Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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nuevos momentos
Louis tomó el papel y leyó los resultados.
Sus ojos se quedaron fijos en una palabra.
—Positivo… Erica es mi hija —susurró.
El padre de Carolina se colocó a su lado.
—¿Qué? —preguntó, curioso—. No escuché. Dilo delante de mi hija y de mi esposa.
Louis apretó los labios.
—Erica es mi hija —repitió en voz baja.
—Así me gusta. Y como mi nieta es tu hija, ese bebé que viene también es tuyo. Ahora pide perdón a mi hija —ordenó, enojado.
Louis caminó hacia Carolina.
—Perdón, Carolina, por haber pensado esas cosas —dijo con seriedad.
—Está bien… —respondió ella, tomando su mano—. Este bebé te espera feliz.
Louis la miró seriamente.
Carolina, en cambio, observó a su padre con una expresión ligeramente sospechosa.
Kevin estaba estirándose en su consultorio cuando escuchó unas voces en el pasillo.
—Dile a ese idiota que nos debe algo. Él es el mejor en ese trabajo.
Kevin salió con curiosidad, pero al hacerlo chocó con algunas cosas.
—¿Eh? —dijo el joven al darse la vuelta.
Kevin apareció sonriendo.
—Perdón. Hola, soy Kevin, traumatólogo —se presentó—. Vaya… veo que creciste mucho.
El chico lo miró confundido.
—¿Disculpa?
—¿Tú eres Marco, no? ¿No te acuerdas de mí? Soy Kevin, hijo de Melissa —dijo tímidamente.
Marco negó con la cabeza.
—Mmm… No. Te confundiste. No te conozco.
Y se marchó.
Kevin se quedó mirándolo.
—Pero qué chico tan raro… —murmuró con una sonrisa—. Me agrada.
Mónica estaba esperando su autobús cuando un auto se detuvo frente a ella.
La ventana bajó.
—Hola, princesa —dijo Andrés con una sonrisa.
Mónica sonrió.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué te parece si nos vamos a comer?
—¡¿En serio?! —preguntó ella emocionada mientras abría la puerta.
—Sí. Tengo una sorpresa para ti.
Mónica subió al auto.
Andrés arrancó.
Mónica iba feliz durante el trayecto.
Finalmente llegaron a un restaurante elegante.
Ella abrió los ojos sorprendida.
—No puedo creerlo… Nunca había estado aquí.
—Es un restaurante de cinco estrellas —explicó Andrés—. Aunque la última vez había un insoportable tirando comida.
Mónica soltó una carcajada.
—Andrés…
—¿Qué?
—Quiero probar esto. Dicen que es rico —dijo ella, señalando el menú con ilusión.
—Está bien —respondió él con una sonrisa.
La velada fue hermosa.
Hablaron durante horas.
Se conocieron un poco más.
Andrés descubrió cosas nuevas sobre Mónica y ella también aprendió mucho más sobre él.
Cuando salieron del restaurante, Mónica lo miró tímidamente.
—Andrés… ¿quieres venir de nuevo a mi departamento?
Él levantó una ceja.
—¿Y ya sabes…?
Mónica se puso roja.
Andrés simplemente le dedicó una sonrisa.
Mientras tanto, Leo corría por todo el supermercado.
—Tío… fue súper divertido estar en la casa de Bautista —dijo sonriendo.
—¿En serio? —preguntó Cristian mientras tomaba una caja de cereales.
De repente, Cristian vio a unas personas conocidas.
Cristian también las vio.
Inmediatamente cambió de dirección.
—Tío… ¿pasa algo? —preguntó Leo, curioso.
—No, Leo. Ten, mira —respondió Cristian mientras le entregaba un juguete.
El niño lo tomó, aunque siguió mirando hacia atrás.
Cuando terminaron las compras y salieron del supermercado, unos hombres se acercaron.
Cristian se puso delante de Leo para protegerlo.
—Vaya, Cristian… ¿acaso nos estabas evitando? —preguntó uno de ellos con seriedad.
Los hombres miraron al niño.
—¿Tienes un hijo? No se parece a ti.
Leo se aferró a la pierna de Cristian.
—Papá Cristian… tengo miedo —susurró, escondiendo el rostro.
Aquellas palabras hicieron que Cristian recordara el día en que tuvo que decirle a Agustina que se marcharse con los mafiosos.
Había sido un día antes del invierno.
—No, hermano… ¡no te vayas! —lloraba Agustina.
Cristian la agarró de la muñeca.
—Mírame… ¡Quiero que me mires! Tengo que hacerlo porque eres una cabeza dura —dijo, enojado y desesperado.
—Hermanito… —Agustina lo miró con los ojos llenos de lágrimas—. Perdí a mamá, perdí a papá y ahora te voy a perder a ti.
Cristian se enfureció.
Se dio la vuelta hacia los hombres.
—¡BASTA! ¡DÉJENME EN PAZ! —gritó—. ¡Yo ya pagué mi deuda!
Los hombres simplemente sonrieron.
Después se marcharon.
Cristian regresó al presente.
—¿Papá? ¿Quiénes eran? —preguntó Leo haciendo un pequeño puchero.
—No, no llores —respondió Cristian mientras le secaba las lágrimas—. Son cosas viejas. Tranquilo.
Cuando llegaron a casa, dejaron las compras.
Agustina bajó las escaleras mientras se secaba el cabello.
—¿Qué pasó?
Leo corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Mami!
—¿Qué ocurre?
—Mami, ¿puedo dormir contigo? —preguntó en voz baja.
Agustina lo miró.
—Está bien, supongo.
Luego miró a Cristian.
Más tarde, Leo se quedó dormido en la cama de Agustina.
Cristian se sentó frente a ella.
—¿Qué pasó? Leo nunca me pregunta estas cosas. Hoy me preguntó si íbamos a estar bien.
Agustina se sentó a su lado.
—Maldito viejo… —murmuró Cristian mientras golpeaba la mesa—. Unos hombres de la banda donde trabajaba me molestaron.
—¿Y no puedes decirle a nuestro primo, que es policía? Tengo el número de Alan —sugirió Agustina.
—No. Ya saben que no me tienen que buscar. Yo pagué mi deuda —respondió Cristian con seriedad.
Agustina suspiró.
Luego abrió las bolsas de las compras.
—Hermano… no me compraste mis fideos. Justo hoy quería comerlos —hizo un pequeño puchero.
Cristian se sintió culpable.
—Perdón. Es que estaba con Leo. Si esos hombres nos estaban siguiendo en el supermercado, ten dinero y cómprate lo que quieras.
Le entregó algunos billetes.
—Gracias, hermano.
Agustina le dio un beso en la mejilla y tomó su abrigo.
Después salió hacia un supermercado cercano.
Cuando terminó de comprar, salió con una bolsa en la mano.
Pero la manija se rompió.
—¡Ahí no!
Alguien se agachó para ayudarla.
—Oye…
Agustina levantó la mirada.
Era el mismo chico que la había ayudado en el parque.
—Hola, señorita —sonrió—. Creo que yo recojo cada cosa que se le cae.
Agustina sonrió.
—Ah, cierto. Tú me ayudaste con la cartera.
El joven se puso ligeramente rojo.
—Disculpa… No supe tu nombre.
—Soy Agustina. ¿Y tú?
—Soy Marco Flores —respondió mientras extendía la mano.
Ella se la estrechó.
—Yo soy Agustina. ¿Vives por aquí? —preguntó, curiosa.
—Digamos que sí —respondió él con una risa.
—Bueno, fue un gusto, señor Marco.
Cuando Agustina intentó marcharse, Marco le tomó suavemente la mano.
—Te acompaño, por lo menos hasta que estés cerca de tu casa.
—Mmm… no lo sé. Estoy bien. Conozco bien estas calles.
Agustina se dio la vuelta.
Cuando iba a cruzar la calle, Marco la jaló hacia atrás.
Un auto pasó a toda velocidad.
Agustina terminó cayendo entre sus brazos.
—¡Gracias! —dijo mientras se acomodaba—. Qué pena… Bueno, mejor me voy. Mi hijo me espera.
Se alejó rápidamente.
Marco se quedó sonriendo.
Poco después, unos hombres aparecieron detrás de él.
—Señor, el hombre se atrevió a gritarnos. ¿Quiere que le rompamos la cara? —preguntó otro con seriedad.
Marco dejó de sonreír.
—No. Vean qué hace —ordenó.
Luego subió a su auto.
Al día siguiente, Agustina se acomodó el cabello y se puso su nuevo uniforme de enfermera.
Se miró al espejo.
—Bueno, Agustina… este es un nuevo comienzo —dijo con una sonrisa.
Cristian ya sabía lo que había ocurrido y estaba molesto, pero entendía que, quizás, aquello era lo mejor para ella.
Cuando Agustina llegó al Hospital Red Monte, se quedó sorprendida.
Era enorme.
Mucho más grande que el Hospital Lucky.
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Kevin caminaba por los pasillos cuando volvió a chocar con Marco.
—¡Hey! Hola, Marcos. Vi que tu apellido era Flores. Perdón, te confundí —dijo Kevin entre risas.
Marco lo miró.
—Mmm… supongo que puede pasar.
Kevin se acercó y miró hacia la entrada.
Marco también dirigió la mirada hacia allí.
Agustina acababa de entrar.
Marco sonrió ligeramente.
Kevin lo observó.
—¿Qué miras? —preguntó, curioso.
Marco no respondió.
Kevin se acercó un poco más y apoyó la barbilla sobre el hombro de Marco para mirar también.
Marco lo miró de reojo.
—Perdón —dijo Kevin, poniéndose nervioso y riendo.
Marco simplemente negó con la cabeza.
Después bajó rápidamente las escaleras.
Agustina llegó a recepción.
—Hola, soy Agustina Torres. Soy la nueva enfermera —avisó.
Cuando la secretaria estaba a punto de responder, alguien apareció detrás de ella.
—Yo me encargo.
Agustina levantó la mirada.
Era Marco.
Se quedó sorprendida.
—Otra vez usted —dijo con una sonrisa.