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Cartas para un alfa que nunca existió

Cartas para un alfa que nunca existió

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Comedia / ABO
Popularitas:98
Nilai: 5
nombre de autor: felina black

Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.

Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.

Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.

Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.

Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.

Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.

¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?

NovelToon tiene autorización de felina black para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — La carta enviada por accidente

La mañana llegó envuelta en una niebla fina que cubría las calles de Ravenshire.

Ethan despertó más tarde que de costumbre.

Durante unos segundos se quedó acostado, mirando el techo.

Entonces se acordó de la carta.

La carta para el alfa que no existía.

Se incorporó de golpe en la cama.

—Ay...

Se pasó la mano por la cara, con una mezcla de vergüenza y diversión.

Todavía no podía creer que de verdad hubiera escrito aquello.

Cuatro páginas enteras.

Cuatro páginas contándole detalles de su vida a una persona imaginaria.

—Estaba realmente desesperado...

Se levantó y caminó hasta el escritorio.

Abrió el cajón.

El sobre seguía ahí.

Intacto.

Silencioso.

Guardando todos sus secretos.

Ethan lo tomó entre las manos.

Por un instante pensó en romperlo todo.

Sería lo más sensato.

Pero algo se lo impidió.

Tal vez porque aquella carta había sido la primera vez que lograba expresar sus sentimientos sin miedo.

O tal vez porque le gustaba la idea de que existiera alguien capaz de escucharlo.

Aunque solo fuera un invento de su imaginación.

—Eres un pésimo ejemplo de cordura, Ethan Ashford.

Sonrió para sí.

Luego guardó la carta en el bolso de cuero que llevaba a la ciudad.

Ya decidiría más tarde qué hacer con ella.

Esa mañana, Ethan tenía que pasar por la florería de la familia.

Aunque los Ashford eran conocidos por sus tierras y propiedades, el joven siempre había preferido ocuparse de las flores.

Era un trabajo sencillo.

Tranquilo.

Muy distinto de los bailes y las reuniones que tanto le gustaban a su tío.

Apenas llegó a la pequeña tienda, lo recibió el suave perfume de las rosas.

—¡Buenos días, señor Ethan!

La voz animada pertenecía a una empleada beta llamada Clara.

—Buenos días.

—Tu tío estuvo buscándote.

—Qué sorpresa.

Clara se rio.

—¿Otro pretendiente?

—Otro pretendiente.

—¿Cuántos van este mes?

—Perdí la cuenta después del sexto.

Ella abrió los ojos como platos.

—Eso debería considerarse un delito.

—Estoy totalmente de acuerdo.

Los dos rieron.

Al menos alguien entendía su sufrimiento.

Por la tarde, Ethan tuvo que hacer algunas entregas.

Nada complicado.

Solo pedidos de flores para clientes de la ciudad.

Cuando terminó la última entrega, se dio cuenta de que estaba cerca de la oficina de correos.

Se detuvo en la acera.

Su mirada cayó sobre el bolso que colgaba de su hombro.

La carta.

Sin saber por qué, volvió a pensar en ella.

Tal vez porque el edificio de correos estaba justo frente a sus ojos.

Tal vez porque sentía curiosidad.

Mucha curiosidad.

—No.

Sacudió la cabeza.

—Sería ridículo.

Dio media vuelta.

Caminó cinco pasos.

Se detuvo otra vez.

Regresó.

—No.

Se volvió de nuevo.

Caminó unos metros más.

Se detuvo.

Suspiró.

—Ay, por el amor del cielo...

Cinco minutos después estaba entrando a la oficina de correos.

El empleado detrás del mostrador sonrió.

—¿En qué puedo ayudarle?

Ethan puso el sobre sobre el mostrador.

—Quiero enviar esta carta.

El hombre examinó la dirección.

—¿Corea del Sur?

—Sí.

—Queda un poco lejos.

—Ya me di cuenta.

El empleado selló algunos documentos.

—¿Un familiar?

Ethan tragó saliva.

—Algo parecido.

El hombre asintió sin hacer más preguntas.

Mejor así.

Unos minutos después, todo estaba hecho.

La carta había sido enviada.

De verdad.

Ya no había vuelta atrás.

Apenas salió de la oficina, Ethan se llevó las manos a la cara.

—De verdad lo hice.

Un desconocido, en algún lugar del mundo, recibiría aquella carta absurda.

O quizá se perdería durante el viaje.

Quizá nunca llegara.

En realidad, esa era la opción más probable.

Ethan decidió no pensar más en eso.

Pasaron los días.

La vida siguió su curso.

O, por lo menos, todo lo normal que podía ser.

Los pretendientes seguían apareciendo.

Su tío seguía insistiendo.

Ethan seguía rechazándolos a todos.

Pero algo había cambiado.

Sin darse cuenta, empezó a escribir nuevas cartas.

De noche.

Antes de dormir.

En los momentos de soledad.

Contaba cómo había sido su día.

Hablaba de los clientes de la florería.

De los libros que leía.

Del miedo a perder su libertad.

De todo aquello que no lograba decir en voz alta.

Una carta se volvió dos.

Dos se volvieron cinco.

Cinco se volvieron ocho.

Y pronto un pequeño montón de sobres ocupaba un cajón entero.

Mientras tanto, al otro lado del mundo...

En la Base Aérea de Seúl.

El capitán Kang Min-Jae acababa de regresar de otro vuelo de entrenamiento.

El día había sido largo.

Agotador.

Igual que los anteriores.

Caminaba por los pasillos cuando oyó que alguien lo llamaba.

—¡Capitán Kang!

Era el encargado de la correspondencia de la base.

—¿Sí?

—Llegó una carta para usted.

Min-Jae frunció el ceño.

—¿Una carta?

—Internacional.

El empleado le entregó el sobre.

El capitán observó el destinatario.

Su nombre estaba escrito ahí.

Perfectamente.

Kang Min-Jae.

El corazón le latió más despacio.

Raro.

Muy raro.

Casi nadie mandaba cartas hoy en día.

Y menos desde el extranjero.

Entonces vio el remitente.

Ethan Ashford.

Britania.

Un nombre completamente desconocido.

Min-Jae se quedó mirando el sobre durante varios segundos.

Sin entender.

Sin saber.

Sin imaginar.

Que aquella simple carta cambiaría toda su vida.

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