Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 21 — ¡SALGAN DE LA CABAÑA!
Bajé al primer piso.
Aoi estaba en la cocina.
La ayudé a poner la mesa en silencio.
Los platos, los vasos, los cubiertos… cada movimiento era deliberado, como si pudiera esconderme detrás de la rutina.
Haru estaba sentado en el sillón, las piernas abiertas...
Su mirada fija en mí.
Sentí su mirada como una mano invisible que me recorría de arriba abajo.
Me devoraba.
El estómago se me contrajo.
Nadie más parecía notarlo.
Yoru revisaba el teléfono.
Aoi hablaba en voz baja de los hotcakes.
Yo solo quería desaparecer.
Alejarme de él.
El desayuno fue silencioso.
Nadie quería hablar.
El aire estaba cargado de algo denso, de miedo compartido.
Todos estábamos asustados desde lo de Akira.
Me senté.
Haru se sentó a mi lado, demasiado cerca.
El calor de su muslo rozaba el mío a través de la tela.
Entonces sentí su mano.
Me tocó la pierna, debajo de la mesa, justo enfrente de todos.
Mi cuerpo brincó de sorpresa; el tenedor tintineó contra el plato.
Él no se detuvo.
Sus dedos se deslizaron más arriba, firmes, posesivos, recordándome exactamente a quién pertenecía aquella noche.
Intenté actuar normal.
Apreté los labios.
Respiré despacio.
No podía causar otro problema en el grupo.
Ya me sentía lo bastante culpable.
No dije nada…
Vi a alguien entre los árboles y no dije nada.
Pude haber evitado la muerte de Akira…
La culpa se me subió a la garganta como un nudo amargo.
El s*men residual aún me pesaba por dentro; cada pequeño movimiento me lo recordaba.
La mano de Haru seguía allí, caliente, insistente.
Lo único que pude hacer fue levantarme de la mesa.
—Estoy lleno —dije, la voz más baja de lo que pretendía—. Iré a mi habitación.
Era lo único que se me ocurría para alejarme de su acoso.
Aoi levantó la vista, preocupada.
—Rei, come un poco más… apenas has tocado el desayuno.
No pude mirarla a la cara.
No después de lo que había pasado con Haru.
Negué con la cabeza, cortés pero firme.
—Estoy bien, gracias.
Yoru frunció el ceño.
—Ni siquiera has tocado el plato.
Haru no dijo nada.
Solo me miró.
Esos ojos oscuros, calmados, observaban cada una de mis reacciones: el temblor de mis dedos, la forma en que evitaba su mirada, el modo en que mi cuerpo aún recordaba la suya.
Sentí que me desn*daba otra vez, aunque estuviera completamente cubierto.
La frustración y la impotencia me llenaron el pecho.
Tomé mis platos, los llevé al fregadero y los lavé con movimientos bruscos, casi furiosos.
El agua elada no lograba calmarme.
......................
Cuando terminé, subí las escaleras sin mirar atrás.
Entré a mi habitación y giré el seguro de la puerta con fuerza hasta oír el clic metálico.
Me apoyé contra la madera, respirando agitado.
No quería que nadie entrara.
No quería ver a Haru.
No quería enfrentarme a la culpa ni al recuerdo de cómo me había abierto y usado hasta el amanecer.
Cerré los ojos.
El silencio de la habitación era lo único que me pertenecía en ese momento.
Me deslicé despacio, recargado contra la puerta, hasta que mis rodillas tocaron el suelo.
Me senté con las piernas dobladas y las abracé con fuerza, como si pudiera contenerme a mí mismo dentro de ese pequeño espacio de tela negra.
Apoye mi frente contra mis rodillas.
Miré el suelo de madera, las vetas oscuras, el polvo fino que se acumulaba en el.
Nada de eso importaba.
Me sentía el peor amigo del mundo.
Traicioné a Aoi…
El pensamiento se clavó como una aguja.
*Tuve relaciones sex*ales con su novio*.
No una vez.
Toda la madrugada.
Lo dejé entrar en mí una y otra vez…
Mientras ella dormía en la habitación de al lado.
Me jalé del cabello con ambas manos, tirando hasta que el cuero cabelludo ardió.
Mis dientes los clavé en mi labio inferior.
Si tan solo fuera más fuerte…
Si tan solo fuera un Alfa y no un inútil Omega.
Pero no lo fui.
Fui débil.
Fui fácil.
Fui exactamente lo que suelen decir de un Omega: Un inútil, un agujero caliente que se abre al primer empujón de un Alfa dominante.
Las lágrimas cayeron sin permiso.
Primero silenciosas, después en sollozos ahogados que me sacudían los hombros.
Lloré por Aoi.
Lloré por Akira.
Lloré por mí mismo.
Mi cuerpo aún dolía: mi an* latía, los moretones ardían bajo la ropa negra, el recuerdo de las manos de Haru seguía impreso en la piel.
Cada sollozo hacía que el residual de s*men se moviera dentro de mí, un recordatorio cruel de todo lo que había permitido.
Me quedé así, abrazado a mis rodillas, hasta que el agotamiento me venció otra vez.
El llanto se fue apagando.
La respiración se hizo lenta.
El silencio de la habitación me envolvió como una manta pesada y, sin darme cuenta, me dormí contra la puerta.
......................
—DOS HORAS DESPUÉS—
De repente, los gritos desesperados de afuera me despertaron de golpe.
—¡Corran! ¡Salgan de la cabaña!
La voz era de Yoru, rota por el pánico.
Otra voz —Aoi— gritaba algo incomprensible.
Pasos pesados.
Algo golpeando la madera.
Me incorporé de un salto, el corazón martillándome en la garganta.
Las lágrimas aún me quemaban las mejillas.
El seguro de la puerta seguía echado.
Afuera, el mundo se había roto otra vez.
......................
Quité el seguro de la puerta con dedos temblorosos y salí de la habitación.
El pasillo estaba lleno de un humo denso, grisáceo, que me raspó la garganta al primer respiro.
Las luces del techo parpadeaban con un zumbido eléctrico irregular, proyectando sombras rotas sobre las paredes.
Empecé a toser, los ojos llorosos, y corrí hacia las escaleras.
El cuerpo aún dolía, pero el pánico me empujaba más fuerte que el dolor.
Tropecé en el primer escalón.
Caí de lleno.
Las chanclas salieron volando.
Rodé escaleras abajo, golpeándome los codos, las rodillas, la cadera.
Un crujido seco resonó en mi costado.
La adrenalina me impidió sentir el verdadero dolor en ese instante; solo había urgencia.
Me levanté a empujones, descalzo, los pies desnudos contra la madera fría, y corrí hacia la puerta principal, que ya estaba abierta de par en par.
Salí al exterior.
Era de noche.
Todo estaba oscuro.