"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Susurro de la tentación
El trayecto de regreso fue un infierno en silencio. El único sonido en la cabina del auto era el motor rugiendo y la respiración pesada de Adrián, tan acelerada que empañaba el cristal de su ventana. Conducía a una velocidad imprudente, esquivando curvas con brusquedad mientras sus manos apretaban el volante como si quisieran destruirlo.
Yo me mantuve pegada a la puerta del copiloto, con la mirada clavada en mis manos entrelazadas sobre el vestido. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Sabía que cualquier movimiento, por insignificante que fuera, podía romper el hilo invisible del que pendía su autocontrol.
Apenas entramos al garaje de la casa, Adrián apágó el motor de golpe y la penumbra nos envolvió.
—¿Te pareció gracioso? —soltó de pronto. Su voz no era un grito, sino un susurro venenoso, cargado de una furia contenida que me heló la sangre.
—¿De qué hablas, Adrián? —pregunté suavemente, intentando que no se notara el temblor en mi tono.
—¡No te hagas la idiota, Valeria! —estalló, golpeando el volante con la palma de la mano. El eco del golpe resonó violentamente dentro del vehículo—. ¡Te vi! ¡Todos te vieron! Estuviste buscando la mirada de Blackwood toda la noche. ¿Querías ponerme en ridículo frente a Sterling y el retos de los invitados? ¿Eso era lo que buscabas?
Me giré hacia él, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.
—¡Eso no es verdad! Te juro que no... Yo solo estaba parada a tu lado, como me pediste. Ni siquiera lo miré...
—¡Mentira! —me cortó con aspereza, bajando del auto y cerrando la puerta con un portazo.
Caminó a pasos agigantados hacia la entrada principal. Salí del vehículo tan rápido como las zapatillas me lo permitieron, apretando la falda plisada de mi vestido para no tropezar, siguiéndolo hacia el interior de la casa. En cuanto cruzamos el recibidor y las puertas se cerraron tras de nosotros, Adrián se giró bruscamente, acorralándome contra la consola de mármol del pasillo.
—Tenías un solo trabajo esta noche, Valeria. Un solo maldito trabajo: ser la esposa impecable y pasar desapercibida —dijo, acortando la distancia entre nuestros rostros mientras su dedo índice me apuntaba al pecho con rabia—. En lugar de eso, lograste que el hombre más poderoso de la ciudad me ignorara en la cara para quedarse contemplándote a ti como si fueras un trofeo. ¡Hiciste que se burlaran de mí! ¡Sterling y su esposa se rieron en mi cara!
—Adrián, por favor, me estás lastimando con lo que dices —susurré, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia finalmente comenzaban a agolparse en mis ojos—. Yo no hice nada para provocarlo. Intenté esconderme detrás de ti, no entiendo por qué dices eso...
—¡Lo provocaste con tu actitud! Con esa carita de víctima sumisa que pones frente a todos —escupió con desprecio, pasándose una mano por el cabello, completamente desencajado por el golpe a su orgullo—. Blackwood es un depredador, Valeria. Ve a una mujer reservada y cree que puede tomar lo que quiera. ¡Tú le diste alas al no saber comportarte con la firmeza de una mujer Van Doren!
Tragué saliva, sintiendo que la injusticia de sus palabras me asfixiaba. Su ego narcisista era incapaz de procesar que Dorian lo hubiera rechazado por su propia mediocridad o por su insistencia torpe; era mil veces más fácil para él culparme a mí, convertir su humillación en mi responsabilidad.
—¿Crees que no me doy cuenta? —continuó, bajando el tono a un murmullo frío que dolía más que sus gritos—. Si ese hombre decide jugar conmigo o usar su poder para aplastar mi carrera, será por tu culpa. Por tus miradas de inocente. Por haberme dejado en ridículo frente a toda la élite.
Me tomó del mentón con brusquedad, obligándome a mirarlo directamente a los ojos, tan llenos de rabia y resentimiento.
—Mañana mismo voy a enviar un obsequio de disculpa a la oficina de Blackwood para reparar el desastre de esta noche. Y tú te vas a quedar encerrada en esta casa hasta que yo te diga lo contrario. ¿Te quedó claro?
Bajé los ojos, sintiendo cómo la última pizca de dignidad se me escapaba entre los dedos. La sombra del control de Adrián volvía a cerrarse sobre mí con la fuerza de un candado.
—Quedó claro, Adrián —murmuré en un hilo de voz.
Me soltó de golpe, mirándome con una mezcla de asco y satisfacción por mi obediencia, y caminó hacia su despacho, cerrando la puerta de un portazo que hizo vibrar los ventanales de la casa.
Me quedé sola en la entrada, abrazándome a mí misma. Apoyé la espalda contra la pared y dejé caer la cabeza hacia atrás, respirando con dificultad. Adrián estaba convencido de que yo había provocado a Dorian Blackwood para humillarlo, sin entender que el verdadero peligro no era mi supuesta provocación... sino que un hombre como Dorian no necesitaba ser provocado para tomar lo que deseaba.