Un alma implacable despierta en un cuerpo ajeno.
Tras el trágico final de la antigua Aria Thorne, un espíritu frío, astuto y deslumbrante toma el control de su vida. Decidida a vengar el humillante pasado de la chica tímida, desmantela la arrogancia de Pietro y destroza la envidia de su hermanastra Chloe.
En la élite universitaria, la nueva Aria se convierte en una pesadilla intocable y despierta el peligroso deseo de Dante Vance. Sin romanticismos ni piedad, un juego de seducción y poder comienza.
La víctima murió... hoy reina la destructora.
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CAPÍTULO 18: La lista de la cazadora
A esa misma hora, mientras en el reservado de Sanctum Dante chocaba su vaso de whisky con el de su tío sellando el pacto para asumir el imperio criminal tras graduarse, la camioneta de Aria se detenía frente a la imponente fachada de la mansión Thorne.
Aria cruzó el vestíbulo de mármol con pasos firmes. Su padre se encontraba en el extranjero en un viaje de negocios estratégico, una ausencia que Victoria y Chloe siempre aprovechaban para intentar imponer una autoridad ridícula dentro de la propiedad.
Apenas pisó el primer escalón de la gran escalera, las dos mujeres le cerraron el paso. Victoria sostenía una copa con gesto severo y postura altanera, mientras Chloe la miraba con los ojos inyectados en una rabia apenas contenida.
—Mira quién decide aparecer a estas horas —dijo Victoria con voz agria, bloqueándole el paso de forma deliberada—. Tu padre está fuera de la ciudad, Aria, así que la administración y el control de esta propiedad vuelven a estar bajo mi mando. Entrégame tus tarjetas corporativas, tus credenciales de acceso a la residencia y la asignación mensual. Conoces perfectamente el protocolo que seguimos cada vez que tu padre cruza la puerta hacia el aeropuerto.
Aria se detuvo a un metro de ellas. Mantuvo los brazos cruzados y la mirada fija, sin mostrar la menor turbación.
—¿Protocolo? —preguntó Aria con una voz pausada, helada y cortante—. Te sugiero que no confundas la tolerancia que les tuve en el pasado con una autorización para seguir disponiendo de mis cosas, Victoria.
Chloe dio un paso al frente, temblando por la furia acumulada. Había visto a escondidas los encuentros constantes de Dante buscando a Aria en la empresa, e incluso el beso robado entre ellos que la consumía por dentro.
—No te hagas la santa, Aria —soltó Chloe con un tono lleno de veneno—. Y vas a mantenerte al margen con Dante Vance. Sé perfectamente lo que estás intentando hacer en la corporación para llamar su atención, pero no te va a servir de nada. Mi mamá ya entabló comunicación directa con los padres de Dante para formalizar la cena de compromiso entre nuestras familias. Dante va a casarse conmigo. No eres más que un obstáculo insignificante y patético en su camino.
Aria permaneció inmóvil. En la privacidad de su conciencia, el alma despiadada que ahora habitaba este cuerpo analizaba la escena sin un solo rasgo de emoción. Para una mente entrenada en el arte de la ejecución táctica, las amenazas de estas dos mujeres no eran más que un ruido irrelevante. No necesitaba gritar; su propia presencia irradiaba una peligrosidad implícita.
—¿La cena de compromiso? —respondió Aria con una voz tan baja y gélida que el ambiente en el vestíbulo pareció densificarse—. Qué patético que creas que un hombre como Dante se deja manipular por los arreglos de salón de tu madre. ¿De verdad piensas que alguien con su carácter va a aceptar a una mujer que necesita que su mamá le consiga un marido?
—¡Cállate! ¡No te atrevas a hablarme así! —estalló Chloe, perdiendo por completo el control y lanzando un manotazo violento hacia la cara de Aria.
—¡Chloe, no! —alcanzó a exclamar Victoria, pero ya era demasiado tarde.
Para los reflejos sobrehumanos de Aria, la agresión fue torpe y predecible. En una fracción de segundo, interceptó la muñeca de Chloe en el aire con un agarre de acero, le ejecutó una torsión articular precisa hacia atrás provocando un chasquido seco, y le asestó un rodillazo certero en el plexo solar.
Chloe soltó un ahogado grito de dolor y cayó pesadamente sobre la alfombra, sofocada, llevándose las manos al abdomen y retorciéndose por la falta de aire.
—¡Aria! ¡¿Qué demonios le hiciste?! ¡Estás loca! —gritó Victoria descompuesta, abalanzándose para empujarla con todas sus fuerzas.
Con una maniobra fluida, Aria esquivó el embate con elegancia, sujetó a Victoria por la nuca con una fuerza descomunal y le prensó el rostro con violencia contra el pasamanos de madera de la gran escalera. El impacto fue seco y resonante; el labio de Victoria se reventó al instante, dejando una mancha carmesí sobre la madera pulida.
—Escúchenme bien las dos y grábenselo en la cabeza —dijo Aria con un susurro siniestro, manteniendo a Victoria sometida sin el menor esfuerzo mientras pisaba con firmeza la mano de Chloe contra el suelo—. Ni el dinero de esta casa, ni mis cuentas personales, ni mi vida son asunto de ustedes. Se acabó el tiempo en que se dedicaban a saquear mis pertenencias cada vez que mi padre salía por esa puerta. Si una de ustedes vuelve a alzarme la mano o a tocar mis cosas, no voy a limitarme en darle una golpiza. ¿Les quedó claro?
Victoria gimió de pavor, inmovilizada por el dolor y paralizada por el terror puro que le producía la mirada helada e impenetrable de su hijastra.
—Responde, Victoria. ¿Entendiste? —exigió Aria apretando un poco más el agarre.
—¡Sí! ¡Sí, suéltame, por favor! —suplicó Victoria entre lágrimas.
—En cuanto a ti, Chloe... —continuó Aria, soltando a Victoria para inclinarse hacia su hermanastra mientras le sujetaba la mandíbula con una presión sangrienta—: Dante te desprecia. Lo sabe él y lo sabes tú. Si vuelves a cruzar el límite o a tocar mis pertenencias usando su nombre como amenaza, te juro que la siguiente articulación que te rompa no se va a recuperar en meses.
Aria soltó a Chloe con desdén, dejándola caer torpemente junto a su madre. Ambas temblaban en el piso del vestíbulo, sofocadas por la humillación y el dolor físico.
—Limpien el desastre del suelo antes de que baje —ordenó Aria con total aplomo, dándose la vuelta y subiendo la escalera a paso firme sin volver a mirarlas.
Una vez en el segundo piso, Aria caminó por el pasillo, abrió la puerta de su habitación y la cerró de un portazo, le pasó el seguro de metal y apoyó la espalda contra la madera. La adrenalina de la confrontación comenzó a asentarse, reemplazada por un silencio pesado que inundaba la suite.
Aria sacó su teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta. Desbloqueó la pantalla con cierta prisa contenida, esperando ver la luz de alguna notificación encendida.
Nada. La bandeja de entrada estaba completamente vacía. Ni una llamada perdida, ni un solo mensaje de Dante en todo el día.
Aria frunció el ceño con rabia. Caminó hacia el centro de la habitación, tiró el bolso sobre la cama y comenzó a dar vueltas de un lado a otro como un felino encerrado en una jaula. El teléfono pesaba en su mano como un trozo de plomo.
—¿Por qué no llamas? —murmuró para sí misma en un tono cargado de irritación—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Se detuvo frente al espejo del tocador y se miró fijamente. Sus propios ojos la devolvieron con una expresión de enfado que no le gustaba en absoluto. En su vida pasada, en su verdadera naturaleza de asesina, jamás le había importado la presencia o la ausencia de un hombre. En aquel mundo de sombras, la empatía era un defecto mortal y la dependencia afectiva, una sentencia de muerte. Había sido entrenada para ver a las personas como peones, armas o blancos.
Entonces, ¿por qué demonios este heredero corporativo de ojos verdes lograba descolocarla de esta manera?
—Maldita sea —siseó, tirando el teléfono sobre la mesa de noche con resentimiento.
Sintió un pánico helado recorrerle la espalda, un miedo muy distinto al de enfrentar un arma de fuego. Era el temor a estar perdiendo el control de sus propias emociones. Se odiaba a sí misma por buscar la pantalla cada cinco minutos, se odiaba por recordar la firmeza con la que Dante la tomaba de la cintura y la audacia con la que recortaba la distancia entre ambos.
Aria se llevó las manos a la cabeza, apoyando los codos sobre el tocador. Su mente era un campo de batalla entre el instinto frío de supervivencia y esta nueva y perturbadora vulnerabilidad que estaba naciendo en su pecho.
—Tú no sientes nada —se dijo a sí misma frente al espejo, como si intentara convencer al reflejo de una mentira—. Él es solo una calentura, apenas lo pruebe se me va a quitar las ganas, debe de ser eso que lo deseo tanto que no estoy pensando con claridad. Ademas de ser solo un aliado temporal. Nada más.
Pero la mentira no se sostenía. Cada vez que intentaba convencerse de que debía alejar a Dante, de que debía levantarse un muro infranqueable para no dejarlo entrar, una parte más profunda y oscura dentro de ella exigía exactamente lo contrario. Quería que él apareciera. Quería que rompiera su espacio personal, que la buscara con esa sonrisa arrogante y la obligara a admitir lo que no podía decir en voz alta, quería que la hiciera suya, sentirlo, pensando que solo necesitaba estar con él para que le quitará ese deseo fuerte que tiene.
Aria apretó los puños contra la superficie de madera pulida, respirando agitadamente. La ausencia de Dante esa noche no era solo una falta de comunicación; era un vacío incómodo que amenazaba con quebrantar la armadura que tan meticulosamente había construido.