Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 13: Fuego cruzado en la oscuridad
Liam Kincaid.
Miro a mi alrededor, recorriendo con la vista el perímetro de la sala de reuniones, y siento un vacío extraño en el pecho. Tengo conmigo a una tropa de soldados excepcionales, pero el panorama está incompleto, mi sargento principal sigue de baja recuperándose de las heridas de la última incursión, y mi teniente... bueno, mi teniente sigue anclada en el hospital, dividida entre vigilar el frágil despertar de su novio y huir despavorida de los estragos que provoca el hermano mayor.
Victoria es una mujer extraordinaria. A lo largo de los años le ha tocado cargar con cruces y sufrimientos que nadie en esta base imagina o alcanza a dimensionar. Es una experta en mostrarse fría, neutra, imperturbable ante el caos, rara vez alguien la ve derrumbarse. Solo sus hermanos en vida, su inseparable amiga Megan y yo hemos tenido el privilegio, si es que puede llamarse así, de verla rota por dentro. Ella casi nunca confía en nadie, y es totalmente comprensible si repasamos el historial de pérdidas que arrastra a sus espaldas, el golpe devastador de perder a la mitad de su familia, la obligación de enterrar a los suyos, y el peso de saber que en este mundo solo se tiene a sí misma, a su hermano Valente, a Megan y a su pequeña sobrina para sostenerse en pie.
No voy a negarlo, su ausencia temporal en esta captura crítica contra Marco Moretti se nota en cada flanco. Pero, al mismo tiempo, la entiendo perfectamente. Necesita cuidar de Dante desde que este despertó en el hospital, y necesita con desesperación mantenerse a kilómetros de Alec para evitar que su propio mundo colapse. Conozco a ambos hermanos a la perfección, y sé de buena tinta que ninguno de los dos la merece. Ninguno sabe tratar a una mujer como Victoria se merece... Dante disfraza su patriarcado y su machismo bajo una fachada de novio protector y empalagoso, mientras que Alec es un desgraciado cínico que solo sabe mirar por su propio ombligo y destruir todo lo que toca. Y Victoria... Victoria es demasiado luminosa y buena para estar al lado de cualquiera de los dos. Es una mujer que siempre antepone el bienestar de los demás al suyo propio, sacrificando su propia paz por una lealtad malentendida, aunque en ocasiones ponga su vida entera como prioridad dentro de las filas de la F.E.E.M.
Precisamente esa entrega inquebrantable es lo que hace que la admire cada día con más fuerza. Tenerla como teniente en mi tropa me llena de un orgullo profundo. Hemos entrenado juntos innumerables veces, cubriéndonos las espaldas en situaciones donde un segundo de duda significaba la muerte. Sé muy bien que soy de los pocos hombres en esta base que la mira sin ver un rango militar elevado o una cuenta bancaria abultada... ella misma me ha confesado en nuestras charlas de madrugada que me respeta profundamente y que anhela verme encontrar la felicidad al lado de la mujer correcta. Es mucho más que una soldado para mí....es una confidente, una hermana de armas y una amiga insustituible.
—Capitanes, la sincronización está lista. El perímetro está asegurado —la voz ronca y cortante de Alec sonó de pronto a través del comunicador interno del auricular, arrancándome de mis pensamientos.
—Capitán Morgan en posición sobre el flanco norte —reportó la voz firme de Valente a través de la línea.
—Teniente Cole en posición de retaguardia, cubriendo al personal médico mientras Dante termina de estabilizarse en el ala clínica —informó Katrina, quien había tenido que relevar temporalmente a Victoria en la retaguardia de la base.
—Capitán Kincaid en posición de asalto principal —solté con voz neutra, ajustándome las correas del chaleco táctico.
—Entremos. Y esta vez no quiero excusas, quiero vivo a Marco Moretti cueste lo que cueste —ordenó Alec con esa autoridad glacial y autoritaria que lograba congelarle la sangre a cualquier recluta novato, aunque a mí, después de tantos años de compartir trincheras, solo me provocaba una profunda alerta.
Avanzamos con paso sincronizado, rompiendo el perímetro del edificio abandonado en el distrito industrial. Rodeamos la estructura planta por planta, asegurando los accesos secundarios, sellando las salidas de emergencia para evitar cualquier intento de fuga por parte de la red de Moretti. La pista que nos había conducido hasta este nido de ratas había surgido directamente de la grabación que Alec y Victoria habían analizado tras la cena de infiltración de días atrás... la información era sólida, milimétrica. Alec se había unido temporalmente a mi tropa para liderar el reventón del piso veinte, el penthouse fortificado donde se supone que el capo italiano se ocultaba como una fiera herida.
El zumbido vibrante de mi teléfono celular en el bolsillo del pantalón rompió la concentración táctica. Fruncé el ceño, saqué el aparato con una mano sin dejar de apuntar con el rifle y vi la pantalla iluminada...
era Dante.
¿Qué demonios quiere este ahora?
Debería estar guardando reposo absoluto en su cama de hospital, aprovechando los cuidados de su novia en lugar de estar jodiendo la paciencia a mitad de una operación de alto riesgo. Ignoré la llamada por completo. El teléfono volvió a vibrar dos veces más de forma insistente, hasta que optó por enviarme un mensaje de texto desesperado que alcancé a leer de reojo justo en el momento en que el ascensor blindado del edificio llegaba a nuestra planta....
"Kincaid, necesito que me respondas. Vicky no contesta su radio ni su celular personal. Acabo de bajar a la cafetería del hospital y no está por ningún lado, y su coche sigue aparcado en el sótano... ¡Dime de una puta vez si está contigo en la misión!"
Antes de que mi cerebro pudiera procesar la gravedad de esas líneas y la tempestad que se avecinaba, un grito desgarrador resonó al otro extremo del pasillo oscuro:
—¡¿Victoria?! —rugió la voz de Alec, un alarido de pura incredulidad y rabia que se quebró en el aire.
Por pura inercia táctica, levanté la vista y apunté con el arma hacia el frente. Mis hombres hicieron lo mismo, formando un muro de fuego.
Ella estaba allí.
Parada en medio del pasillo de concreto gris, inmóvil, con la respiración agitada y los ojos abiertos de par en par, viéndonos fijamente a Alec, a mí y a la hilera de soldados armados hasta los dientes que la apuntaban sin saber qué diablos pasaba.
Alec fue el primero en reaccionar....bajó el cañón de su rifle de asalto de golpe, con el rostro desencajado por el pánico absoluto. Yo, en cambio, mantuve el arma firme, sintiendo que el suelo se abría bajo nuestros pies. ¿Qué hacía la Teniente Morgan metida en la boca del lobo, en medio de una zona de fuego cruzado?
Antes de que alguien pudiera pronunciar una sola pregunta o correr a sacarla de allí, el sistema eléctrico del edificio entero falló con un zumbido metálico.
Las luces fluorescentes del piso veinte parpadearon una última vez y se apagaron por completo, sumiendo el pasillo en una penumbra absoluta. Un segundo después, un grito ahogado de advertencia se oyó al fondo de la oscuridad, seguido de manera inmediata por el destello cegador de dos disparos consecutivos que rasgaron el aire con un estruendo ensordecedor.
El fuego cruzado había comenzado, y el silencio sepulcral devoró lo poco que quedaba de nuestra cordura bajo la noche cerrada.