con la llave que Roberto le había dado. La sala estaba oscura. Caminó de puntillas hasta el cuarto de Lucía. Abrió la puerta. Lucía dormía — trece años, pelo desparramado sobre la almohada, las mantas hechas un nudo alrededor de las piernas.

Valentina se acostó a su lado. Se quedó mirando el techo. Lucía se movió, medio dormida.

—¿Val?

—Soy yo. Duérmete.

Un silencio. Después:

—¿Estás bien?

—Estoy saliendo con alguien —susurró Valentina. Las palabras le salieron sin permiso, empujadas por una alegría que no podía contener.

Lucía abrió un ojo.

—¿Quién?

—Se llama Santiago. Me gusta mucho.

Lucía sonrió con los ojos cerrados.

—Me alegro —murmuró, y se volvió a dormir.

Valentina se quedó acostada en la oscuridad con una sonrisa que no podía borrar y el sabor de un beso que no iba a olvidar y la certeza nueva de que las cosas podían mejorar. Que el invierno se estaba acabando. Que los brotes salían. Que un hombre le había dicho "me gustas mucho" en una escalera y que ella le había dicho "a mí también" y que esas seis palabras eran las más honestas que había pronunciado en un año.

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Diana A Zevallos Mejia
Trama interesante, trata de captar sucesos de guerra que lo hacen con nteress m
Paola Mattei
Maravilloso
Consuelo Oré Huraranga
Autora muchas gracias por su novela, he leído 4 veces y lloro y sufro con cada una de sus narraciones, UD con esta historia nos enseña que existe el AMOR VERDADERO,LEAL, Valentina nos demuestra que una mujer cuando ama con el alma no se rinde , cae pero se levanta y sigue para delante y no se deja imponer de callarse sino que cuenta la verdad para que sea escuchada y se sepa todo lo que hay en las guerras ,cuando las autoridades no quieren que se sepa , MUCHAS GRACIAS POR SU HISTORIA . ES MUY GRATIFICANTE LEERLA. MUCHAS BENDICIONES.
Dayana Castillo: quedé sin batería 🪫 y no se que más decir quedé con el corazón en dos
total 2 replies
Pilar Milano
Muy bella escritora, muy triste, con mucho sentimiento, Díos té bendiga
Rossi
losmonstruos si existen, desgraciadamente.
Rossi
la Pulsera, la traía rl cuando se despidió en el aeropuerto, la encontró ella colgando de un cajón y ahí mismo la dejo, ahora el la trae puesta?
Rossi
ambos son orgullosos y necios
Gaby❤️
Muy buen comienzo 👌🏻
YAS
Muy conmovedora, invita a reflexionar y valorar lo que damos por hecho, la paz y sensación de seguridad, el compromiso... en fin la vida bajo un manto de honor
Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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