Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 28 — La mirada que cambió
El ambiente en la floristería aquella tarde se volvió extraño tras las palabras de Bastian.
—Solo temo que Alya vuelva a caer de verdad.
La frase todavía flotaba en el aire.
Alya se puso nerviosa de inmediato y fingió estar ocupada acomodando flores. León, en cambio, clavó en Bastian una mirada afilada cuya frialdad se sentía a metros de distancia.
—¿Caer? —repitió León en voz baja.
Bastian le devolvió una sonrisa despreocupada, como si no se sintiera culpable en absoluto.
—Bueno… ustedes fueron marido y mujer.
—Bastian —siseó Alya en un hilo de voz.
Pero él soltó una risa breve.
—Solo digo la verdad.
Liora, sentada en el suelo armando un rompecabezas, los observó sin entender.
—¿Qué pasa?
Alya se apresuró a sonreírle a su hija.
—Nada, mi amor.
Sin embargo, León no apartó la vista de Bastian ni un instante.
Y por primera vez desde que había llegado a Roma, el instinto posesivo dentro de él afloró con absoluta claridad.
—Alya no es asunto tuyo —declaró al fin, con voz serena.
El silencio cayó de golpe.
Kate, que justo salía del almacén, se quedó petrificada en el umbral.
Uy.
Esto pinta mal.
Bastian enarcó una ceja apenas.
—Tranquilo, tampoco estoy diciendo que sea asunto mío.
—Pero te metes demasiado.
El tono de León permaneció plano.
Y justamente eso era lo que tensaba más el ambiente.
Alya se plantó entre los dos antes de que la cosa empeorara.
—Ya basta.
Su mirada se dirigió a León.
—Bastian solo estaba bromeando.
León calló varios segundos antes de exhalar despacio.
Era consciente de que había reaccionado de más.
Pero ver a otro hombre tan cerca de Sabrina y de Liora lo incomodaba profundamente.
Y eso era nuevo para él.
Completamente nuevo.
Poco después la tienda empezó a cerrar.
Kate se llevó a Liora a comprar helado a propósito, para aliviar la tensión.
Ahora solo quedaban Alya, León y Bastian dentro del local.
Bastian trasladaba las macetas al interior.
León permanecía de pie junto al mostrador, observando.
—Me resulta curioso —soltó Bastian de pronto mientras ordenaba unas plantas pequeñas—. Antes nunca te fijaste en Alya.
León lo contempló con frialdad.
—Pero ahora vienes todos los días.
Alya sintió que le empezaba a latir la sien.
—Bastian…
—Hablo en serio.
El hombre se volvió por fin hacia León.
—¿Sabes que una vez se desmayó sola en la tienda por el agotamiento?
El cuerpo de León se tensó al instante.
—Estaba en las últimas semanas de embarazo.
La expresión de León se fue ensombreciendo.
Alya se mordió el labio en silencio.
—No te pedí que contaras eso.
—Es que no soporto verte fingir que siempre estás bien —respondió Bastian con suavidad.
Y esa frase enmudeció a León.
Porque, una vez más, fue otro quien presenció todo lo que Sabrina padeció mientras él no estaba.
—Me equivoqué —admitió León al cabo, en voz queda.
Bastian se sorprendió; no esperaba que lo reconociera tan rápido.
—Lo sé.
El silencio los envolvió de nuevo.
—Por eso estoy aquí ahora —continuó León, casi en un susurro—. No quiero volver a perderlas.
La mirada de Bastian se fue cargando de una complejidad difícil de descifrar.
Él sentía algo por Alya.
Pero en tres años a su lado había aprendido una verdad ineludible:
una parte del corazón de Alya nunca se había desprendido del todo de León.
Y ahora resultaba evidente.
La forma en que ella lo observaba a escondidas.
La forma en que volvía a sonreír.
Pequeños detalles que quizá ni la propia Alya había advertido.
—Solo no quiero que vuelva a sufrir —dijo Bastian con honestidad.
La dureza en los ojos de León se atenuó un poco.
—Yo tampoco.
Por primera vez desde que se conocieron, la tensión entre los dos hombres cedió ligeramente.
La noche comenzaba a caer cuando la tienda cerró por completo.
Kate y Liora ya habían regresado con las manos llenas de golosinas.
—¡Mamiiii, mira!
Liora exhibió su helado con la cara embadurnada de chocolate.
Alya soltó una risa suave.
—Santo cielo.
León tomó un pañuelo por reflejo y le limpió las mejillas a su hija.
El gesto fue tan natural que todos se quedaron callados un momento.
Bastian contempló la escena con una media sonrisa amarga.
Porque ahora empezaba a comprenderlo.
No importaba cuánto hubiera intentado Alya alejarse antes…
El lugar de León en el corazón de esa mujer nunca había desaparecido del todo.
—Om —llamó Liora de pronto.
—¿Mm?
—¿Mañana vienes otra vez?
León la contempló un buen rato antes de asentir despacio.
—Sí.
Liora rompió a reír encantada y le rodeó el cuello con sus bracitos.
Y en ese preciso instante…
La mirada de Alya se suavizó sin que ella lo advirtiera.
Una mirada que no le pasó desapercibida a Bastian.
El hombre exhaló quedamente y esbozó una sonrisa resignada.
Tal vez…
Ya había perdido incluso antes de empezar.