Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Regrese por ti
Náyrel no durmió aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la mirada gris de Darian Varek y la manera en que había pronunciado su nombre, como si tuviera derecho a hacerlo. Lo más inquietante no era que hubiera descubierto dónde vivía, sino que conociera su apellido y hubiera reconocido la marca que apareció en su muñeca. Al amanecer, decidió que no esperaría a descubrir sus intenciones. Preparó una bolsa con ropa, frascos de remedios, algunas provisiones y el pequeño cuaderno donde guardaba los secretos de las plantas medicinales. Antes de abandonar la cabaña, reforzó las protecciones mágicas y dejó una ilusión para que cualquier visitante creyera que seguía dentro. No sabía adónde iría, pero conocía suficientes senderos como para perderse incluso entre los mapas de los cazadores más experimentados. Si Darian buscaba a una criatura obediente, había elegido a la mujer equivocada.
El viaje la condujo hacia el norte, a una región donde los árboles crecían tan juntos que la luz del sol apenas alcanzaba el suelo. Náyrel avanzó durante horas, evitando los caminos principales y cruzando un arroyo para borrar su rastro. En ocasiones utilizó su magia para confundir el olfato de las criaturas que pudieran seguirla, aunque cada hechizo le provocaba un cosquilleo desagradable en la muñeca. La marca plateada había regresado, tenue pero visible, y parecía intensificarse cada vez que pensaba en el inmortal. Aquello la enfurecía. No comprendía por qué un desconocido podía alterar su magia con solo aparecer. Al caer la tarde encontró una cueva protegida por raíces y decidió pasar allí la noche. Encendió una pequeña llama entre unas piedras, comió un puñado de bayas y se permitió creer que había conseguido escapar. Darian podía ser el señor de un reino, pero ella conocía el bosque mejor que cualquier soberano. No iba a regresar a su cabaña hasta estar segura de que él se había marchado.
Mientras tanto, en el castillo de Varek, Darian contemplaba un mapa antiguo extendido sobre una mesa de piedra. A su alrededor, varias sombras se movían sin que ninguna antorcha las proyectara. Frente a él aguardaba un hombre de cabello ceniciento, vestido con el uniforme oscuro de la guardia real. Se llamaba Kael y llevaba más de un siglo sirviendo al soberano, tiempo suficiente para reconocer cuándo su señor había tomado una decisión irreversible. —¿Desea que enviemos a los rastreadores? —preguntó con cautela. Darian levantó la mirada. —No. —Pero, mi señor, si realmente es la última hija de la Luna Blanca, otros podrían descubrirla. —Precisamente por eso iré yo. Kael guardó silencio antes de atreverse a formular la pregunta que llevaba un rato conteniendo. —¿Y si se niega a acompañarlo? Darian dobló el mapa con movimientos lentos. —Se negará. —Entonces, ¿qué hará? El inmortal se puso los guantes negros y se dirigió hacia las puertas. —Recordarle que el bosque ya no es un lugar seguro para ella. No añadió nada más. No estaba acostumbrado a explicar sus decisiones, ni siquiera a quienes llevaban siglos obedeciéndolo.
Al día siguiente, Náyrel abandonó la cueva y llegó a un claro donde crecían flores medicinales que solo brotaban después de la primera helada. Se arrodilló para recoger algunas, agradecida por encontrar algo familiar en medio de tanta incertidumbre. Fue entonces cuando los pájaros levantaron el vuelo al mismo tiempo. Ella se puso de pie, guardó las flores y buscó con la mirada el origen del ruido. No vio a nadie, pero una voz conocida llegó desde detrás de los árboles. —Tienes una costumbre peligrosa de alejarte sin mirar por dónde vas. Náyrel se volvió tan rápido que estuvo a punto de perder el equilibrio. Darian estaba allí, impecable a pesar del barro y de la larga distancia que los separaba de su castillo. La expresión del hombre era tan serena que parecía no haberla buscado durante horas. —¿Cómo me encontraste? —preguntó ella. —Tus huellas terminan en el arroyo. Después empezaste a dejar un rastro de magia cada vez que utilizabas tus poderes. —Eso es imposible. —Y, sin embargo, aquí estoy. Náyrel apretó la mandíbula. Había cruzado el agua, cambiado de dirección y utilizado un hechizo que nunca había fallado. Él había seguido cada pista como si conociera sus pensamientos.
—No voy a acompañarte a ninguna parte —declaró ella, retrocediendo—. No te conozco, no te debo obediencia y no pienso entrar en tu castillo.
Darian se acercó sin apresurarse. —Hay criaturas que llevan siglos esperando encontrar a alguien como tú. Anoche, cuando tu marca despertó, tu presencia quedó expuesta a todos los seres que todavía recuerdan la Luna Blanca. —¿Y se supone que debo creerte? —No. Se supone que debes comprender el peligro. —Puedo protegerme sola. —Hasta ahora has conseguido mantenerte oculta. Eso no significa que puedas enfrentarte a todos los que vendrán. Ella quiso responder, pero una vibración recorrió el suelo. A lo lejos, entre los árboles, apareció una hilera de luces rojas. Náyrel sintió que la sangre se le enfriaba. Conocía aquella energía: no pertenecía a los humanos ni a los animales del bosque. Algo estaba buscando su rastro.
Darian extendió una mano hacia ella. —Ven conmigo. —Prefiero enfrentarme a lo que sea que venga antes que convertirme en tu prisionera. Por primera vez, la expresión del inmortal perdió parte de su serenidad. No parecía enfadado por la desobediencia, sino preocupado por el tiempo que estaban perdiendo. Cuando las luces rojas se multiplicaron entre los troncos, Darian tomó una decisión. Se acercó, la levantó en brazos antes de que pudiera apartarse y la sostuvo con firmeza contra su pecho. —¡Bájame! —exigió Náyrel, forcejeando y golpeándole el hombro—. ¡No tienes derecho a tocarme! —Puedes discutir conmigo durante todo el camino —respondió él, sin levantar la voz—. Pero no voy a dejarte aquí. —¡Te odio! Darian comenzó a caminar mientras las sombras se cerraban a su alrededor. —Todavía no me conoces lo suficiente para odiarme.
Náyrel siguió protestando, amenazándolo con convertir su castillo en cenizas y prometiendo que encontraría la forma de escapar. Darian no respondió. Sin embargo, cuando ella sintió un dolor agudo en la muñeca, él lo notó de inmediato. Aflojó el brazo que la sostenía, examinó la marca plateada y cubrió su mano con la suya. Una luz oscura envolvió el símbolo, calmando el ardor. El gesto duró apenas unos segundos, pero Náyrel alcanzó a ver algo que no esperaba en su rostro: miedo. No miedo por sí mismo, sino por lo que pudiera sucederle a ella.
Después, Darian la acomodó mejor entre sus brazos y atravesó las sombras hacia su reino. Náyrel volvió la cabeza para contemplar el bosque que desaparecía detrás de ellos. Había pasado siglos protegiendo su libertad y ahora un desconocido la llevaba hacia un castillo del que probablemente tendría que escapar. No pensaba rendirse. Aprendería sus pasadizos, descubriría sus secretos y encontraría la manera de regresar a casa.
Lo que todavía no sabía era que, mientras Darian la conducía hacia las altas torres de su fortaleza, las puertas de piedra comenzaron a abrirse solas.
Como si el castillo hubiera estado esperándola desde hacía siglos.
Y, en la torre más antigua, una campana que llevaba cientos de años en silencio comenzó a sonar.