Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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### Capítulo 3: ¡Tía, vení por mí!
Kaleth Giraldo — Cali, Colombia
Parce, yo sabía que algún día me iba a meter en un problema bien berraco, pero jamás pensé que fuera a pasar un martes a las nueve de la mañana, en pleno recreo.
Todo empezó cuando salí al patio del colegio. Mis compañeros estaban hablando, jugando y comprando algo en la cafetería. Yo, en cambio, estaba apartado, intentando olvidarme de mis propios pensamientos. Había llegado al colegio después de una noche complicada y, para completar, estaba fumado.
Sí, ya sé lo que están pensando. Que soy un bobo, que debería ponerme a estudiar y dejar tanta pendejada. Y, sinceramente, a veces yo mismo pienso lo mismo.
Pero es que no conseguía sacarme a Estefanía de la cabeza.
Mi tía Estefanía.
La mujer que vivía conmigo, que me preparaba el desayuno y que siempre me preguntaba cómo me había ido. Cada vez que la veía, me daban ganas de contarle lo que sentía, pero me aterraba perderla. Por eso seguía haciendo estupideces, creyendo que así iba a olvidarla.
—¡Kaleth Giraldo! —escuché de repente.
Levanté la cabeza y vi al profesor de disciplina acercándose.
—¿Qué hace usted aquí? ¿No debería estar en clase?
—Estamos en recreo, profe —contesté, con una tranquilidad que no tenía.
El hombre me miró seriamente y se dio cuenta de que yo no estaba bien.
—Venga acá. ¿Usted ha consumido algo?
—¿Y a usted qué le importa, pues?
¡Uy, parce! Apenas terminé de decir eso, supe que la había embarrado.
—¿Cómo dice? —preguntó, acercándose.
—Nada, profe. Relájese.
—¡Se me va inmediatamente a coordinación!
Intenté hacerme el desentendido, pero el profesor me agarró de la oreja y comenzó a llevarme hacia las oficinas.
—¡Ay, profe, suélteme! ¿Qué le pasa?
—¡Y encima responde de manera grosera! Ahora sí vamos a hablar con el director.
—¡Qué gonorrea, hombre! —murmuré.
—¡¿Qué fue lo que dijo?!
—Nada, nada.
Parce, yo estaba perdido.
Cuando llegamos a dirección, el coordinador me hizo sentar frente a su escritorio. El profesor comenzó a contarle todo lo que había pasado, incluyendo mi comportamiento y mis respuestas.
Yo solo miraba el piso, deseando que se abriera un hueco y me tragara.
—Kaleth, esto es grave —dijo el coordinador—. No solamente por su comportamiento, sino porque parece que usted ha consumido alguna sustancia dentro de la institución.
—Sí, señor —respondí bajito.
—Vamos a llamar a su mamá para que venga inmediatamente.
¡No, juepucha!
Ahí sí sentí que se me bajaba hasta el alma.
Mi mamá me iba a matar con ese regaño. Me iba a quitar el celular, me iba a prohibir salir y, seguramente, me iba a recordar el asunto durante los próximos seis meses.
—Profe, ¿no podemos arreglar esto de otra manera? —pregunté, intentando sonreír.
—No, Kaleth. Usted necesita hacerse responsable de sus actos.
El coordinador tomó el teléfono de su escritorio.
—Voy a comunicarme con la señora Karol Giraldo.
¡No, no, no!
—Espere, señor. ¿Me deja hacer una llamada primero?
El coordinador suspiró, pero finalmente me permitió sacar el celular.
Busqué el contacto de Estefanía y presioné el botón de llamar.
Sonó una vez.
Dos veces.
A la tercera, escuché su voz.
—¿Aló, mi niño? ¿Qué pasó?
Casi me dieron ganas de llorar.
—Tía...
—¿Kaleth? ¿Por qué me llamás a esta hora? ¿No deberías estar estudiando?
Miré al coordinador, que me observaba con los brazos cruzados.
—Tía, necesito que vengás al colegio.
—¿Qué pasó? —preguntó inmediatamente, preocupada.
Tragué saliva.
—Estoy en problemas.
—¿Cómo así, Kaleth? ¡Hablame bien, pues!
—Me llevaron a dirección y van a llamar a mi mamá.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Qué hiciste ahora, muchacho?
—Tía, por favor, vení. Te explico cuando llegués.
Escuché cómo soltaba un suspiro al otro lado de la línea.
—Bueno, mandame la ubicación exacta de la oficina. Ya voy para allá, pero espero que esto sea algo serio, porque no podés seguir metiéndote en problemas.
—Gracias, tía. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero, mi niño. Ahora esperame y no hagás más embarradas.
Colgué y miré al coordinador.
—Mi tía ya viene, señor.
—Perfecto. Pero su mamá también será informada de lo ocurrido.
Se me borró la poca tranquilidad que me quedaba.
Unos treinta minutos después, escuché unos pasos en el pasillo.
Estefanía apareció en la puerta de dirección.
—Buenos días. Vengo por Kaleth Giraldo.
Apenas la vi, me levanté de la silla.
—¡Tía!
Ella me miró y después dirigió la atención hacia el coordinador.
—Buenos días. ¿Me puede explicar qué pasó?
El hombre comenzó a contarle todo. Yo no me atrevía ni a levantar la cabeza.
Cuando terminó, Estefanía se quedó callada unos segundos.
—Kaleth, mírame —me pidió.
Levanté los ojos.
—¿Es verdad todo lo que me están diciendo?
No tuve más remedio que asentir.
Ella cerró los ojos un instante y respiró profundamente.
—Ay, muchacho... ¿vos hasta cuándo vas a seguir así?
Yo quería que me defendiera, como siempre, pero esta vez su expresión era diferente.
Estaba decepcionada.
Y eso me dolió mucho más que cualquier regaño de mi mamá.
—Tía, perdoname —murmuré.
Estefanía se acercó a mí y habló en voz baja.
—Yo voy a escucharte, Kaleth, pero también tenés que entender que no puedo solucionar todas las embarradas que hacés. Ahora vamos a hablar con el coordinador y después vas a contarme qué te está pasando.
Asentí, sintiéndome el pelao más estúpido de toda Cali.
Porque había conseguido que la mujer que más quería viniera a rescatarme una vez más.
Pero esta vez, por primera vez, tenía miedo de que se cansara de hacerlo.