La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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24
Burak salió, se encerró en la habitación. Al rato bajó y fue hasta el pequeño bar. Se quedó contemplando las botellas de licor, seguido empezó a retirarlas de su lugar y, junto a dos de las empleadas, empezó a empacarlas.
—Déjalas en el sótano.
—¿Qué haces? ¿Dónde envías los licores? —preguntó Cem deteniendo a las empleadas.
—Hagan lo que les digo —demandó y continuó empacando.
Cem se paró a su costado, sacó una botella que Burak había guardado, contempló la botella y sonrió.
—¿Crees que desapareciendo los licores dejarás de beber? Sabes, Burak, cuando el vicio te atrapa no puedes salir.
—Eso solo les pasa a los débiles, y yo no soy uno de ellos —dijo al tiempo que cerraba la caja.
Cem soltó una carcajada, abrió la botella de vino y se sirvió una copa. Se acercó a Burak y la bebió delante.
—¿Seguro?
Este ladeó la cabeza y se dio la vuelta para retirar más.
—Tú ya eres un adicto al alcohol y no podrás salir de él. Aunque no quieras aceptarlo, eres igual que yo.
Burak le miró sobre el hombro y, con toda seguridad, dijo:
—No soy igual a ti, Cem, y créeme que en mi vida quisiera serlo.
—¿Por qué? Todos los hijos admiran a sus padres y sueñan ser como ellos. ¿Por qué tú no?
—Porque tú no provocas admiración. Lo único que provocas en mí es lástima.
Los dientes de Cem se apretaron. Tenía ganas de estrellar la palma de su mano en la cara de su hijo.
—Solo mírate. No tienes nada que produzca admiración. No terminaste la universidad, no tienes una profesión en la cual te desempeñes. El dinero que mi abuelo te dio lo invertiste; te iba bien en aquellos negocios. Sin embargo, tus socios te abandonaron porque años más tarde decidiste malgastarlo en los casinos hasta quedar completamente arruinado. Eres un pobre y triste apostador que ahora mismo no tiene en qué caerse muerto y me condenó a ser parte de esa miseria.
—Pues este pobre y triste apostador te dio la vida, te crió y dio lo que tienes.
—Es que no tengo nada, Cem. Si no te has dado cuenta, soy un becado en la universidad, y eso lo conseguí con esto —apuntó su cerebro—. Lo único que tú has hecho es destruirme la vida. Primero gastando todo el patrimonio familiar, segundo pagándole a Emir para que drogara a Leyla y abusara de ella, y por último imponiéndome una esposa la cual ya había sido de mi abuelo.
—Y será ella la que te lleve a la cima. Ya luego me lo agradecerás —dijo dándose la vuelta y palmándole el hombro.
Burak sopló este y masculló:
—Tal vez sea lo único que te agradezca.
Cem siguió la mano en el aire y continuó su camino.
Ya en la cena, Reyhan cuestionó:
—¿Dónde estuviste toda la tarde? —se dirigía a Burak.
Este limpió los labios y, tras beber del jugo, dijo:
—Fui a la empresa —hizo una pausa para dejar rodar algo de comida que aún le quedaba—. Empezaré a trabajar desde mañana.
—¿Por qué trabajar?
—Porque según Aydın Bust…
Reyhan bebía del café. Al escuchar ese nombre se encasquilló. En cuanto a Cem, detuvo el andar de la cuchara.
—Dijo que para ser presidente debo prepararme y luego los socios elegirán.
—¿Me estás diciendo que ese miserable es el presidente?
—¿Lo conoces?
—Por supuesto. Es el ahijado de mi padre —miró a su esposa y musitó—: Y mi amigo, pero de un tiempo para acá nos distanciamos.
—Mira nada más. El abuelo prefirió confiar en su ahijado antes que en ti. ¿Por qué será?
—Porque era su hijo bastardo, solo que nunca quiso reconocerlo.
El silencio perduró.
—¿Dices que debes competir con Aydın para la presidencia?
Burak asintió.
—Pues desde ya estás derrotado, porque ese tipo es un genio.
Aunque no le gustaba reconocerlo, debía admitir que su ex amigo era demasiado inteligente. Por eso su padre lo prefería más.
—Pues yo no me doy por derrotado, Cem…
—Oye, ya no me está gustando esa forma de dirigirte a mí. Soy tu padre y como tal debes llamarme.
—¿Sabes, Cem? —hizo énfasis en el nombre. Miró a su madre y, señalando a ambos, expuso—: Ustedes dos no parecen padres, porque un padre y una madre jamás actúan a espaldas de sus hijos para destruirles la vida. Tú me separaste de la mujer que quería —miró a su madre—. Y tú me drogaste y me convertiste en un violador —se levantó y limpió la boca, seguido lanzó el trapo en el centro de la mesa—. Por eso dejé de considerarlos como tales. Yo ya no tengo padre ni madre —se dio la vuelta y salió del comedor.
—Aunque te cortes la vena del rabo somos tus padres y por siempre lo seremos —dicho eso dirigió la mirada a su esposa—. ¿Y tú qué? ¿No me digas que te encasquillaste por volver a escuchar ese nombre?
Reyhan rodó los ojos y con elegancia limpió las comisuras de sus labios.
—¿En serio? —le miró negando—. Desde ya te digo que, si te vas a poner en esas a estas alturas de la vida, te verás ridículo —se levantó y se retiró.
Al día siguiente, Elif se dirigió a la universidad. Wilson se quedó fuera de esta. Apenas Elif puso un pie dentro, las miradas y el cuchicheo empezaron. Por un momento tuvo la intención de retirarse; sin embargo, la mano de Emir se apretó a la suya.
—No les hagas caso. Ignóralos a todos.
Burak, que acababa de ingresar, vio cómo la pareja caminaba tomada de las manos. Inmediatamente su mirada se volvió fría y espeluznante. Era como si taladrara con los ojos la espalda de Elif.
Cuando una mano se sujetó de su brazo lo sacó del trance en que se había quedado.
—¿Esperas por mí?
Burak dirigió la mirada a Leyla, luego la bajó al agarre y, apretando los dientes, dijo:
—¡Suéltame!
La joven sintió vergüenza y lentamente lo soltó. Miró a un lado y a otro por si alguien cercano a su círculo hubiera escuchado.
Burak movió sus hombros y, posando la mirada al frente, continuó su camino. Llegó al primer pasillo y miró a la derecha. Al no ver a nadie continuó. Llegando al siguiente los vio al fondo. Se quedó contemplándoles y, una vez que Emir se despidió y se fue por el otro pasillo, Burak aceleró el paso. Cuando la alcanzó la tomó del brazo y la apegó a una grande columna.
Ante la agresividad de su esposo, Elif tembló. No sabía qué había hecho.
—¡Te dije que te mantengas lejos de Emir! —la mirada espeluznante parecía atravesarla.
—Yo… yo no lo busco… es él el que insiste…
—¡Pero bien que te dejas agarrar de la mano! —gruñó apretando más el brazo—. Eres mi esposa, por lo tanto me debes respeto y no puedes andar tomada de la mano de nadie. ¿Quedó claro?
Una vez que ella asintió, Burak se retiró.
Elif se quedó con la mirada perdida. Sus ojos se invadieron de lágrimas, y el dolor en su brazo se reflejó de inmediato. Al sentir una rebelde lágrima rodar por su mejilla, se giró hacia el cristal y la limpió de prisa.
—¿Estás bien? —preguntó una voz masculina, la cual no era de Emir.
Sin poder pronunciar nada, Elif asintió con la cabeza esperando que el hombre detrás de ella se marchara. No obstante, el joven continuaba ahí; podía verlo por el cristal.
—¡Alp! —gritaron Hannah y Henna, quienes corrían en dirección al joven—. ¡Volviste!
Al escuchar esas voces, Elif limpió su rostro humedecido y, sin mirar a su costado, se dirigió al salón.
Cuando las gemelas la vieron salir de esa columna fruncieron los labios y la miraron con desdén, más cuando vieron la mirada de Alp puesta en ella.
—¡Estás aquí! —emocionada se paró delante para que él no continuara observando a Elif, pero Alp era lo suficientemente alto para que la figura de Hannah le cubriera la visión.
—Sí, regresé —miró a las chicas y continuó—: Terminaré la universidad aquí.
—Esto es emocionante —gritó Henna y se abrazó a él. Hannah le quitó las manos que rodeaban a Alp y este sonrió.
—Bueno, chicas, nos vemos más tarde. Ahora voy a mi clase.
Alp se dirigió por el mismo pasillo donde se fue Elif. Llegó al salón donde tomaría la primera clase. Al ver a Burak le levantó la mano y este le sonrió, y respondiendo con un movimiento de mano lo llamó:
—¿Tú aquí? ¿Por qué no me avisaste que volverías a la capital?