NovelToon NovelToon
Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:8.6k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: Gracias, jefe

Rodrigo tenía a la muchacha en los brazos y a su hija riéndose en la alfombra.

Tomás se agachó, levantó el celular, que seguía sonando, y lo miró como si le quemara. No había dónde dárselo: Rodrigo tenía las dos manos ocupadas. Tomás lo dejó sobre el pecho de ella y corrió a detener el elevador.

La voz de Dani bajó treinta pisos acostada sobre la blusa de una desconocida.

En el elevador Rodrigo la vio bien por primera vez. Los huesos de la cadera se le clavaban en el antebrazo. Tenía los labios sin color, la cola de caballo medio deshecha, las uñas cortas, sin pintar. Pesaba lo que pesa una mochila. Acomodó el peso contra la rodilla, alcanzó el celular con el pulgar y detuvo el audio. Lo guardó en la bolsa interior del saco. No lo revisó. No era suyo.

Chuy ya tenía la Suburban negra encendida en la rampa del sótano. Rodrigo se subió atrás con ella, le sostuvo la cabeza sobre las piernas y no dejó que Tomás lo ayudara.

—Santa Lucía. Rápido y sin brincos.

Diez minutos.

* * *

El médico de urgencias era joven y hablaba sin rodeos.

—¿Es familiar? —Miró a Rodrigo de arriba abajo.

—La traje yo.

El médico esperó algo más. Rodrigo no lo dio, y el médico decidió que con eso alcanzaba.

—Glucosa en cincuenta y dos. Anemia leve, sangrado menstrual abundante y un cuadro de estrés agudo. Le estamos pasando glucosa y suero. Va a necesitar hierro, reposo y comer a sus horas.

La acostaron en un cubículo individual con cortina azul. A las diez y media el celular de ella vibró dentro del saco. En la pantalla decía: Encargada Café. Rodrigo lo dejó sonar. A las diez cuarenta, otra vez. A las once, otra. A la cuarta llamada contestó.

—Habla un conocido de la señorita Guzmán. Está en urgencias; hoy no va a poder cubrir su turno de las cuatro.

—¿En urgencias? ¿Pero está bien?

—Va a estar bien.

Colgó. No dijo un nombre, no dio explicaciones, no abrió nada más. Volvió a guardar el celular.

En la caja pagó tres mil ochocientos cincuenta pesos: consulta, suero, biometría hemática. Dejó el recibo doblado en el buró junto a la cama, debajo de un vaso de agua. Luego se sentó en la silla de visitas, que era demasiado baja para sus rodillas, y se dispuso a esperar.

Tres horas. Tenía la agenda del día en el celular, doce pendientes, dos consejos, una llamada con Houston. Los fue moviendo uno por uno sin levantarse de la silla.

Después escribió su nombre en el buscador. Maite Guzmán, UCN.

El perfil era público. Casi todo eran promociones de la cafetería, frappés con canela, pan de elote a mitad de precio los martes. Algunas fotos de un pueblo: una plaza con bancas verdes, gallinas en un patio de tierra, un letrero de carretera medio oxidado. Y una publicación de abril, un naranjo cubierto de flor blanca, con la ubicación San Isidro del Naranjo.

Abajo, el texto:

Este naranjo ya tiene ocho años, papá. Tú ya vas para siete de no estar. Nadie me ha vuelto a decir mi nena.

Rodrigo lo leyó dos veces.

El papá, muerto. La mamá, sola en un pueblo de naranjos, en la zona citrícola. La hija, en Monterrey, con beca, con dos camiones de ida y un turno a las cuatro. Nadie en la foto más que el árbol.

Mi nena.

Cerró la aplicación. Se quedó con la palabra.

Tomás regresó con dos cafés y un sándwich que nadie le había pedido. Rodrigo lo sacó al pasillo.

—Setenta y dos horas —dijo—. Quiero todo: la queja de la Facultad, el video, quién usó su celular, quién es ese muchacho. Y si ella miente, también lo quiero saber.

Tomás ya estaba escribiendo.

—¿Le aviso a la señorita Daniela?

—No.

Tomás levantó la vista del teléfono. No preguntó por qué.

Rodrigo le creía a la muchacha. Le había creído desde el me sobran ocho. Pero los ojos de una persona no son una prueba, y él no iba a pararse frente a su propia hija con algo que no se pudiera poner sobre una mesa.

* * *

Despertó a las doce y media. Lo primero que hizo fue buscar con la mano el buró, como quien busca un celular. Lo segundo fue verlo a él.

—¿Cuánto fue?

—No se preocupe por eso.

Ella ya había visto el recibo. Lo sacó de abajo del vaso, lo desdobló y lo leyó completo, renglón por renglón, con el suero todavía colgando del brazo. Rodrigo vio cómo se le movían los labios al llegar al total.

—Mi celular.

Él lo sacó del saco y se lo puso en la mano.

—No lo revisé.

Ella lo miró un segundo, como si eso sí le hubiera costado trabajo creerlo. Desbloqueó la pantalla con el pulgar.

—Páseme su número. Y una cuenta.

—Señorita Guzmán…

—Una cuenta.

Rodrigo le dictó su número personal. Ella lo agregó, él le mandó la cuenta por WhatsApp, y durante medio minuto el único ruido del cubículo fue el de ella tecleando con una sola mano.

El celular de Rodrigo vibró en su propia rodilla. Notificación del banco: depósito recibido, doscientos pesos. En el concepto decía:

Abono 1. Gracias, jefe.

—Es lo que tengo hasta el viernes —dijo ella, sin mirarlo—. Lo demás se lo voy pagando en abonos. No me gusta deberle a nadie.

Rodrigo miró la pantalla. Llevaba media vida firmando cheques con muchos ceros, y nadie, nunca, le había depositado doscientos pesos con una nota de agradecimiento.

Presionó el micrófono del chat y grabó sin pensarlo mucho.

El celular de ella sonó en la cama, a dos metros de él.

—Recibido, jefa. Gracias a usted.

Maite bajó el celular y lo miró por encima.

—¿Jefa?

—Uno nunca sabe. A lo mejor un día sí lo es.

Ella frunció el ceño. Rodrigo no sonrió; algo en la cara se le debió mover de todos modos, porque ella frunció más.

—¿Y lo otro? —preguntó—. Lo de cargarme y todo esto. Eso no viene en el recibo.

—Todos necesitamos algo que no tenemos.

—Eso no es una respuesta.

—No.

Ella se quedó esperando la explicación. No llegó. Se acomodó contra la almohada con cara de estar anotándolo en algún lado.

A la una y media el médico firmó el alta. Rodrigo se ofreció a llevarla.

—No me voy a subir a su camioneta.

—Chuy la lleva a la residencia.

—Tampoco a la camioneta de Chuy.

Rodrigo sacó el celular y marcó.

—Chuy. En el garaje de la casa está el gris. Tráetelo.

Veinte minutos después llegó un sedán gris, de los que nadie voltea a ver en un estacionamiento. Maite lo miró desde la puerta de urgencias, miró a Rodrigo, y se subió atrás sin decir gracias. Por la ventanilla, cuando el carro ya arrancaba, levantó dos dedos. No era un saludo. Era una promesa: iba a haber más abonos.

Rodrigo se quedó en la banqueta con las manos en las bolsas.

* * *

El martes a las diez de la noche, en el despacho de Casa Solana, Tomás le mandó el primer reporte y luego llamó para leérselo.

—La queja existe, ingeniero. Once de noviembre, con fechas y capturas. El director Zertuche la archivó el veintinueve por falta de elementos. Nadie la citó a declarar.

—¿Y lo del video?

—El video que circula dice primero de noviembre. Esa noche la cámara de la caja de la cafetería la tiene cerrando turno. Sale a las once con siete. —Una pausa—. Llevo treinta y siete horas. Me faltan treinta y cinco.

—Sigue.

Rodrigo colgó y marcó otro número. Dani contestó al segundo timbre, con música de fondo, desde el departamento de Mitras.

—¡Papi! ¿Neta me estás llamando tú?

—¿Conoces a Maite Guzmán?

Ni un segundo de silencio.

—¿La becada? Ay, papi, ¿el director ya te fue con el chisme? O sea, esa ranchera está loca, anda diciendo que le quité el novio, que yo le hago cosas. Está obsesionada conmigo.

Rodrigo apoyó los codos en el escritorio. Frente a él, en la pantalla de la laptop, seguía abierto el reporte de Tomás: 23:07.

El director. Dani creía que el chisme había subido por la escalera de la Facultad. No sabía que la muchacha había tomado dos camiones para subirlo ella misma.

—Quiero que me digas la verdad, Daniela, antes de que yo la encuentre.

—Te juro que es mentira, papi. —La voz se le endulzó de golpe—. Mejor ven el miércoles a la facu, ¿sí? Para que vean quién manda y la corran.

Rodrigo miró la hora de la pantalla. Miró el reporte. Pensó en una mano delgada apretando el respaldo de un sillón para no caerse.

—Voy a ir.

1
Patricia
hola me está gustando esta historia, un hombre maduro y una joven pero para el amor no hay edad, veamos como va pero me gusta
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play