Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 27: El bautismo del plomo
El aire de la madrugada en las afueras de Nueva York cortaba como una navaja. Damián me había sacado de la cama a las cuatro de la mañana, sin mediar palabra, y me había llevado a una zona industrial abandonada donde el eco de la ciudad se perdía entre naves de metal oxidado. El lugar olía a aceite quemado y a humedad estancada.
—¿Qué hacemos acá? —pregunté, ajustándome la chaqueta de cuero. El frío me calaba los huesos, pero no iba a darle el gusto de verme temblar.
Damián se detuvo frente a una hilera de maniquíes desgarrados y blancos de madera. Se giró hacia mí, y su rostro, iluminado por los faros del SUV, parecía tallado en granito.
—Ayer te dije que se acabó la práctica, Alessandra. En el gimnasio las balas no gritan y el objetivo no se mueve. Acá es donde aprendés que matar no es un deporte, es una carga que vas a llevar hasta que te mueras —me lanzó un cinturón con fundas y varios cargadores—. Ponetelos. Hoy vamos a ver si de verdad sos capaz de apretar el gatillo cuando el corazón te martillea en los oídos.
Me coloqué el cinturón con manos firmes, aunque por dentro sentía un vacío aterrador. Eithan estaba a salvo con Elena y Mijaíl en la mansión, pero saber que el primer equipo de Dimitri ya estaba en suelo americano me hacía sentir que el tiempo se nos escurría entre los dedos.
—Bianca cree que sos una cobarde —dijo Damián, acercándose tanto que pude oler el tabaco y el café amargo en su aliento—. Ella le dijo a Dimitri que sos gorda, que sos lenta, que no servís para este mundo. Y lo peor es que mi padre le creyó. Si hoy fallás, les estás dando la razón. Si hoy fallás, Eithan no llega al próximo domingo.
—Dejá de usar a mi hijo para presionarme, Damián. Sé perfectamente lo que me juego —le espeté, cargando la pistola con un golpe seco de la palma de mi mano.
—Entonces demostralo.
De repente, una serie de siluetas metálicas empezaron a moverse mediante un sistema de poleas, apareciendo y desapareciendo entre los escombros de la nave. No eran blancos estáticos; eran objetivos que simulaban atacantes.
—¡Dispará! —rugió Damián.
Empecé a disparar. El estruendo era ensordecedor en ese espacio cerrado. El retroceso me sacudía los brazos, pero me mantuve firme. Uno, dos, tres impactos. Pero cuando una silueta apareció de la nada justo frente a mí, dudé un segundo. Fue apenas un parpadeo, una milésima de segundo donde vi una forma humana y mi cerebro gritó "freno".
Damián me tacleó por el costado, mandándome al suelo con fuerza. El golpe me sacó el aire y mi arma salió volando unos metros.
—¡Estás muerta! —me gritó, encima de mí, presionando su antebrazo contra mi garganta—. Ese segundo de duda es el que Bianca va a usar para clavarte un cuchillo. Ese segundo es el que va a usar Dimitri para llevarse a tu hijo a Rusia. ¡No hay humanidad en este juego, Alessandra! ¡O sos el martillo o sos el clavo!
—¡Sueltame! —le grité, forcejeando contra su peso. La rabia me desbordó. No era rabia contra él, era rabia contra mi hermana, contra mi padre, contra la injusticia de tener que convertirme en un monstruo para salvar lo que amaba.
Le propiné un rodillazo en la costilla que lo hizo gruñir y rodar hacia un lado. Me levanté como pude, con las rodillas raspadas y la cara sucia de hollín, y recuperé mi arma.
—No vuelvas a tocarme así —le advertí, apuntando de nuevo a los blancos con una furia ciega.
Disparé el resto del cargador sin fallar ni una sola vez. Cada bala llevaba el nombre de alguien que me había humillado. Bianca. Mi padre. Dimitri. Igor Smirnov. Cuando el arma se quedó vacía y el silencio volvió a la nave, mis hombros subían y bajaban por la respiración agitada.
Damián se levantó lentamente, limpiándose el polvo de la ropa. Se acercó a mí y, por primera vez, no hubo burla en sus ojos. Había una oscuridad compartida, un reconocimiento mutuo de que ambos estábamos condenados.
—Bien —murmuró—. Esa es la mirada que necesito. No la de una madre asustada, sino la de una mujer que está dispuesta a quemar el mundo por su hijo.
—¿Qué sigue? —pregunté, recargando el arma con manos automáticas.
—Igor me avisó que el equipo de Dimitri aterrizó en el JFK hace dos horas. Son doce hombres. Profesionales. No vienen a negociar. Bianca les dio la ubicación de una de nuestras casas de seguridad alternativas, pensando que nos esconderíamos ahí. Vamos a darles la bienvenida.
—¿Vamos? —lo miré fijamente.
—Sí, vamos. Ya no hay tiempo para esconderte, Alessandra. Si querés que el mundo deje de verte como la "paloma blanca" de Bianca, vas a tener que mancharte las manos. Esta noche, los hombres de Dimitri van a aprender que la mujer de Damián Smirnov es mucho más peligrosa que las mentiras de su hermana.
Subimos al auto. El silencio en el trayecto de regreso era denso. Sabía que esta noche cambiaría todo. Ya no era la mujer que trabajaba en un restaurante de Queens. Ya no era la gorda de la que todos se reían en las fiestas de los Valente. Era un arma en manos de un hombre peligroso, y por primera vez en mi vida, no me importaba.
Mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte de Nueva York, solo podía pensar en Bianca celebrando en Rusia. Ella creía que me conocía. Ella creía que yo era su sombra. Pero las sombras son las que mejor se esconden en la oscuridad, y esta noche, yo iba a ser la oscuridad que la alcanzaría incluso a ella.
"Preparate, hermanita", pensé mientras acariciaba el metal frío de la pistola en mi regazo. "Porque tu paloma blanca está a punto de teñirse de rojo".
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te