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Mi Corazón Es Tuyo

Mi Corazón Es Tuyo

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Amor prohibido / Reencarnación
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación

un alfa y un omega

NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un cliente inesperado

La mañana en la panadería estaba bastante ocupada.

Eiden llevaba puesto un delantal claro sobre su ropa sencilla. Atendía a los clientes con una sonrisa, colocaba el pan recién horneado en las vitrinas y limpiaba las mesas después de que las personas terminaban de comer.

—Aquí tiene su pedido. ¡Que tenga un buen día! —dijo amablemente mientras entregaba una bolsa de pan a una señora.

—Muchas gracias, jovencito. Eres muy amable.

Eiden sonrió.

Aunque todavía le dolía recordar cómo había perdido su puesto en el ejército, estaba decidido a comenzar de nuevo. Ya no tenía uniforme, ni insignia, ni un lugar al cual regresar después de trabajar. Sin embargo, al menos ahora tenía un empleo y podía ganarse la vida honradamente.

Un rato después, su encargada le pidió que barriera la entrada.

—Eiden, ¿podrías limpiar un poco afuera? Se ha acumulado polvo junto a la puerta.

—¡Claro!

El omega tomó la escoba y comenzó a barrer tranquilamente, sin imaginar que alguien estaba a punto de reconocerlo.

Mientras tanto, en la guarida, el alfa número 69B estaba harto de permanecer encerrado.

Después de pasar buena parte de la mañana sin hacer nada, decidió salir a comprar algunas cosas. Se colocó las vendas negras sobre los ojos y caminó por las calles con las manos dentro de los bolsillos.

Al pasar frente a un pequeño puesto, se detuvo para comprar algo.

Y entonces lo vio.

Al otro lado de la calle, un chico de cabello amarillo barría la entrada de una panadería.

El alfa se quedó inmóvil.

¿Eh?

Inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con incredulidad.

Era Eiden.

El mismo omega que había encontrado en aquella mansión. El mismo que le había disparado para proteger al hombre al que debía eliminar.

Pero había algo que no encajaba.

¿Qué hace aquí?

El alfa observó su delantal, la escoba y la ropa sencilla que llevaba puesta.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—¿Un militar barriendo la entrada de una panadería? —murmuró divertido—. Vaya, vaya… ¿Qué pasó con tu precioso uniforme?

Soltó una risita.

No tenía ni idea de que Eiden había sido expulsado del ejército por culpa de aquella misión.

Con curiosidad, el alfa terminó su compra y cruzó la calle en dirección a la panadería.

Mientras tanto, Eiden dejó la escoba en su sitio y volvió al interior para acomodar unas bandejas.

La campanita de la puerta sonó.

Tilín.

Eiden se giró inmediatamente, dispuesto a recibir al nuevo cliente.

—¡Buenos días, bienveni…!

La sonrisa desapareció de su rostro.

Frente a él estaba el hombre de las vendas negras.

El mismo monstruo.

El mismo asesino.

El responsable de que su vida hubiera cambiado por completo.

El alfa, sin preocuparse por la expresión de Eiden, caminó hasta una de las mesitas junto a la ventana y se sentó cómodamente.

—Qué lugar tan agradable —comentó, mirando alrededor—. Nunca imaginé encontrarte trabajando aquí.

Eiden apretó los puños detrás del mostrador.

Su corazón comenzó a latir con fuerza, pero esta vez no era solamente por miedo.

Era rabia.

Mucha rabia.

—Tú… —murmuró.

El alfa giró la cabeza hacia él.

—¿Yo?

Eiden salió de detrás del mostrador y se acercó a su mesa.

—¿Qué demonios haces aquí?

El alfa apoyó un brazo sobre la mesa, completamente tranquilo.

—Vine a comprar. ¿Acaso está prohibido entrar?

—¡No te hagas el idiota!

Algunas personas que estaban desayunando se volvieron para mirarlos.

Eiden respiró profundamente, intentando controlar su voz.

—Por tu culpa perdí mi trabajo.

La sonrisa del alfa se desvaneció un poco.

—¿Tu trabajo?

—¡Mi puesto en el ejército! —exclamó Eiden, incapaz de contenerse—. ¡Me expulsaron por lo que pasó en aquella mansión! ¡Me quitaron mi insignia y me dijeron que no volviera!

El alfa permaneció en silencio.

Por primera vez desde que había entrado, dejó de parecer divertido.

Eiden lo miró con los ojos llenos de indignación.

—Yo tenía una vida antes de conocerte. Tenía un trabajo, compañeros y un lugar al que pertenecía. ¡Y ahora tengo que empezar desde cero por culpa de tus malditas acciones!

El alfa bajó ligeramente la cabeza.

No estaba acostumbrado a que alguien le hablara de aquella manera. La mayoría de las personas huían al verlo, temblaban ante él o suplicaban por sus vidas.

Pero Eiden estaba allí, frente a él, furioso.

Y lo extraño era que el alfa no sentía deseos de hacerle daño.

—Así que te echaron… —murmuró finalmente.

Eiden soltó una risa amarga.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

El alfa levantó el rostro.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que lo siento?

—¡Sí! ¡Al menos podrías tener la decencia de disculparte!

El silencio cayó entre ambos.

El alfa observó a Eiden durante unos segundos. Después, apartó la mirada hacia la ventana.

—No suelo disculparme con nadie.

—Pues qué lástima. Porque yo no pienso perdonarte.

Eiden se dio la vuelta para regresar al mostrador.

—Si no vas a comprar nada, puedes marcharte.

Pero el alfa no se levantó.

En cambio, tomó la carta del menú y la observó como si realmente estuviera interesado en los productos.

—Quiero un café y dos panes dulces.

Eiden se giró lentamente, incrédulo.

—¿Me estás escuchando?

—Perfectamente. Un café y dos panes dulces.

—¡Te estoy diciendo que te vayas!

—Y yo estoy intentando hacer un pedido en esta panadería.

Eiden sintió que iba a perder la paciencia.

—¡Eres insoportable!

El alfa dejó escapar una pequeña risa.

—Eso me han dicho.

Eiden regresó al mostrador mascullando insultos por lo bajo, mientras preparaba el pedido. Cuando volvió a la mesa, dejó la taza y el plato frente al alfa con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Aquí tienes. Espero que te atragantes… —murmuró, tan bajo que pensó que no lo escucharía.

Pero el alfa sí lo escuchó.

Y, para sorpresa de Eiden, sonrió.

—Gracias por tus buenos deseos.

—¡Cállate!

El alfa tomó un pedazo de pan y lo probó tranquilamente.

Eiden volvió a sus labores, aunque cada pocos segundos miraba hacia aquella mesa para asegurarse de que el hombre siguiera sentado allí.

No entendía qué quería.

¿Por qué había entrado precisamente en esa panadería? ¿Por qué se comportaba como si nada hubiera pasado?

Y, sobre todo, ¿por qué parecía disfrutar tanto haciéndolo enojar?

Mientras el alfa comía, sus dedos se detuvieron sobre la taza caliente.

Desde su asiento podía observar a Eiden atendiendo a los clientes, limpiando las mesas y sonriendo educadamente, aunque de vez en cuando le lanzaba miradas asesinas.

El alfa sintió una extraña presión en el pecho.

Así que perdió todo por mi culpa…

Por alguna razón, aquella idea ya no le resultaba tan divertida.

Miró el pan que tenía delante y después volvió a observar al omega.

—Oye, Eiden.

El chico se acercó con una expresión fría.

—¿Qué quieres ahora?

El alfa guardó silencio un instante.

Luego pronunció unas palabras que dejaron a Eiden completamente desconcertado.

—¿Cuánto dinero necesitas para recuperar tu antiguo trabajo?

Eiden abrió los ojos.

—¿Qué…?

El alfa apoyó la taza sobre la mesa.

—Puedo conseguirte dinero. O hacer que alguien te devuelva tu puesto.

Eiden lo miró con una mezcla de incredulidad y furia.

—¿Crees que puedes arreglarlo todo con dinero?

El alfa no respondió.

Eiden se inclinó hacia él y habló entre dientes.

—No quiero nada de ti. Ni tu dinero, ni tu ayuda, ni tus disculpas falsas. Lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida.

Por primera vez, el alfa no encontró una respuesta burlona.

Se quedó mirando a Eiden mientras este se alejaba.

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