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El renacer de la esposa humillada

El renacer de la esposa humillada

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.

Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.

Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.

Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.

La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.

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Capítulo 28

Lucas salió del salón de eventos del hotel con paso ligero. Por primera vez en los últimos días, el ánimo le mejoró un poco. El seminario de tres días por fin había terminado.

Se aflojó la corbata mientras recorría el pasillo del hotel, lleno de otros asistentes. Algunos lo saludaban. Lucas respondía con una sonrisa escueta y un asentimiento relajado. Pero detrás de esa calma, la mente seguía ocupada con una sola cosa: Astrid. Más exactamente, la demanda de divorcio que su esposa había presentado a escondidas.

La noche anterior, Lucas casi no pudo dormir después de confirmar que Astrid efectivamente lo había demandado a través de Guillermo. Al principio se enfureció, pero tras pensar toda la noche, empezó a trazar un nuevo plan. No creía que Astrid realmente quisiera dejarlo.

Para él, todo esto era solo una rebelión momentánea. Astrid seguramente estaba enojada o dolida. Y como siempre, las emociones la habían hecho actuar de forma precipitada.

Lucas incluso sonrió al recordarlo.

—Astrid sigue siendo Astrid —murmuró mientras presionaba el botón del elevador.

En la mente de Lucas, su esposa seguía siendo la misma de siempre. Demasiado blanda y crédula. Fácil de influenciar por los sentimientos. Estaba convencido de que una vez que regresara a casa, todo se podía arreglar. No, más bien: todo se podía volver a controlar.

La puerta del elevador se abrió. Lucas entró sacando el celular. No había noticias de Marta. Estaba seguro de que su madre ya habría ido a casa de Astrid ese día.

Si había alguien capaz de hacer que Astrid se sintiera culpable, esa persona era Marta. Lucas podía imaginar perfectamente cómo su madre presionaría a Astrid. Le recordaría sus obligaciones como esposa. Culparía la decisión del divorcio. Haría que Astrid volviera a dudar.

En cuanto apareciera la duda, Lucas entraría para retomar el control. Como había hecho siempre durante años.

La puerta del elevador se abrió de nuevo en la planta baja. Lucas salió. La sonrisa se le ensanchó. Una vez que resolviera el asunto de la demanda, el foco volvería al objetivo mucho mayor: los bienes de Astrid, incluida la casa grande donde vivían actualmente.

Toda la riqueza de Astrid que aún no había logrado controlar por completo. Estaba demasiado cerca de la meta para fracasar ahora. No iba a permitir que nadie destruyera sus planes, ni siquiera Astrid. Ni cualquiera que intentara interponerse en su camino.

Lucas salió del vestíbulo del hotel guardándose el celular en el bolsillo del saco. El sol de la tarde lo recibió.

La explanada del hotel estaba concurrida de vehículos que iban y venían. Algunos huéspedes transitaban con maletas. Todo se veía normal. Hasta que cuatro hombres se le acercaron desde distintas direcciones.

Los pasos de Lucas se hicieron más lentos. El ceño se le frunció de inmediato.

Uno de los hombres mostró una identificación.

—¿Doctor Lucas Romano?

Lucas asintió despacio.

—Sí.

El hombre lo miró sin sonreír.

—Somos de la policía.

Sin saber por qué, el corazón de Lucas empezó a golpearle el pecho con más fuerza. Aun así intentó aparentar calma.

—¿Qué se les ofrece?

El hombre sacó una carpeta. Le mostró un documento oficial.

—Tenemos una orden de aprehensión para llevarlo a la comandancia de policía por presunto delito de malversación de fondos y lavado de dinero.

El tiempo pareció detenerse. Lucas se congeló. La sonrisa que todavía le quedaba se le borró del rostro al instante.

—¿Qué? —la palabra salió casi en un susurro.

A su alrededor, algunas personas empezaron a voltear. Se oían murmullos en varias direcciones.

Lucas sintió que la sangre se le iba de golpe. Estaba verdaderamente aterrado. Porque esto no era algo que pudiera manipular con palabras. Y por primera vez en años de haber controlado siempre el juego, Lucas experimentó lo que se siente ser el perseguido.

Mientras tanto, en Meganópolis, Marta seguía sentada a solas en la sala de su casa cuando el celular que descansaba sobre la mesa vibró de pronto.

La habitación, que llevaba rato en silencio, se llenó con el timbre estridente.

La mujer, que aún le daba vueltas a la pelea con Astrid de hacía unas horas, volteó de inmediato. Frunció el ceño un instante. Pero en cuanto vio el nombre en la pantalla, el cuerpo se le enderezó por reflejo.

Lucas. El corazón le dio un vuelco.

Con rapidez, Marta agarró el celular y contestó.

—¿Lucas? —lo llamó de prisa—. ¿Qué pasa?

Pero la voz que se escuchó del otro lado hizo que Marta supiera al instante que algo andaba muy mal. No tenía el tono relajado de siempre, esa voz tranquila que siempre la hacía creer que su hijo podía con cualquier problema.

—¡Mamá, ayúdame! —la voz de Lucas sonó áspera, tensa, y llena de una furia que intentaba contener.

Marta se irguió todavía más en el asiento. La mano, sin darse cuenta, se le cerró con más fuerza alrededor del celular.

—¿Qué pasó? —volvió a preguntar Marta—. ¿Qué te pasa?

Del otro lado se escuchaba bastante ruido. Conversaciones confusas, voces a medio oír. El ambiente no sonaba para nada como un hotel ni como un salón de seminarios.

Marta empezó a inquietarse.

—¿Dónde estás?

Pasaron unos segundos antes de que Lucas respondiera.

—Estoy en la comandancia de policía.

La frase hizo que la sangre de Marta pareciera dejar de correr. El rostro se le puso lívido. El cuerpo se le paralizó.

—¿Qué? —la voz de la mujer casi se disparó. Incluso se puso de pie del sofá del susto.

—¿En la comandancia de policía? ¿Por qué estás en la comandancia de policía?

Las manos de Marta empezaron a temblar.

Del otro lado, Lucas apretaba la mandíbula con todas sus fuerzas. Estaba de pie en una esquina de la sala de interrogatorios, conteniendo la rabia que no paraba de hervirle en el pecho.

—La policía me detuvo cuando salí del hotel.

Los ojos de Marta se abrieron de par en par.

—¿Te detuvieron? —repitió sin poder creerlo.

—Sí.

—Pero ¿por qué?

Lucas soltó un resoplido áspero. El puño tan cerrado que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Es un malentendido.

Marta sintió que el pecho se le comprimía todavía más.

—¿Malentendido de qué?

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