⛈️🍒El amor Alfa x Alfa rompe todas las leyes de la naturaleza, nuevamente. 🍼🐺 ¿Se imaginan al imponente Min-hyuk con pancita y a Tae-jun liberando toda su cereza quemada para protegerlo? El cachorro Enigma ha llegado para reclamar su trono. 🍒⛈️
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Linaje supremo
El destino es un tablero de ajedrez donde las bajas pasiones suelen moverse en la sombra. En el subsuelo del edificio residencial, la penumbra del estacionamiento subterráneo estaba impregnada de una llovizna fina que se filtraba por los ductos de ventilación. Oculto detrás de una inmensa columna de concreto, Jun-seo permanecía inmóvil. Su silueta, usualmente vestida con trajes de alta costura, lucía descuidada bajo un abrigo oscuro. De su piel emanaba constantemente ese rastro inestable y rancio a metal oxidado y vinagre blanco, una esencia de sótano húmedo que delataba su profunda envidia y decadencia.
Había pasado varios días buscando una grieta en los servidores de la portería, intentando infiltrarse en el perímetro privado de la propiedad para robar información confidencial o contraseñas financieras que le permitieran ejecutar su venganza contra los hombres que lo habían dejado sin un solo centavo. Pero el juego dio un vuelco drástico ante sus ojos.
El ascensor privado del subsuelo se abrió con un chasquido mecánico.
Jun-seo contuvo la respiración, encogiéndose de hombros. A través de la luz tenue del estacionamiento, vio salir a Kim Tae-jun luciendo su impecable abrigo negro. Pero la estampa del Alfa rey no tenía la perezosa arrogancia de siempre. Sus facciones de porcelana estaban rígidas, y su brazo rodeaba con una fuerza protectora la cintura de Min-hyuk. El imponente lobo corporativo, el hermano mayor que siempre había caminado con pasos pesados y aplastantes, avanzaba con una debilidad alarmante, arrastrando las piernas y apoyando la cabeza en el hombro de su compañero. Detrás de ellos, dos mujeres extranjeras que desprendían un aroma a antiséptico y talco fino cargaban maletines metálicos con emblemas qué no logró distinguir a quién pertenece.
Frente a la rampa de salida, las puertas traseras de una camioneta blindada de aspecto civil se abrieron de golpe. Un anciano extranjero de cabello canoso y manos enguantadas —Joel— se asomó desde el habitáculo, ayudándolos a ingresar al vehículo con una rapidez militar.
Jun-seo se lamió los labios de manera perversa en la oscuridad, sus ojos brillando con un triunfo letal al notar el desastre sensorial que flotaba en el aire. Su hermano estaba enfermo, debilitado. Sin perder un solo segundo, la rata se deslizó hacia su propio vehículo antiguo y encendió el motor sin luces, siguiendo de manera discreta el rastro de la camioneta a través de las avenidas de la ciudad.
La persecución terminó frente a una estructura de concreto reforzado y cristales oscuros, un edificio fantasma que no figuraba en las guías comerciales de la capital: la sede de Aura, la clínica secreta de alta tecnología que los socios extranjeros habían instalado en la sombra.
Jun-seo frenó a una cuadra de distancia, observando cómo los guardias privados de Aura cerraban los portones de plomo de manera inmediata. Intentó hackear la red inalámbrica del edificio desde su teléfono, pero la seguridad digital de Aura era un muro invisible con cifrado militar que rebotaba cualquier ataque externo. No logró entrar, ni obtuvo la menor información de por qué se encontraban en ese edificio.
Sin embargo, sus facciones se estiraron en una mueca desalmada. No se iba a quedar con los brazos cruzados. El orgullo de su casta exigía sangre, y estaba firmemente dispuesto a aliarse con cualquier matón de la mafia o mercenario del bajo mundo con tal de romper el perímetro y ejecutar su venganza.
Adentro de la clínica secreta, el ambiente se sentía como una vitrina de laboratorio de super lujo suspendida en el aire. Las luces halógenas blancas iluminaban la habitación, donde los sensores y los monitores digitales parpadeaban en un silencio tenso.
Los estudios bioquímicos de urgencia comenzaron de inmediato. Min-hyuk se encontraba acostado sobre la cama estéril, despojado de sus ropas y vistiendo una bata blanca. La fiebre de la gestación seguía quemándole las venas, y su rostro se crispaba con cada espasmo interno que le recorría la pelvis.
A su lado, Tae-jun permanecía en un estado de paranoia absoluta. El Alfa pálido mantenía sus brazos cruzados y sus ojos fijos en cada aguja que Tania preparaba en la bandeja de metal. El tabaco dulce de sus feromonas vibraba con una agresividad defensiva demente, una locura protectora que amenazaba con hacer estallar los cristales. Se estaba aguantando el no explotar, tragándose el veneno de su propio pánico territorial solo porque ver la cara de miedo y dolor de Min-hyuk le exigía mantener una tregua perfecta para no desestabilizar su pulso.
Tania dejó el escáner celular a un lado y suspiró, acomodándose los guantes de látex antes de mirar fijamente las pantallas que mostraban los resultados bioquímicos.
—El tratamiento con los sueros ha funcionado, Tae-jun —explicó Tania con su voz profesional—. Hemos inyectado los bloqueadores térmicos para ablandar los músculos pélvicos de Min-hyuk y engañar a su sistema inmunológico, evitando que sus defensas ataquen el tejido. Pero escúchenme bien, porque la Mutación ha tomado un camino.
Tania señaló una pequeña fluctuación de ondas doradas en la pantalla del ultrasonido tridimensional, un pulso de energía que latía con una frecuencia de mando ensordecedora desde la base del vientre de Min-hyuk.
—A través de estos estudios de máxima potencia, ya podemos sentir la firma biológica del feto en su vientre. Esto confirma nuestra hipótesis original. Min-hyuk no lleva un cachorro común; está gestando un Enigma. El Alfa de Alfas. Las ondas que sus células emiten ya tienen el poder biológico suficiente para alterar los sensores. Es una fuerza indomable que requerirá que Tae-jun mantenga su aroma a cereza negra quemada como una armadura constante para que la frecuencia no escape del perímetro.
Min-hyuk, agotado por la intensidad de las pruebas médicas y el tónico de aminoácidos, cerró los ojos de golpe. Se hundió en un sueño pesado y reparador, dejando que el parche térmico le enfriara la frente.
Tae-jun se quedó inmóvil junto a la camilla, con las pupilas dilatadas y la respiración cortada por el impacto del veredicto del Enigma. Fue en ese instante cuando Margaret se acercó por detrás. Con esa dulzura Omega y esa firmeza que la caracterizaba, tomó a Tae-jun firmemente del brazo largo, rompiendo su postura rígida.
—Sal de aquí. Tu esposo ya está durmiendo y tu aroma a estrés está saturando los filtros de aire de la habitación —le ordenó Margaret, prácticamente arrastrándolo fuera de la habitación—. Por favor, anda a la cafetería a que te tomes un café negro. Necesitas recuperar el aire antes de que te desmayes sobre Min-hyuk.
Al subir al salón de la cafetería de Aura, el espacio estaba iluminado. Junto a la barra de caoba, las imponentes siluetas de Zen Grimhand y Hendrik De Vries los esperaban sosteniendo sus tazas de café. El Príncipe de Hielo vestía un traje oscuro impecable, desprendiendo su rastro gélido de ginebra seca, mientras Hendrik se mantenía con un brazo rodeando los hombros de su esposo, una presencia masiva que llenaba el cuarto con su abedul ahumado.
Se sentaron en la mesa, y de inmediato la conversación se volcó hacia el milagro que los unía.
—Tania me dio el reporte hace unos instantes —habló Zen, con su voz pausada cortando el silencio como un bisturí—. Tu cachorro viene con el linaje supremo. Sé el terror que sientes en este momento. Hendrik se ponía igual de rabioso y desahuciado cuando nació nuestro hijo, Kassar.
Hendrik soltó una risa que delató su absoluta sumisión emocional ante su propio nido.
—Kassar es sencillamente asombroso a sus seis años de edad —confesó Hendrik, sus ojos brillando con una ternura—. Ese niño camina con una seguridad soberana que apenas cabe en su estructura y su sola presencia obliga a enderezar la espalda y bajar la mirada por puro respeto. Su instinto de Enigma es armonizar su territorio. Es un pequeño rey invencible.
Sin embargo, las palabras de orgullo de Hendrik no lograron apagar el pánico frío que le carcomía las entrañas a Tae-jun. El Alfa pálido tomó la taza de café, sintiendo que un sudor frío le perlaba la nuca a pesar de la comodidad del salón. Seguía completamente aterrado de perder a su esposo.
Y peor aún, el saber que su hijo llevaría el peso de ser un Alfa de Alfas le destrozaba el cerebro por dentro. Sabía perfectamente que los mercados globales, las corporaciones y los clanes verían a un Enigma como el arma o el experimento perfecto para controlar el mercado de las feromonas.
—No voy a permitir que nadie le ponga una mano encima —siseó Tae-jun, con una voz letal que pareció bajar la temperatura de la cafetería un par de grados—. No quiero que gente malvada intente llevarse a mi pequeño para usarlo como una pieza de juego. Juro por mi vida que seré yo quien les corte la cabeza antes de que el niño dé su primer llanto.
Zen Grimhand lo observó, dedicándole una sonrisa ladeada, cargada de una superioridad soberana que selló su pacto.
—Para eso fundamos Aura —sentenció el Príncipe de Hielo, mientras entrelazaba sus dedos con los de Hendrik —. Para construir un imperio lo suficientemente rico como para comprar la libertad de nuestros hijos.
Tae-jun asintió, dispuesto a quemar el mundo entero por su familia.
🐺🍒✨️ ¡Mis Chickis, esto se puso al borde del colapso! 🤭✨ Jun-seo vio todo en el estacionamiento y ya los siguió, ¡esto se puso color hormiga! 🚨 Dejen algo de amor y nos vemos en el próximo capítulo, mis amores. 🍒🐺