Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 16 EL REGRESO DE QUIEN TODOS CREÍAN MUERTA
Un año y medio después de aquel día en el juzgado.
La vida en la casa de la calle de las rosas había encontrado una calma que ninguno de sus habitantes creyó posible jamás. Las pesadillas de Ramiro, de Pilar, de las amenazas y las sombras se habían ido desvaneciendo poco a poco, reemplazadas por la rutina dulce de una familia que se quería de verdad, que se había elegido contra todo pronóstico y que ahora disfrutaba de cada día como si fuera un regalo.
Elisa y Eduardo se habían casado por lo civil tres meses atrás, en una ceremonia pequeña y sencilla solo para la familia, en el jardín de la misma casa. Los niños habían sido los pajes: Mateo llevaba los anillos en una almohadita de seda blanca, Sofía y Martín tiraban pétalos de rosa por el camino, y Lucas, con su traje demasiado grande para él, se había quedado dormido en medio de la ceremonia sobre el hombro de Doña Carmen. Nadie había invitado a más gente. No hacía falta. Ellos eran todo lo que necesitaban.
La adopción de Mateo, Sofía y Lucas se había hecho definitiva dos meses después del juicio, y la de Martín, seis meses más tarde. Los cuatro tenían ahora los mismos apellidos, los mismos derechos, el mismo lugar en el corazón de todos. Eran cuatro hermanos de verdad, inseparables, que se peleaban por los juguetes, que se ayudaban con las tareas, que se contaban todos los secretos y que defendían el uno al otro ante cualquiera que se atreviera a mirarlos mal.
Eduardo había reconstruido su empresa constructora, más fuerte y más grande que antes, limpia de toda sombra, y ahora trabajaba en proyectos de viviendas sociales para familias pobres, algo que siempre había querido hacer y que antes no se había atrevido por miedo a lo que dirían los demás. Doña Marisa caminaba ya casi sin bastón, cuidaba su huerta de tomates y albahaca, y enseñaba a los niños a cocinar las recetas que ella había aprendido de niña. Doña Carmen seguía siendo la guardiana de todos, la que sabía todo, la que arreglaba cualquier problema con una palabra o una llamada telefónica, la que siempre tenía una galleta caliente y un consejo sabio para quien lo necesitara.
Y Elisa… Elisa era feliz. De verdad. Por las mañanas se levantaba temprano, hacía el desayuno para todos, ayudaba a los niños a vestirse, luego se iba a su taller de costura del garaje, donde ya tenía dos empleadas más y una clientela que llegaba incluso de ciudades vecinas para encargarle vestidos de fiesta, uniformes escolares, trajes de novia. Cosía con amor, con paciencia, con la misma dedicación que ponía en todo lo que hacía. Por las tardes recogía a los niños del colegio, los ayudaba con las tareas, jugaba con ellos en el jardín, cenaba toda la familia junta alrededor de la mesa grande del comedor, contando anécdotas del día, riendo hasta dolerles la panza. Por las noches, cuando todos dormían, se quedaba un rato más en la sala con Eduardo, tomando té, hablando de todo y de nada, mirando por la ventana el jardín iluminado por la luna.
Era una vida perfecta. Demasiado perfecta, a veces. Tanto que a Elisa le daba miedo cerrar los ojos por si al abrirlos todo se desvanecía como un sueño.
Pero nada se desvanecía. Cada mañana el sol volvía a salir. Cada mañana los niños la llamaban mamá. Cada mañana Eduardo la besaba al despertar. Cada mañana todo seguía ahí, real, sólido, suyo.
Hasta aquella tarde.
Era un sábado de otoño, el aire fresco ya traía el olor a lluvia y a hojas secas, el cielo estaba cubierto de nubes grises y bajas. Los cuatro niños estaban en el jardín jugando a las escondidas, Doña Marisa y Doña Carmen tomaban té en el porche charlando de las plantas, Eduardo había salido a comprar unas cosas para el asado que harían al día siguiente, y Elisa estaba sola en la cocina amasando pan para la cena. Estaba tarareando una canción, contenta, con las manos llenas de harina, cuando sonó el timbre de la puerta.
Secándose las manos en el delantal, salió al recibidor. Miró por la pantalla del interfono.
En la verja estaba una mujer. Mayor, de unos sesenta y cinco años, alta, delgada, elegante incluso con ropa sencilla: un abrigo gris de lana, un pañuelo de seda atado al cuello, zapatos de tacón bajo, el pelo blanco recogido en un moño impecable. Tenía el rostro fino, los ojos oscuros y profundos, una mirada fuerte que parecía ver a través de las paredes. Elisa no la conocía de nada. Pero algo en su cara, en la forma en que estaba parada, en la seguridad con la que miraba directamente a la cámara del interfono, le heló la sangre de golpe.
—¿Quién es? —preguntó por el micrófono, con la voz un poco más temblorosa de lo que hubiera querido.
La mujer sonrió. Una sonrisa pequeña, educada, que no le llegaba para nada a los ojos.
—Buenas tardes —dijo, con una voz clara, grave, con un acento un poco antiguo que Elisa no había oído nunca en la ciudad—. Soy **Isabel**. Isabel Vidal. Vine a ver a mi hijo. Eduardo. ¿Podría abrirme, por favor? No quiero molestar mucho tiempo. Solo quiero saludarle.
Elisa se quedó quieta, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
Isabel Vidal.
La madre de Eduardo.
La mujer que todos creían muerta desde hacía veintidós años.
La mujer de la que Eduardo casi nunca hablaba, de la que Doña Carmen solo decía que se había ido un día sin dejar rastro cuando Eduardo tenía cinco años, que todos la habían buscado por todas partes durante años sin encontrar ni una sola pista, que finalmente la habían dado por muerta porque nadie desaparecía así sin más, sin una carta, sin una llamada, sin una despedida.
La mujer que nunca debía volver.
—Está… está usted segura? —alcanzó a decir Elisa, tartamudeando un poco—. Eduardo dijo que su madre… que ella…
—Que yo estaba muerta, lo sé —la cortó Isabel, con una calma absoluta, como si hablar de su propia muerte fuera lo más normal del mundo—. Lo he oído muchas veces. Pero como ve, no lo estoy. Vine a explicarle todo a mi hijo. Él tiene derecho a saber la verdad. Por favor, ábrame. Estoy muy cansada. He viajado mucho para llegar hasta aquí.
Elisa dudó. Cada instinto de su cuerpo le gritaba que no abriera, que llamara a Eduardo, que llamara a Doña Carmen, que hiciera cualquier cosa menos dejar entrar a aquella mujer extraña que aparecía de la nada después de veintidós años. Pero luego miró su cara, vio el cansancio en sus ojos, pensó en Eduardo, en cuántas veces de niño había llorado por su madre, en cuántas noches se había despertado preguntándose por qué se había ido, si él había tenido la culpa de algo… y su corazón no se lo permitió.
Apretó el botón.
La verja se abrió con el chirrido habitual.
Minutos después, Elisa abría la puerta principal. Isabel estaba ahí, parada en el porche, con una pequeña maleta de cuero negro a los pies. Cuando vio a Elisa, la miró de arriba abajo despacio, midiéndola, juzgándola, sin decir nada durante unos segundos larguísimos. Elisa sintió que se ponía roja bajo esa mirada, como si estuviera desnuda delante de ella, como si aquella mujer supiera todos sus secretos, todas sus mentiras del pasado, todas sus debilidades.
—Así que tú eres ella —dijo Isabel finalmente, con un tono que no se podía saber si era de aprobación o de desprecio—. La nueva esposa de mi hijo. La madre de mis nietos. He oído hablar mucho de ti. Mucho.
—Pase, por favor —dijo Elisa, haciéndose a un lado, con la voz aún un poco débil—. Eduardo no está en casa ahora mismo. Salió a hacer unas compras. Pero volverá en cualquier momento. Puede esperarlo sentada si quiere. Le preparo un té.
—Gracias —dijo Isabel. Entró sin mirar a su alrededor, como si conociera la casa de toda la vida, y se sentó con elegancia en el sofá de la sala, apoyando la maleta a sus pies. Miró a Elisa de nuevo, fijamente—. Té estaría muy bien. Sin azúcar, por favor.
Elisa fue a la cocina casi corriendo. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba llamar a alguien. Pero cuando agarró el teléfono para marcar a Eduardo, lo pensó mejor. No quería asustarlo por teléfono. Quería que estuviera presente cuando se enterara, para sostenerlo si se desplomaba, para estar ahí con él. Preparó el té rápido, con las manos un poco temblorosas, y volvió a la sala.
Isabel seguía sentada en el mismo sitio, sin moverse, mirando las fotos enmarcadas que había por todas las paredes: la boda de Elisa y Eduardo, los cuatro niños sonriendo en el jardín, Doña Marisa y Doña Carmen riendo en un cumpleaños, toda la familia junta en la playa el verano anterior. Sus ojos se detuvieron un segundo más largo en la foto de los cuatro niños, y su expresión se suavizó apenas, tanto que Elisa casi no lo notó.
—Son hermosos —dijo, casi para sí misma, cuando Elisa le puso la taza de té en la mesa baja—. Mis cuatro nietos. Nunca pensé que llegaría a verlos con mis propios ojos.
—¿Cómo… cómo se enteró de todo? —preguntó Elisa, sentándose frente a ella, en la otra punta del sofá, manteniendo la distancia—. De Eduardo, de los niños, de la casa… todo el mundo creía que usted estaba muerta. Nadie sabía nada de usted desde hacía más de veinte años.
Isabel tomó un sorbo de té, lo dejó en el plato con delicadeza, y luego levantó la vista hacia Elisa. Sus ojos eran oscuros, profundos, impenetrables.
—Yo nunca morí —dijo, lenta y claramente—. Lo que pasó fue mucho más complicado. Cuando Eduardo tenía cinco años, mi marido —el padre de él, tu suegro— se metió en negocios muy sucios con gente muy peligrosa. Gente que no perdona. Un día me lo contó todo, llorando, me dijo que debía huir, que si me quedaba me matarían a mí y al niño para hacerle daño a él. Me dio un pasaporte falso, dinero, contactos en el extranjero, y me hizo irme esa misma noche, sin despedirme de nadie, sin poder decirle adiós a mi hijo. Dijo que cuando todo se calmara me mandaría buscar. Pero tres meses después lo mataron. De un tiro en la cabeza, en la puerta de su propia oficina. Yo me quedé sola, en un país que no conocía, sin dinero, sin papeles reales, sin nadie a quien acudir. Tardé años en reconstruir mi vida. Años en trabajar, en ahorrar, en volver a tener una identidad legal, en estar a salvo. Y cuando por fin pude volver… —hizo una pausa, tragó saliva, y por primera vez Elisa vio algo parecido al dolor en su rostro—. Cuando volví, Doña Carmen me dijo que Eduardo ya estaba crecido, que tenía su propia vida, que no debía aparecer de la nada y rompérsela toda otra vez. Que él ya me había llorado bastante, que lo mejor que podía hacer por él era seguir desaparecida. Así que me fui de nuevo. Me quedé lejos. Esperando. Hasta ahora.
—¿Y por qué ha vuelto ahora? —preguntó Elisa, con voz suave pero firme, sin quitarle la vista de encima.
Isabel sonrió otra vez, esa sonrisa pequeña y misteriosa que no le llegaba a los ojos.
—Porque ya es hora —dijo—. Porque he terminado de arreglar todos mis asuntos pendientes. Porque tengo mucho dinero, muchas propiedades, muchos contactos que mi hijo podría usar para su empresa. Y porque… —se inclinó un poco hacia adelante, y su voz bajó hasta ser casi un susurro—. Porque he sabido cosas. Cosas que nadie más sabe. Cosas que ponen en peligro a toda esta familia. Cosas que solo yo puedo arreglar. Y no voy a dejar que le pase nada a mi hijo. Ni a mis nietos. Ni a ti.
Antes de que Elisa pudiera preguntarle qué cosas, qué peligro, de qué estaba hablando, se oyó el ruido del auto de Eduardo entrando en el camino de entrada. Minutos después, la puerta principal se abrió.
—¡Ya volví! —gritó él desde el recibidor, con esa voz alegre que siempre tenía al llegar a casa—. Traje la carne, las ensaladas, el vino que te gusta y…
Se detuvo en seco al entrar en la sala.
Las bolsas de las compras se le cayeron de las manos al suelo.
Se quedó parado en el umbral, con la boca medio abierta, los ojos fijos en la mujer sentada en el sofá, sin poder creer lo que veía. El color se le borró de la cara de golpe. Empezó a temblar de pies a cabeza.
—No —susurró, negando con la cabeza, como si estuviera teniendo una pesadilla—. No puede ser. Tú estás muerta. Tú te fuiste. Tú me dejaste.
Isabel se levantó despacio del sofá. Se quedó de pie frente a él, a pocos metros, con las manos entrelazadas delante de ella, con lágrimas por fin asomando en sus ojos.
—Hola, Eduardo —dijo, con la voz rota por la emoción—. Soy yo, mamá. He vuelto. Perdóname. Perdóname por haberme ido sin decirte nada. Perdóname por todos estos años perdidos. He venido para quedarme. Si tú me dejas.
Eduardo no respondió. Dio un paso atrás, chocando con el marco de la puerta. Miró a Elisa, desesperado, buscando ayuda, buscando una explicación, luego volvió a mirar a Isabel. Y de repente, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió corriendo de la casa hacia el jardín, sin mirar atrás.
—¡Eduardo! —gritó Elisa, poniéndose de pie de un salto.
—Déjalo —dijo Isabel, deteniéndola con un gesto de la mano, aunque su propia voz temblaba—. Déjalo que respire. Que lo procese. Yo espero. He esperado veintidós años. Puedo esperar un rato más.
Elisa miró a la mujer, luego miró hacia la puerta por donde Eduardo se había ido. Sintió que el nudo en el estómago volvía, más fuerte que nunca. La paz perfecta que habían construido con tanto esfuerzo, con tanto dolor, con tanto amor… se había roto en pedazos con la llegada de una sola mujer.
Isabel Vidal había vuelto.
Y nada volvería a ser igual nunca más.
Porque nadie vuelve de entre los muertos sin traer secretos oscuros consigo. Nadie.