Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 8: Un cachorro, un caballo y un corazón terco
El sol apenas comenzaba a salir cuando un ladrido desesperado rompió el silencio de la estancia.
—¡Guau! ¡Guau!
Valentín abrió los ojos sobresaltado.
—¿Qué pasa ahora...?
Otro ladrido.
Más fuerte.
Se levantó todavía despeinado y abrió la puerta de la habitación.
El pequeño cachorro del día anterior estaba sentado frente a él, moviendo la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se balanceaba.
—¿Vos otra vez?
El cachorro ladró una vez más y salió corriendo.
—¡Eh! ¡Esperá!
Valentín lo siguió por la galería hasta el patio.
Allí encontró a Tomás terminando de ensillar a Moro.
El alfa levantó la vista y sonrió.
—Buen día, dormilón.
—No me desperté solo...
Tomás señaló al cachorro.
—Fue él.
—Ya me di cuenta.
El cachorro comenzó a dar vueltas alrededor de Valentín.
—Creo que me adoptó.
—Creo que sí.
Marta salió de la cocina limpiándose las manos con un repasador.
—¡Ay, qué escena más linda!
—Marta...
—¿Qué?
—No empiece.
—No dije nada.
Pero su sonrisa decía exactamente lo contrario.
Mientras desayunaban, Valentín no dejaba de jugar con el cachorro.
—Hay que ponerle un nombre.
Nico levantó la vista.
—Ponéle "Barro".
Todos rieron.
—Muy gracioso.
Don Ramón tomó un sorbo de mate.
—¿Y "Mate"?
—Demasiado común.
Marta sonrió.
—¿Qué tal "Pampa"?
Valentín acarició al cachorro.
—No está mal...
El perrito movió la cola.
—Listo.
Tomás sonrió.
—Entonces se llama Pampa.
El cachorro ladró como si estuviera de acuerdo.
Después del desayuno, Tomás llamó a Valentín.
—Hoy toca trabajar.
—¿Trabajar?
—Sí.
—Pensé que los domingos descansaban.
—Las vacas no saben qué día es.
Valentín suspiró.
—Tenés razón...
—Necesitamos revisar un alambrado que se rompió con la tormenta.
—¿Es difícil?
Tomás sonrió.
—Ya veremos.
Caminaron varios kilómetros entre los campos.
Pampa corría delante de ellos persiguiendo mariposas.
—Tiene más energía que Nico —comentó Valentín.
—Eso no es muy difícil.
Al llegar encontraron varios postes caídos.
El alambre estaba completamente flojo.
—Bueno...
Tomás le pasó unos guantes.
—Empecemos.
Durante la siguiente hora, Valentín descubrió que arreglar un alambrado era muchísimo más complicado de lo que imaginaba.
Se pinchó un dedo.
Tropezó con un tronco.
Y terminó sentado en el pasto por tercera vez.
Tomás ya ni intentaba contener la risa.
—¿Te divertís?
—Muchísimo.
—Qué malo sos.
—Un poquito.
Valentín lo miró fingiendo enojo.
Pero terminó riéndose también.
Al mediodía, se sentaron bajo la sombra de un enorme ombú.
Marta les había preparado unas milanesas en sándwich.
—Esto está buenísimo —dijo Valentín con la boca llena.
Tomás levantó una ceja.
—Primera regla del campo.
—¿Cuál?
—No hablés con la boca llena.
Valentín tragó rápido.
—Perdón.
—Muy bien.
—No te hagas el maestro.
Los dos soltaron una carcajada.
Pampa aprovechó la distracción para robar un pedazo de pan.
—¡Eh!
El cachorro salió corriendo.
—¡Volvé, ladrón!
Tomás observó a Valentín correr detrás del perro entre los pastizales.
No podía dejar de sonreír.
"Hace una semana decía que odiaba el campo...", pensó.
Ahora lo veía correr, reír y ensuciarse sin protestar demasiado.
Había cambiado.
Y ese cambio le gustaba más de lo que quería admitir.
Al regresar a la estancia encontraron a Don Ramón esperando en la galería.
—Tomás.
—¿Sí?
—Llamaron del pueblo.
—¿Pasó algo?
—El sábado que viene hacen la Fiesta de la Tradición.
Los ojos de Nico brillaron.
—¡Con carrera de sortijas!
—Y concurso de asadores —agregó Marta.
Don Ramón sonrió.
—Este año quieren que la estancia participe.
Tomás asintió.
—Como todos los años.
Después miró a Valentín.
—Vos también venís.
El omega abrió grandes los ojos.
—¿Yo?
—Claro.
—Pero no conozco a nadie.
—Ya te conocen.
—Y además —intervino Marta con una sonrisa traviesa—, este año también va a haber concurso de baile.
Valentín casi se atragantó con el mate.
—No.
Tomás cruzó los brazos.
—Sí.
—No pienso bailar delante de todo el pueblo.
—Todavía falta una semana.
—Ni una semana ni un año.
Tomás sonrió de lado.
—Entonces habrá que practicar.
Valentín lo señaló con un dedo.
—Tengo un muy mal presentimiento.
Todos estallaron en risas.
Mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de los campos, la estancia volvía a llenarse de alegría.
Y, sin que ninguno de ellos lo supiera, la próxima Fiesta de la Tradición no solo pondría a prueba las habilidades del porteño para bailar y montar a caballo, sino que también acercaría a Valentín y Tomás como nunca antes, obligándolos a enfrentar sentimientos que ya empezaban a ser imposibles de ignorar.