Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 28: El sabor del asfalto
La casa de seguridad en Long Island era una estructura de madera y piedra que olía a encierro y a polvo acumulado. Era el cebo perfecto. Damián había filtrado la ubicación a través de un informante doble, asegurándose de que Bianca creyera que nos encontraría allí, desarmados y con el niño. Pero Eithan estaba a kilómetros de distancia, y nosotros no estábamos esperando para morir.
El primer equipo de Dimitri llegó con la sutileza de una manada de lobos. Tres camionetas negras apagaron las luces a unos metros de la entrada. Yo estaba apostada en la planta alta, con el rifle apoyado en el marco de la ventana, sintiendo cómo el frío del metal me entumecía los dedos. Damián estaba abajo, en las sombras del salón, esperando el momento exacto para desatar el infierno.
—Vienen por el lado este —susurré por el comunicador.
—No dispares hasta que yo lo haga —respondió la voz de Damián, cargada de una sed de sangre que esta vez yo compartía—. Quiero que sientan la seguridad de que ganaron antes de borrarlos.
Vi la silueta de un hombre cruzar el jardín. Iba armado hasta los dientes. Pero lo que me heló la sangre no fue el fusil, sino la figura que bajó del último vehículo. Era ella. Bianca. Llevaba una chaqueta de cuero entallada y caminaba como si el mundo fuera su pasarela, incluso en medio de una ejecución. Dimitri no había enviado solo a sus hombres; había enviado a su "trofeo" para que disfrutara del espectáculo.
El primer disparo de Damián fue la señal.
El caos estalló en un segundo. El sonido de los cristales rompiéndose y los gritos en ruso llenaron la noche. Empecé a apretar el gatillo con una precisión que no sabía que tenía. Cada vez que una silueta caía, sentía un alivio amargo. Pero mi objetivo no estaba entre los sicarios.
Bajé las escaleras a toda velocidad, ignorando el silbido de las balas que perforaban las paredes de madera. Salí por la puerta trasera justo cuando Bianca intentaba regresar a su camioneta, viendo que su "emboscada fácil" se había convertido en una masacre para sus hombres.
—¿A dónde vas, hermanita? —le grité. Mi voz sonó como un latigazo.
Bianca se detuvo en seco. Se giró lentamente, y por primera vez en mi vida, vi el miedo real en sus ojos perfectamente maquillados. Pero el miedo pronto se transformó en ese odio rancio que siempre nos había unido.
—Mirate —escupió ella, aunque su voz temblaba—. Jugando a la guerrera con el arma de tu amante. Seguís siendo la misma cerda muerta de hambre que salió corriendo de Italia.
No respondí con palabras. Solté el rifle, porque no quería matarla con una bala. Quería sentirla. Me lancé sobre ella antes de que pudiera sacar su propia pistola. El impacto nos mandó a las dos contra el suelo de grava.
El primer golpe que le di en la cara fue por todas las veces que me llamó gorda frente a nuestro padre. El segundo fue por dejarme sola en Nueva York mientras ella brindaba con champagne.
—¡Soltame, maldita gorda! —chilló Bianca, intentando arañarme la cara.
La agarré del cabello y estrellé su cabeza contra el borde de la camioneta. El sonido del hueso contra el metal fue seco, satisfactorio. Bianca se tambaleó, la sangre empezando a mancharle la frente, pero yo no había terminado. La levanté por la solapa de su chaqueta y le propiné un rodillazo en el estómago que la dejó sin aire.
—¿Gorda? —le susurré al oído mientras la golpeaba de nuevo, un puñetazo directo a la mandíbula que le hizo volar un diente—. Esta "gorda" sobrevivió a todo lo que vos no podrías aguantar ni un día. Esta "gorda" tiene un hijo que vos nunca vas a tocar.
La rabia me cegó. La tiré al suelo y empecé a golpearla con una furia animal. Cada golpe era un año de silencio, cada impacto era una lágrima de Eithan. Bianca intentaba cubrirse, pero sus manos finas de salón de belleza no servían para nada contra mis nudillos endurecidos por el trabajo real.
—¡Basta! ¡Alessandra, detente! —escuché la voz de Damián a lo lejos, pero no paré.
Bianca ya no gritaba. Solo emitía gemidos ahogados. Tenía los ojos hinchados y el rostro que tanto presumía era ahora una máscara de hematomas y sangre. Estaba desmayada, con la cabeza colgando hacia un lado sobre la grava sucia.
Damián me agarró por los hombros, apartándome de ella con fuerza. Yo respiraba como un animal herido, con los nudillos rotos y el pecho ardiendo.
—¡Ya está, Alessandra! ¡Ya la dejaste inconsciente! —rugió Damián, obligándome a mirarlo.
—¡Ella lo quería muerto, Damián! —le grité, intentando zafarme de su agarre—. ¡Ella le dijo a Dimitri que mi hijo era un bastardo!
Damián me miró con una mezcla de terror y respeto. Vio la sangre de mi hermana en mis manos y supo que el puente hacia la mujer que él conoció se había quemado para siempre. Me soltó lentamente y miró el cuerpo destrozado de Bianca.
—Igor dice que el resto de los hombres de Dimitri huyeron. Pero esto no terminó —dijo Damián, pateando el arma de Bianca lejos de ella—. Acabás de destruir la cara de la mujer preferida de Dimitri. Cuando él vea lo que le hiciste a su paloma blanca, no va a enviar sicarios. Va a venir él mismo.
—Que venga —dije, limpiándome la sangre de la mejilla con el dorso de la mano—. Que venga y vea lo que le pasa a los que escuchan a mi hermana.
Me subí al auto sin mirar atrás, dejando a Bianca tirada en la tierra como el despojo que siempre fue por dentro. El rencor seguía ahí, vivo y ardiente, pero por primera vez en años, el peso en mi pecho se sentía un poco más ligero. El perdón hacia Damián todavía era una imposibilidad, pero esa noche, compartimos el mismo silencio oscuro mientras nos alejábamos de las llamas de nuestra propia guerra.
Bianca estaba viva, pero el mito de su perfección había muerto bajo mis puños. Y Dimitri... Dimitri estaba a punto de descubrir que la mujer de la que se burló era la que le iba a enterrar el imperio.
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Me olvidé, Dimitri, sale en la novela anterior MIS HIJOS HACKEARON AL CEO. Está es la continuación.
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te