Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 12: El precio de la indiferencia
Catalina
Había días en los que sentía que las horas no alcanzaban.
Desde que había comenzado a trabajar desde casa, mi vida se había convertido en una carrera contra el reloj.
Me levantaba temprano.
Preparaba el desayuno de Mateo.
Alimentaba a Gabriel.
Ayudaba a Mateo a organizarse para el colegio.
Lavaba.
Cocinaba.
Trabajaba.
Volvía a alimentar a Gabriel.
Revisaba las tareas de Mateo.
Y cuando finalmente llegaba la noche, todavía tenía que ordenar la casa.
No me quejaba.
No quería hacerlo.
Había elegido luchar por mis hijos.
Pero eso no significaba que no estuviera cansada.
Una mañana, mientras preparaba el desayuno, sentí un fuerte dolor de cabeza.
Me apoyé contra la cocina.
—Solo necesito descansar un poco.
Pero Gabriel comenzó a llorar.
Respiré profundamente.
—Ya voy, mi amor.
Lo cargué.
Después escuché la voz de Mateo.
—¡Mamá! No encuentro mi uniforme.
Cerré los ojos.
—Está en la silla de tu habitación.
—¡No está!
—Voy.
Dejé a Gabriel en su cuna por unos minutos y fui a buscarlo.
El uniforme estaba exactamente donde le había dicho.
—Aquí está.
Mateo sonrió.
—Gracias.
Lo miré.
—Tienes que aprender a organizar tus cosas, campeón.
—Sí, mamá.
Sonreí.
Pero cuando se fue, me quedé unos segundos apoyada contra la pared.
Sentía que las piernas me temblaban.
No podía enfermarme.
No tenía tiempo.
Mis hijos dependían de mí.
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Rubén
Aquella mañana tenía una reunión importante.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Catalina.
“Mateo tiene una actividad en el colegio el viernes. Si puedes, sería bueno que fueras.”
Leí el mensaje.
Miré el calendario.
Tenía una reunión ese mismo día.
Podía cambiarla.
Pero tendría que explicar mi ausencia.
Por unos segundos pensé en decir que no podía.
Era más fácil.
Como siempre.
Entonces recordé a Mateo.
Recordé su rostro la noche que me preguntó cuándo volvería.
Escribí:
“Voy a estar.”
Lo envié.
Esta vez no quería romper otra promesa.
Pero todavía no sabía cuánto tendría que sacrificar para demostrar que realmente estaba dispuesto a cambiar.
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Catalina
El trabajo comenzó a ponerse más exigente.
Mi jefa necesitaba que entregara varios documentos antes del viernes.
Yo intentaba concentrarme mientras Gabriel dormía.
Pero cada vez que comenzaba a escribir, escuchaba algún ruido.
Un llanto.
Un juguete cayendo.
La puerta.
El teléfono.
Aun así, continuaba.
Necesitaba ese ingreso.
No solo para pagar las cuentas.
También para demostrarme a mí misma que podía hacerlo.
Una tarde recibí una llamada.
—Catalina, necesitamos hablar sobre tu rendimiento.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Ocurrió algo?
—Has entregado algunos trabajos tarde.
Miré a Gabriel.
—Lo siento. Estoy haciendo todo lo posible.
—Lo entendemos, pero necesitamos resultados.
—No volverá a ocurrir.
Colgué.
Me quedé mirando la pantalla.
No quería perder aquel trabajo.
Era mi oportunidad.
Me levanté y fui hasta la habitación de Gabriel.
Lo cargué.
—Tenemos que esforzarnos un poquito más, mi amor.
Él me miró y sonrió.
Yo también.
Aunque por dentro tenía miedo.
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Rubén
El viernes llegó.
La actividad de Mateo era a las cuatro de la tarde.
A las tres y media seguía en la oficina.
Miré el reloj.
—No puedo faltar.
Cancelé la reunión.
Tomé mis cosas y salí.
Mientras conducía, pensé en Catalina.
Durante mucho tiempo había confundido la indiferencia con libertad.
Creía que mientras menos me involucrara, menos problemas tendría.
Pero ahora comenzaba a entender algo.
La indiferencia también tenía un precio.
Y el mío estaba siendo perder poco a poco a mis hijos.
Llegué al colegio.
Mateo estaba junto a otros niños.
Cuando me vio, abrió los ojos.
—¡Papá!
Corrió hacia mí.
Lo levanté.
—Te dije que iba a venir.
—¡Viniste!
Sonreí.
—Claro.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba haciendo algo bien.
---
Catalina
Yo también fui a la actividad.
Me quedé al fondo.
No quería interferir.
Mateo estaba feliz.
Rubén estaba a su lado.
Los observé durante unos minutos.
Era extraño.
Una parte de mí sentía tristeza.
Otra parte sentía alivio.
Porque Mateo necesitaba a su padre.
Y aunque yo ya no confiaba en Rubén como esposo, todavía quería que mis hijos pudieran tener una relación sana con él.
Después de la actividad, Rubén se acercó.
—Gracias por avisarme.
—Mateo estaba emocionado de verte.
—Quiero estar más presente.
Lo miré.
—Entonces hazlo.
—Lo haré.
—No me prometas nada, Rubén.
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque las promesas ya no significan mucho para mí.
Se quedó callado.
—Si quieres estar presente, simplemente hazlo.
Rubén asintió.
—Tienes razón.
Me sorprendió escucharlo.
—No quiero volver a fallarle.
Miré a Mateo.
—Entonces no lo hagas.
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Rubén
Aquella noche regresé al apartamento.
Valeria estaba esperándome.
—Llegaste tarde.
—Estaba con Mateo.
—Otra vez.
—Es mi hijo.
—Rubén, esto está afectando nuestra relación.
La miré.
—Mis hijos no son un problema.
—Desde que nació Gabriel, todo gira alrededor de ellos.
—Porque son mis hijos.
Valeria suspiró.
—Antes no eras así.
La frase me hizo pensar.
Tenía razón.
Antes yo podía ignorar una llamada.
Podía cancelar una visita.
Podía decir “mañana”.
Ahora cada vez que lo hacía, recordaba el rostro de Mateo.
Y ya no podía soportarlo.
—Tengo que cambiar —dije.
Valeria me miró.
—¿Por ellos?
—Sí.
—¿Y por Catalina?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
---
Catalina
Esa noche estaba revisando unos documentos cuando escuché a Gabriel llorar.
Fui a su habitación.
Lo cargué.
Tenía fiebre.
Mi corazón se aceleró.
—No, mi amor...
Tomé el termómetro.
La temperatura estaba alta.
Llamé a mi madre.
—Mamá, Gabriel tiene fiebre.
—¿Cuánto?
Le dije la temperatura.
—Llévalo al médico.
Miré el reloj.
Era tarde.
Sentí miedo.
Tomé una pequeña bolsa y preparé todo.
Entonces pensé en Rubén.
Por un instante dudé.
¿Debía llamarlo?
No quería depender de él.
Pero Gabriel también era su hijo.
Tomé el teléfono.
Lo llamé.
Respondió después del segundo tono.
—¿Catalina?
—Gabriel tiene fiebre.
Su voz cambió inmediatamente.
—¿Cuánto?
Se lo dije.
—¿Dónde están?
—Voy a llevarlo al médico.
—Voy contigo.
—No es necesario.
—Catalina.
Su voz sonó firme.
—Es mi hijo. Voy para allá.
Me quedé en silencio.
—Está bien.
Colgué.
Por primera vez en mucho tiempo, acepté su ayuda.
No porque lo necesitara como esposo.
Sino porque nuestros hijos necesitaban a sus padres.
---
Rubén
Llegué rápidamente.
Catalina estaba en la puerta con Gabriel en brazos.
Mateo estaba junto a su abuela.
—Dámelo —dije.
Catalina me entregó al bebé.
Lo abracé con cuidado.
—Vamos.
Durante el camino no hablamos mucho.
Pero por primera vez estábamos los dos en el mismo automóvil por nuestros hijos.
No por amor.
No por una relación.
Solo por ellos.
En el hospital, los médicos revisaron a Gabriel.
Afortunadamente, después de varios exámenes, nos dijeron que no parecía ser algo grave, pero debía permanecer bajo observación y recibir los cuidados indicados.
Respiré aliviado.
Catalina también.
Me senté a su lado.
—Tuvo suerte.
Ella asintió.
—Sí.
La miré.
—Tú también necesitas descansar.
Ella sonrió con cansancio.
—No puedo.
—Sí puedes.
—¿Quién va a cuidar a los niños?
—Yo.
Catalina me miró sorprendida.
—¿Tú?
—Sí.
Por primera vez no dudé.
—Déjame ayudarte.
Ella bajó la mirada.
No dijo que sí.
Tampoco dijo que no.
Pero aquella noche entendí que el precio de mi indiferencia no era solamente haber perdido a Catalina.
Era haberme perdido momentos importantes de mis hijos.
Momentos que jamás volverían.
---
Catalina
Cuando regresamos a casa, acosté a Gabriel.
Mateo ya dormía.
Me senté en el sofá.
Estaba agotada.
Rubén permaneció de pie frente a mí.
—Catalina.
—¿Sí?
—Sé que no confías en mí.
No respondí.
—Y sé que hice muchas cosas mal.
Lo miré.
—No quiero hablar del pasado.
—Pero yo sí.
Me quedé en silencio.
—Porque necesito reconocer lo que hice.
Sus ojos estaban llenos de arrepentimiento.
—Fui indiferente.
Respiré profundamente.
—Sí.
—Pensé que siempre estarías ahí.
Mis ojos comenzaron a humedecerse.
—Y yo pensé que tú siempre estarías conmigo.
Rubén bajó la mirada.
—Lo siento.
Esta vez no respondí.
No sabía si algún día podría perdonarlo.
Pero sí sabía algo.
El hombre que estaba sentado frente a mí ya no parecía tan seguro de haber tomado la decisión correcta.
Y quizás ese era apenas el comienzo.
Porque mientras Rubén comenzaba a descubrir el precio de su indiferencia...
Yo comenzaba a descubrir el valor de mi propia independencia.
🙊a hora cual será el misterio