Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 21
Capítulo 21
A las ocho en punto, Renata Valle apareció frente a las cámaras de Del Río Joyas con un vestido negro y el pelo suelto sobre los hombros.
—Hola, hola. Soy Renata Valle.
El chat se volvió loco.
—Nunca hago lives —dijo ella, sonriendo hacia la cámara—. Pero hoy estoy aquí por dos razones. Una, porque soy clienta de Del Río Joyas desde hace años. Dos, porque la mujer que está al frente de la marca es mi amiga.
El conductor fingió sorpresa.
—Entonces no viniste porque te pagaron una fortuna.
—No manches. Si fuera por dinero, habría aceptado otras veinte campañas antes.
Renata tomó una pulsera de perlas y pidió que llamaran al artesano.
El hombre explicó los hilos, los broches, la resistencia, el tipo de armado. Renata jaló el hilo con fuerza hasta marcarse los dedos.
—Me estoy lastimando la mano y esto no se rompe —dijo, mostrando la piel roja a la cámara—. Así que vean con sus propios ojos.
Luego armó una pulsera con ayuda del artesano. Volvió a jalar. Nada.
—Si una pieza falla, la marca responde. Pero si alguien quiere ensuciar una marca con mentiras, también hay que decirlo.
El chat cambió de tono.
La gente empezó a contar que había comprado en Del Río Joyas durante años. Otros pidieron el link de la gargantilla de perlas que Renata llevaba puesta.
Ximena observaba desde un lado, con los brazos cruzados y el corazón por fin bajando de la garganta.
—Pon cien piezas —ordenó.
El enlace se agotó en segundos.
Al terminar el live, los cortes ya circulaban en redes. El post que había atacado a Del Río Joyas fue borrado poco después, entre burlas, reclamos y capturas de pantalla.
En la oficina, los empleados celebraron como si hubieran ganado una final.
—Cuando pase este caos, invito la comida —dijo Ximena—. Y sí, con brindis.
Lejos de ahí, Lía Montemayor aventó una copa contra el piso.
—¡No puede ser! En un día le dio la vuelta a todo.
Una mujer sentada frente a ella, Camila Figueroa, movió el vino en su copa.
—En vez de pelearte con Ximena, deberías concentrarte en Gael.
Lía la miró.
—¿Tienes una idea?
Camila se acercó y le habló al oído. Lía escuchó en silencio. Luego sonrió.
—Si funciona, te debo una.
—Mi papá está interesado en un terreno al norte de la ciudad —dijo Camila—. Con una ayudita en la licitación...
—Primero Gael. Después vemos lo tuyo.
En ese mismo momento, en el corporativo Alcázar, Gael estornudó tres veces.
Fabián levantó la vista.
—¿Bajamos el aire?
—Súbelo dos grados —dijo Gael, sin dejar de revisar documentos.
No sabía que alguien, en otra parte de la ciudad, acababa de decidir jugar sucio.
Esa noche, Mateo Vargas salió tarde de la oficina. Eran casi las once cuando pasó frente a Poesía y Lluvia y vio a Paula Alcázar cargando cajas en la entrada.
Frenó.
—¿Todavía abierta?
Paula se limpió el sudor de la frente.
—Llegó tarde el proveedor. Me toca meter todo sola.
Mateo se quitó el saco, se arremangó la camisa y tomó la caja más pesada.
—Tú carga las pequeñas.
—No tienes que...
—Ya estoy aquí.
Tardaron quince minutos. Paula le dio agua. Él se tomó tres vasos seguidos.
—Te invito a cenar —dijo ella—. Me dio hambre.
—Nunca ceno tan tarde.
Paula levantó una ceja.
—¿Nunca?
Mateo sonrió.
—Hoy puedo hacer una excepción.
Fueron a unos tacos cerca de la Roma, de esos lugares donde las mesas invaden la banqueta y el olor a carne asada gana antes que cualquier recomendación.
Paula miró alrededor. No era su tipo de lugar, pero olía demasiado bien.
—Si sobrevivo, te doy las gracias.
—Vas a querer volver.
Mientras Mateo iba por refrescos, dos tipos se acercaron a Paula.
—¿Sola, güera?
Ella ni los miró.
—Estoy esperando a alguien.
—Déjanos tu número.
Uno intentó tocarle el hombro. Paula ya estaba a punto de torcerle el brazo cuando Mateo volvió y le sujetó la muñeca al hombre.
—¿Qué están haciendo?
Su voz salió fría.
Los dos se achicaron.
—Nada, jefe. Solo queríamos platicar.
—Pues váyanse a platicar a otro lado.
Los tipos se fueron maldiciendo bajito.
Paula lo miró, quieta. La luz blanca del puesto le marcaba el perfil.
Y por primera vez, Mateo dejó de ser solo el cliente callado que pedía café en una esquina.
Paula volvió a sentarse cuando los tipos se fueron. Mateo colocó los refrescos sobre la mesa, pero no tomó el suyo de inmediato.
—¿Segura que estás bien?
—Sí. No era la primera vez que alguien se pasa de listo.
—Eso no lo vuelve normal.
Paula lo miró un segundo más. El comentario había sido simple, pero le gustó. No la trató como damisela ni como problema. Solo como alguien que no tenía por qué aguantar idiotas.
Del otro lado de la mesa, Mateo seguía serio. La manga de su camisa estaba un poco húmeda por la lluvia y tenía una marca roja en los nudillos, de cuando apretó al tipo.
—Te lastimaste —dijo ella.
—No es nada.
—Los hombres siempre dicen eso.
—Entonces sí es algo, pero no grave.
Paula soltó una risa corta. La tensión se rompió apenas. El mesero dejó los tacos, las salsas y los limones. Mateo le acercó una servilleta limpia antes de sentarse.
Era atento sin hacer show.