Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 26
En medio de aquel beso que se hacía cada vez más profundo y embriagador, retazos de un pasado desgarrador cruzaron de pronto por la mente de Fernanda. La tragedia de aquella noche fatídica de hacía seis años, su llanto que nadie escuchó y la destrucción de su futuro parecieron rebobinarse ante sus ojos.
La conciencia de Fernanda se sacudió de golpe.
"¿Qué estoy haciendo? ¡El hombre que tengo enfrente es el monstruo que destruyó mi vida!", le gritó su interior, presa del pánico.
Fernanda no podía permitir que esto continuara. Con las fuerzas y el arrojo que le quedaban, aprovechó que sus labios aún estaban unidos a los de él y mordió con todas sus fuerzas el labio inferior de Tristán.
—¡Akh!
Tristán soltó un quejido ronco y detuvo el beso al instante. Echó la cabeza hacia atrás haciendo una mueca de dolor, llevándose la mano al labio inferior que le palpitaba de ardor. En ese preciso momento, Fernanda empujó el pecho de Tristán con toda la fuerza que pudo, haciéndolo caer de espaldas sobre la cama.
Sin perder un segundo, Fernanda se levantó de un salto y salió corriendo a toda velocidad de aquella habitación privada. Atravesó la oficina vacía del CEO y fue directo hacia su escritorio. Las lágrimas que hasta entonces había estado conteniendo se desbordaron sin remedio. La respiración se le agitaba, asediada por el miedo, la rabia y el odio hacia sí misma por haberse dejado llevar. Entre sollozos, se tocó los labios, que ahora sentía ligeramente hinchados y palpitantes a causa de aquel beso brutal.
Con las manos temblorosas, Fernanda tomó su blazer de trabajo del respaldo de la silla y se lo puso a toda prisa para cubrir la parte superior del vestido negro, que le quedaba un poco holgado y abierto. Después agarró su bolso, ignoró todos los documentos revueltos sobre el escritorio y decidió marcharse de la oficina en ese mismo instante.
Justo cuando corría hacia el vestíbulo del elevador, las puertas del elevador VIP se abrieron con un tintineo. Kevin salió y se topó de frente con Fernanda.
—¿Nanda? ¿A dónde vas? —preguntó Kevin, absolutamente desconcertado. Se detuvo en seco al ver a la secretaria llorando a moco tendido, con un aspecto por completo desaliñado.
Fernanda no le hizo el menor caso a Kevin. Con la mirada vacía, bañada en lágrimas, se metió de golpe en el elevador que acababa de abrirse y pulsó el botón de cierre con rapidez. Las puertas se cerraron, ocultando dentro el llanto histérico de Fernanda.
Al percibir que algo andaba muy mal, el presentimiento de Kevin se ensombreció de inmediato. Echó a correr hacia la oficina del CEO y se metió de golpe sin detenerse a tocar la puerta.
Mientras tanto, dentro de su habitación privada, Tristán seguía sentado al borde de la cama. El pulgar le rozaba la comisura del labio inferior, de donde brotaba un hilillo de sangre por la mordida de Fernanda. El ardor le irradiaba, pero, extrañamente, una sonrisa de satisfacción fue dibujándose poco a poco en su apuesto rostro.
"Ahora eres bastante fiera, Patita. Hasta te atreves a contraatacarme", pensó Tristán, con un destello de deseo en la mirada. "Pero... justamente me fascinas así como eres ahora. No te dejas pisotear, eres fuerte y tremendamente valiente."
Tristán soltó una risita baja y se limpió los labios, que aún estaban húmedos por la saliva de ambos. La dulzura de los labios de Fernanda parecía haberse quedado impregnada allí, aliviando un poco la añoranza que lo había consumido durante seis años.
¡BRAM!
—¡Señor! ¡Señor Tristán!
Kevin irrumpió en la habitación privada con el rostro desencajado por el pánico. —Nanda... ¿por qué Nanda se fue así nada más, llorando? ¿¡Qué fue lo que pasó aquí adentro, señor!?
Tristán volvió la cabeza hacia Kevin con parsimonia, comportándose con naturalidad como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, en cuanto Tristán lo miró de frente, Kevin se quedó clavado en el sitio. El corazón del asistente personal se disparó de la impresión.
¡Tum!
Los ojos de Kevin se abrieron de par en par. Vio con absoluta claridad que la comisura del labio inferior de su jefe estaba partida y sangraba. Y no solo eso: había un leve rastro de labial que se marcaba tenuemente alrededor de los labios de Tristán.
Ante la evidencia que tenía delante, los puños de Kevin se apretaron con fuerza a los costados de su cuerpo. Una oleada de furia y decepción le estalló de pronto en el pecho.
"Dios mío... ¿Qué le hizo el señor Tristán a Fernanda? ¿Por qué tiene el labio sangrando y marcas de labial? ¿Acaso... acaso se propasó con ella y la agredió cuando estaba vulnerable después de la pelea con Bella?", ardió Kevin por dentro, incapaz de aceptar que la secretaria que tanto admiraba hubiera sido víctima del abuso de su propio jefe.
*
*
Fernanda salió a paso apresurado del rascacielos del Grupo Bracamonte y de inmediato detuvo un taxi que pasaba por casualidad. En cuanto la puerta del auto se cerró y el taxi se abrió paso entre el tráfico denso de la capital, las defensas de Fernanda se desplomaron por completo. En el asiento trasero, no dejó de llorar a lágrima viva, derramando toda la opresión, la rabia y la humillación que acababa de sufrir.
No obstante, en medio de sus sollozos, la razón volvió a ponérsele en marcha. Cayó en cuenta de que no podía mostrarse destrozada y deshecha frente a su madre y a su amado hijo.
"Tengo que ser fuerte. No puedo provocarle un infarto a mamá ni asustar a Elián viéndome en estas condiciones tan deplorables", se dijo Fernanda mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo desechable.
Empezó a darle vueltas a la cabeza, buscando un pretexto creíble para explicar su regreso tan temprano, así como la marca de la bofetada en el labio y los arañazos en el cuello, de modo que no levantaran sospechas.
Al llegar frente a su modesto departamento de renta, Fernanda se bajó del taxi con cuidado. Recorrió con la mirada los alrededores del patio, que lucía desierto y tranquilo. No había señales de la motocicleta ni de la presencia de su madre.
—Seguro mamá y Eli fueron a casa de doña Juana. Menos mal... Ahora puedo respirar un poco más tranquila —murmuró Fernanda en voz baja, dejando escapar un suspiro de alivio.
Rebuscó en su bolso, sacó la llave de repuesto que siempre llevaba consigo y entró deprisa a la casa para asearse y curarse las heridas antes de que ellos volvieran.
Mientras tanto, en un café de categoría en la Ciudad de México, se desarrollaba una escena completamente distinta. Andrés e Ignacio estaban sentados uno frente al otro dentro de un reservado privado que habían apartado a propósito para que su conversación no llegara a oídos ajenos.
Andrés se apoyaba la barbilla en la mano, observando a Ignacio con una mirada exigente. Ya no aguantaba las ganas de enterarse de las novedades sobre el patito feo, que era la clave para salvarlos de la furia de Tristán. Al otro lado de la mesa, Ignacio se mostraba inquieto. Se moría por compartir lo que sabía, pero la sombra de la amenaza tajante de Fernanda, capaz de destruir su relación con Fabiana, no dejaba de rondarle la mente.
—Ignacio, tú me estás ocultando algo. Te conozco desde hace mucho, Nacho. Sé que en el fondo ya tienes información real sobre la Patita, ¿verdad? —indagó Andrés con los ojos entrecerrados y afilados.
Ignacio exhaló con brusquedad, restregándose el rostro de pronto agitado. Se encontraba genuinamente entre la espada y la pared. Por un lado, le aterraba que su relación con Fabiana se hiciera pedazos por culpa de la amenaza de Fernanda. Pero por otro, tampoco quería que su carrera en la policía se acabara si Tristán llegaba a actuar de forma drástica creyendo que él le escondía información. Tras sopesar los riesgos, Ignacio optó finalmente por ser honesto con su amigo.
—Sí, ya sé quién es en realidad la Patita, Andrés. Después de investigar y hasta reunirme personalmente con ella ayer... resulta que es la secretaria personal del mismísimo Tristán en el Grupo Bracamonte —reveló Ignacio en un susurro firme.
Andrés, que días atrás se había encontrado en persona con la nueva secretaria de Tristán durante aquel almuerzo en el restaurante Lyon, se quedó boquiabierto al instante. Los ojos casi se le salían de las órbitas. —Nacho, ¿estás seguro de lo que dices? ¡No me estarás tomando el pelo ni mintiendo, ¿verdad?!
—¿Para qué te voy a mentir, Andrés? ¡No gano nada con eso! —replicó Ignacio, molesto.
—Pero... pero ¿cómo es posible, Nacho? ¿Cómo pudo la Patita cambiar hasta volverse así de hermosa, tan bella como un ángel? Es más... ¡mi propio jefe, don Samuel, se quedó embobado con ella sin darse cuenta! —preguntó Andrés una y otra vez, todavía en estado de conmoción.
—Es porque la Patita se sometió a muchos tratamientos estéticos intensivos, y casualmente... la ayudó mi propia novia, Fabiana. Fabi es su amiga cercana desde hace mucho tiempo —explicó Ignacio.
Una vez más, Andrés se quedó estupefacto. Meneó la cabeza de un lado a otro, incrédulo.
—¡Vaya... ¿y esta qué sorpresa es, Nacho? ¿Así que tu novia resulta ser amiga íntima de la Patita? ¡El mundo es un pañuelo de verdad!
Ignacio asintió despacio, con el semblante serio de nuevo. —Sí, Andrés. Y... hay un secreto todavía más grande que tienes que saber.
—¿Qué más, Nacho? Anda, dilo rápido, ¡no me vayas a provocar un paro cardíaco de la curiosidad! —lo apremió Andrés sin paciencia, inclinando el cuerpo hacia la mesa.
—La Patita... ya tiene un hijo. Y ese niño... es hijo biológico de Tristán.
¡BUM!
Las palabras de Ignacio fueron como una bomba de relojería que estalló justo en la cara de Andrés. El cerebro se le congeló en el acto. Le resultaba inconcebible que lo ocurrido aquella noche funesta en el hotel seis años atrás hubiera engendrado un ser en el vientre de la muchacha a la que en ese entonces acosaban.
—Caramba... así que Tristán es efectivo de verdad, ¿eh? ¡Un solo disparo y dio en el blanco! —soltó Andrés de manera espontánea, con una risa hueca, tratando de digerir la impresión.
Ignacio le dio un coscorrón en el brazo, irritado. —¡Por Dios... en un momento tan grave y delicado como este, ¿se te ocurre salir con eso?! Ah, y tengo pruebas. Le tomé una foto a la Patita con su hijo a escondidas en la fiesta de cumpleaños del otro día, en el centro comercial.
Ignacio sacó el celular del bolsillo y le mostró una fotografía en la pantalla. En la imagen se veía con nitidez el rostro de Elián, sonriente y radiante frente al pastel de cumpleaños, acompañado de Fernanda.
Al ver los rasgos de aquel niño, Andrés sonrió abiertamente. El parecido del chiquillo con Tristán era sencillamente innegable. —¡Nacho, pásame la foto! ¡Mándamela ahora mismo!
—Sí, sí, ya te la mando por mensaje —respondió Ignacio mientras tocaba la pantalla de su teléfono.
—Oye, pero Nacho... ¿estás cien por ciento seguro de que de verdad es hijo de Tristán? O sea, ¿de que la línea de sangre es legítima? —preguntó Andrés de nuevo, queriendo cerciorarse de que no hubiera margen de error.
—¡Claro que estoy seguro! Según mi novia, la Patita resultó embarazada cuando acababa de mudarse a Veracruz porque participó en un programa de reubicación del gobierno. Después, cuando llevaba siete meses de embarazo, un hombre del lugar accedió a casarse con ella legalmente. La Patita no tuvo más opción que aceptar ese matrimonio porque necesitaba una identidad legal y un estatus para su bebé. Pero resulta que el marido de la Patita murió en un accidente cuando apenas llevaban un suspiro de casados —relató Ignacio en detalle, revelando la historia que le había sonsacado a Fabiana.
Al escuchar la cronología completa, una sonrisa astuta fue apareciendo en el rostro de Andrés. El miedo se le esfumó, reemplazado por un alivio inmenso. Aquella información era oro puro, capaz de salvarle el pellejo de la ira de Tristán, e incluso podría reportarle grandes beneficios si lograba reunir a Tristán con su hijo biológico.
Tras concluir la breve reunión con Ignacio y salir del reservado del café, Andrés caminó hacia su auto con paso ligero. Con el celular en la mano, donde ahora reposaba la foto con la prueba del rostro del hijo de Tristán, Andrés buscó de inmediato el contacto del número privado de Tristán. Tenía la intención de llamar al CEO en ese mismo instante para revelarle el enorme secreto que cambiaría el destino de todos.
Continuará...