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El Chico del CEO El Becario Ciego

El Chico del CEO El Becario Ciego

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:255
Nilai: 5
nombre de autor: Syl Gonsalves

Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.

Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.

Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.

NovelToon tiene autorización de Syl Gonsalves para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 02

Al final de aquel día que pareció durar una semana entera, Alan ya estaba listo para pasar por Recursos Humanos y arreglar su renuncia el primer día mismo.

Pero no lo hizo. Lo cual fue un alivio acompañado de la nada alentadora sensación de que estaba tomando el transporte de ida directo al infierno.

El mundo siempre le había dejado bien claro que tenía que ganarse su lugar por sí mismo. Antes era más fácil, cuando estaba su madre. Ella había seguido adelante después de que el padre de ambos los abandonara.

Juliana se las rebuscó, hizo changas, se arregló como pudo para cuidar de sus hijos, Alan y Gael. Alan nació con visión, pero antes de su primer cumpleaños un accidente le dejó como secuela la ceguera. Juliana lloró y se lamentó durante meses, pero después asumió que tenía que aceptarlo y ayudar a su hijo a salir adelante.

Gael nació doce años después y, apenas una semana tras su nacimiento, el padre de ambos se fue. Alan tenía trece años.

En los años siguientes, Alan vio cómo su madre luchaba por ellos y se culpaba tanto por su falta de visión y las dificultades que venían con ella, como por todos los problemas que enfrentaban.

La gente de alrededor tampoco ayudaba, con comentarios sobre cómo ella no lo había cuidado bien y por eso había quedado ciego, y encima le dejaba al hermano menor a su cargo. Pero ella no tenía más remedio si quería trabajar y mantener a los chicos alimentados.

Aun así, los tres eran felices; celebraban de forma modesta los cumpleaños y, siempre que podían, se inventaban algo para festejar. Cuando Alan entró con beca completa a la carrera de Derecho, Juliana lloró muchísimo, pero de emoción.

El camino fue arduo, pero juntos lo iban superando… hasta que una tragedia cambió sus planes y el mundo de Alan se abrió bajo sus pies.

Hoy, mirando atrás, a Alan le costaba recordar exactamente cuándo su vida se había salido de los rieles. Tal vez porque los cambios más devastadores rara vez ocurren de golpe. Llegan en silencio, arrancando una certeza a la vez, hasta que, cuando uno se da cuenta, todo lo que conocía ya ha desaparecido.

Había momentos que prefería no recordar. Conversaciones interrumpidas, promesas que nunca pudieron cumplirse y decisiones que ningún joven debería verse obligado a tomar. Algunos recuerdos seguían tan vivos que bastaba cualquier detalle para hacerlos volver con toda su fuerza.

Por eso aquel empleo significaba más que un sueldo o una oportunidad de carrera. Mientras los demás empleados se preocupaban por ascensos, reconocimiento o prestigio, Alan tenía motivos mucho más urgentes para estar ahí.

Necesitaba ese puesto, necesitaba demostrar que era capaz de asumir responsabilidades y de ofrecer estabilidad.

Y, más que eso, necesitaba mostrarles a personas que ni siquiera lo conocían que era perfectamente capaz de cuidar de alguien. Así que fracasar no era una opción.

Quizá por eso el comportamiento hostil de sus colegas lo molestaba menos de lo que debería. Las bromas, los comentarios torcidos y los obstáculos que le ponían en el camino eran desagradables, pero no se acercaban ni de lejos a lo que estaba en juego.

Porque, al final de todo, no era solo su futuro lo que dependía de aquel empleo. Era la única oportunidad que tenía de recuperar algo que le habían arrancado.

Y Alan estaba dispuesto a soportar el infierno todas las veces que hiciera falta con tal de conseguirlo.

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