En su vida pasada, Guadalupe "Lupe" Santos lo perdió todo: su padre envenenado, el rancho robado, y ella misma muerta a manos de quien creía su protector. Jesús "Chuy" Treviño, el capataz, no solo usurpó el poder: hace veintidós años, intercambió en secreto al verdadero heredero por su propio hijo, para que algún día todo fuera suyo. Lupe muere sin saberlo.
Pero despierta. Vuelve a tener 22 años, justo cuando todo empezó a desmoronarse. Esta vez recuerda cada traición y también el secreto que nadie descubrió: el hijo de su tía no es suyo, sino de la mujer que Chuy usurpó su lugar. Con la verdad en sus manos y el apoyo de Santiago "Santi" Ríos —el único que murió leal a su lado—, Lupe desmantelará cada mentira, recuperará lo que es suyo y revelará el cambiazo antes de que la historia se repita.
"Me quitaste todo en la vida pasada. Pero esta vez… te aguantas, Cucaracho. Esta señorita no solo se venga. Viene a corregir lo que rompi
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una trampa a la vista
A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a asomarse sobre las colinas cuando escuché el motor de una camioneta acercándose. No era el sonido rítmico y familiar de los vehículos del rancho; era más pesado, más imponente. Me asomé por la ventana y vi detenerse frente al porche la camioneta de Chuy, con dos hombres desconocidos sentados junto a él. Mi instinto de alerta se encendió de inmediato. En mi vida pasada, esa misma llegada había sido el inicio del fin: la presentación de unos “compradores” que en realidad eran cómplices suyos, que venían a inspeccionar tierras que aún no eran suyas para venderlas a precio de ganga antes de que mi padre pudiera reaccionar. Sabía exactamente qué estaba planeando. Y esta vez, no dejaría que avanzara ni un paso más.
Me vestí con calma, elegí un vestido sencillo pero pulcro, me peiné con cuidado y bajé las escaleras despacio, permitiendo que el sonido de mis pasos me precediera. Al llegar al vestíbulo, escuché las voces claras desde la puerta abierta de la entrada.
—…es una oferta que no se debe rechazar, Don Chema —decía Chuy con su tono persuasivo y firme—. Estos señores son de una empresa agrícola del norte. Buscan tierras justo como las suyas, y están dispuestos a pagar por adelantado hoy mismo. No hay trámite largo, no hay espera. Firmar y recibir el dinero en su cuenta antes de que caiga el sol. Una oportunidad única que no se repetirá.
—Es que no sé… —decía mi padre con indecisión—. Siempre he pensado que esas tierras del oeste son para dejárselas a Lupe algún día. No quiero venderlas sin que ella lo sepa.
—¡Pero si está aquí mismo! —exclamó Chuy al verme aparecer en el marco de la puerta, con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Justo a tiempo, Lupe. Estos caballeros quieren comprar la parcela oeste. Le he explicado a tu papá que es dinero seguro y rápido para que ustedes no tengan que preocuparse por nada en mucho tiempo. Dígale que es una buena idea.
Los dos hombres me miraron, esperando que yo, la niña sin voz, asintiera y me apartara del camino. En lugar de eso, les devolví una sonrisa dulce, inocente y curiosa a la vez, y me acerqué despacio hasta quedar junto a mi padre.
—Buenos días, caballeros —dije con voz suave—. Qué amable que hayan venido desde tan lejos. Permítanme preguntarles algo, por favor, porque yo no entiendo mucho de negocios pero me gusta aprender. Dicen que quieren la parcela oeste… ¿saben que ahí está el pozo principal que abastece de agua a todo el ganado del lado norte? Si se vende esa tierra, ¿de dónde beberán nuestras vacas? Me pregunto qué clase de empresa compraría un pozo de agua sin mencionarlo.
Vi cómo los hombres se miraban entre sí, confundidos. No esperaban que una muchacha hiciera una pregunta tan específica. Chuy intervino de inmediato, con una risa forzada.
—Eso ya lo hemos hablado, Lupe. Ellos instalarán tuberías nuevas para que no falte agua. No es problema tuyo.
—Qué generosos —respondí, sin dejar de sonreír—. Y otra cosa: el precio que mencionan es muy bajo, ¿no les parece, pa? La semana pasada el señor Ramírez del pueblo vecino vendió una parcela más pequeña y lejana por casi el doble. ¿Por qué ellos ofrecen tan poco? ¿Será que no saben el valor real de la tierra, o será que saben algo que nosotros no sabemos?
—Los precios varían según el mercado —dijo uno de los hombres, con voz algo tensa—. Compramos en cantidad, por eso el precio es menor.
—Ya entiendo —asentí, como si realmente lo creyera—. Entonces no les molestará que pidamos al tasador del condado que venga mañana y dé su opinión oficial. Así todos estaremos tranquilos de que es un trato justo. No quisiéramos perjudicar a nadie ni ser perjudicados, ¿verdad, Chuy? Usted siempre dice que lo más importante es hacer las cosas bien y con honestidad. Seguro que estará de acuerdo en que revisemos todo con calma. Una semana no es tanto tiempo para una venta tan grande, ¿no?
Chuy apretó los dientes. Sabía que si llegaba un tasador independiente, descubriría que los documentos que él tenía listos para firmar estaban incompletos, que los linderos no coincidían con los registros oficiales, y que esos compradores no tenían intención de cultivar nada, sino de revender inmediatamente a una compañía minera que les pagaría una fortuna por el acceso al agua. No podía permitir que nadie revisara nada.
—No tenemos una semana, Lupe —dijo con sequedad—. Si no firman hoy, se van y la oferta desaparece. Así funcionan estas oportunidades.
—Vaya, qué prisa tan repentina —dije, inclinando la cabeza con inocencia—. Es curioso, porque cada vez que alguien quiere que firmemos algo sin esperar ni leer bien, me da la impresión de que hay algo que ocultar. Pero claro, yo solo soy una muchacha. Quizás me equivoco. Pa, tú decides. Si confías en que todo está bien, firma. Pero si fuera yo… esperaría a ver los papeles completos, con los sellos del juzgado y la firma del señor Valdez. No cuesta nada estar seguros, ¿o sí?
Mi padre miró a los hombres, luego a mí, y finalmente a Chuy. Vi cómo la duda se instalaba en su mirada.
—Lupe tiene razón —dijo despacio—. Si es un buen trato, seguirá siendo bueno dentro de unos días. No firmamos hoy. Vuelvan cuando todo esté en orden.
Los hombres miraron a Chuy, molestos, y él apretó los puños a sus costados, pero no podía obligar a mi padre a firmar contra su voluntad.
—Como quieran —escupió uno de ellos, y se dieron la vuelta bruscamente para subir a la camioneta.
Cuando se fueron, dejando una nube de polvo tras de sí, Chuy se quedó parado en el porche conmigo, mirándome con una intensidad que habría helado la sangre de cualquiera que no supiera lo que él era capaz de hacer.
—Se cree muy lista, ¿verdad? —me dijo en voz baja, lo suficientemente cerca para que solo yo lo oyera—. Pero sepa esto: no siempre va a estar ahí para estorbarme. Y cuando menos lo espere, las cosas pueden cambiar muy rápido en este rancho.
Le sostuve la mirada sin parpadear, sin bajar la cabeza.
—No la amenace, Chuy. Mi papá está escuchando —le dije con calma—. Y recuerde: la prisa solo sirve para quien tiene algo que esconder. Que le vaya bien.
Se dio la vuelta y se marchó a paso rápido, furioso porque su primera gran jugada había sido detenida justo antes de que fuera demasiado tarde. Yo respiré hondo, sintiendo cómo me temblaban ligeramente las manos, pero con el corazón firme. Había ganado tiempo. Y el tiempo era lo que él menos quería darme. Cada día que retrasaba sus planes era un día más para reunir las pruebas que necesitaba para que no pudiera escapar de su propia mentira.