Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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capitulo 18
Aquella misma tarde, mientras Alma disfrutaba de una rara tranquilidad en la mansión del marqués, un mensajero real llegó con un aviso urgente del palacio imperial.
—¡Se solicita la presencia inmediata de la señorita Juner en el palacio imperial!
Alma, que estaba bebiendo té, dejó la taza sobre la mesa.
Su sonrisa desapareció.
Ya llegó.
El mensajero esperó su respuesta mientras ella contemplaba el jardín a través de la ventana.
—Entiendo. Iré ahora mismo.
El hombre hizo una reverencia y se marchó.
Loto, que estaba a su lado, se acercó preocupada.
—Señora, ¿ocurre algo malo?
Alma guardó silencio durante unos segundos.
—Loto, prepara mi carruaje.
—¿Va a ir al palacio?
—Sí.
Se levantó y caminó hacia su habitación para cambiarse de ropa.
Mientras elegía un vestido apropiado, no podía dejar de pensar en la historia original.
Había llegado el momento.
La verdadera heredera regresaría al palacio imperial gracias a la intervención del rey regente, aquel hombre despiadado que estaba perdidamente enamorado de Shusu, la protagonista desdichada de la novela.
Alma recordaba perfectamente aquella parte.
La emperatriz descubría que la hija que había criado no era su descendiente biológica. La verdadera princesa recuperaba su lugar y Juner, cegada por los celos y el orgullo, se negaba a aceptarlo.
Entonces comenzaba la tragedia.
La Juner original se sentía amenazada, exigía que expulsaran a la verdadera princesa y terminaba recibiendo una paliza. El rey regente aprovechaba el incidente para castigar a la familia imperial y humillar al imperio entero.
Todo aquello conducía a una cadena de desgracias que culminaba con la caída de Juner.
Alma cerró los ojos.
—No voy a repetir esa estupidez.
Ella no tenía ningún interés en convertirse en la princesa heredera.
Ni siquiera estaba segura de querer conservar su posición actual.
Lo único que deseaba era vivir.
Y, si podía evitarlo, tampoco quería hacer sufrir a una mujer inocente por un lugar que nunca le había pertenecido.
—Señora, el carruaje está preparado —anunció Loto.
Alma abrió los ojos.
—Vamos.
El palacio imperial parecía más imponente que nunca.
Las altas puertas estaban abiertas, los guardias se mantenían firmes y los sirvientes caminaban con una tensión que no conseguían disimular.
Alma descendió del carruaje y siguió a un eunuco por los largos corredores.
A medida que se acercaba al salón principal, su expresión se volvía más seria.
No sabía cómo reaccionaría la emperatriz.
Hasta ese momento, había ocupado el lugar de una hija que la mujer creía suya. Aunque Alma no fuera la Juner original en espíritu, había heredado su rostro, su posición y todas las consecuencias de su vida.
¿Podría la emperatriz aceptar que aquella hija ya no existía como antes?
¿Y cómo sería la verdadera princesa?
Alma no tardó en descubrirlo.
Cuando entró en el salón, encontró a varias personas reunidas.
La emperatriz estaba de pie junto a una joven. Sus ojos estaban enrojecidos y sus mejillas húmedas por las lágrimas.
Cerca de ellas se encontraba el príncipe, el hijo mayor de la familia imperial nacido de una concubina. Observaba la escena con una expresión difícil de interpretar.
Y, a un lado, el rey regente contemplaba a todos con el rostro sombrío.
Alma conocía demasiado bien aquella mirada.
No era un hombre que perdonara fácilmente.
La emperatriz fue la primera en verla.
—¡Hija mía!
Corrió hacia ella y la abrazó con desesperación.
Alma se quedó inmóvil, sorprendida por aquella reacción.
—¿Madre?
La emperatriz la estrechó con más fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela.
—Mi niña…
Su voz se quebró.
Alma sintió que algo se le encogía dentro del pecho.
—¿Por qué lloras, madre? —preguntó suavemente.
La emperatriz se apartó apenas para acariciarle la mejilla.
—Porque he descubierto que no eres mi hija biológica.
Las lágrimas volvieron a deslizarse por su rostro.
—Pero yo te crié. Te vi crecer, te sostuve cuando eras pequeña y te consolé cuando llorabas. No me importa si no naciste de mí. Para mí siempre serás mi hija.
Alma se quedó sin palabras.
No esperaba escuchar aquello.
En la novela original, la emperatriz sufría al descubrir la verdad, pero Juner interpretaba su dolor como un rechazo. Convencida de que estaba perdiendo todo lo que le pertenecía, se aferraba todavía más a su posición y terminaba convirtiendo a la verdadera princesa en su enemiga.
Pero aquella mujer no estaba intentando echarla.
Estaba llorando porque temía perderla.
Alma sintió una punzada de culpa.
Ella no era realmente Juner. Sin embargo, aquella mujer la había abrazado como a una hija desde el primer momento en que la había visto.
Y ahora estaba sufriendo por una verdad que ninguna de las dos había elegido.
Antes de que Alma pudiera responder, la joven que estaba junto a la emperatriz dio un paso adelante.
Era la verdadera princesa.
Con los ojos todavía húmedos, se inclinó para hacer una reverencia.
—Hermana…
Alma reaccionó inmediatamente.
—No lo hagas.
La joven se detuvo, sorprendida.
Alma se acercó a ella antes de que pudiera terminar la reverencia.
—No tienes que inclinarte ante mí.
La princesa la miró con incertidumbre.
Alma respiró hondo y bajó la cabeza.
—Soy yo quien debe hacerte una reverencia.
El salón quedó en silencio.
Incluso el príncipe levantó ligeramente las cejas.
Alma se inclinó ante la verdadera heredera.
—Eres la verdadera princesa de este imperio. Tienes derecho a recuperar tu identidad, tu nombre y el lugar que te corresponde. No voy a arrebatártelos.
La joven abrió los ojos.
Parecía incapaz de comprender lo que estaba escuchando.
La emperatriz, en cambio, comenzó a llorar todavía más.
—¡Hija mía!
Alma se volvió hacia ella.
—Por favor, madre, no llores. Harás sentir mal a la princesa.
La emperatriz se cubrió la boca con una mano.
La verdadera heredera miró a Alma con una mezcla de asombro y emoción. Probablemente había esperado resentimiento, rechazo o incluso una disputa por su posición.
No una bienvenida.
Alma le dedicó una sonrisa tranquila.
—Debes recuperar tu vida. Tú eres la verdadera princesa de este imperio. Yo solo ocupé tu lugar sin saberlo.
La joven negó suavemente con la cabeza.
—Pero tú también has vivido aquí…
—Y eso no cambia la verdad.
Alma dio un paso más y la abrazó.
La princesa se quedó rígida durante un instante, sorprendida por aquel gesto inesperado. Después levantó lentamente los brazos y correspondió al abrazo.
Alma cerró los ojos.
—Gracias por haberme dado tu vida. Ahora te la devuelvo como debe ser.
No lo decía con ironía.
Tampoco pretendía humillarla ni mostrarse generosa delante de los demás.
Lo decía porque, en aquel momento, comprendió que la verdadera princesa no era su enemiga.
Ambas habían sido colocadas en una situación que no habían elegido. Una había crecido creyendo que pertenecía a una familia que no era la suya; la otra había perdido los años que debería haber pasado junto a su madre.
Ninguna tenía la culpa.
Y Alma no pensaba permitir que una disputa por la sangre destruyera sus vidas.
La princesa comenzó a llorar contra su hombro.
—Gracias, hermana…
La emperatriz se acercó a ellas y las abrazó a ambas.
Durante unos instantes, el salón imperial se llenó de sollozos.
El príncipe apartó la mirada, aparentemente incómodo ante aquella escena tan emotiva.
Y el rey regente…
El rey regente no sonrió.
Su expresión se volvió todavía más fría.
—¿Eso es todo? —preguntó finalmente el rey regente.
Su voz atravesó el salón como una cuchilla.
Las tres mujeres se separaron lentamente.
Alma lo miró.
El hombre avanzó unos pasos, con las manos escondidas dentro de las mangas de su túnica.
—¿No vas a protestar, Juner? ¿No vas a exigir que expulsen a la verdadera princesa? ¿No vas a reclamar que te pertenece el lugar que ocupas?
Alma lo observó con cautela.
Aquí viene.
Aquel hombre estaba acostumbrado a que todos temieran sus palabras. En la novela original, había esperado que Juner reaccionara con orgullo y violencia para justificar su castigo.
Pero Alma no iba a darle ese gusto.
—No, su majestad.
El rey regente entrecerró los ojos.
—¿No?
—No tengo derecho a reclamar una identidad que no me pertenece.
—¿Y aceptarás que te despojen de tu posición?
—Si es lo correcto, sí.
La expresión del rey regente se endureció.
Parecía molesto por aquella respuesta.
La Juner original habría gritado, llorado y exigido que la princesa fuera expulsada. Habría convertido el descubrimiento en una lucha por el poder.
Esta Juner, en cambio, acababa de entregarle a la verdadera heredera su lugar sin exigir nada a cambio.
Y aquello no encajaba con la mujer que él creía conocer.
—Qué conveniente —murmuró.
La emperatriz frunció el ceño.
—Su majestad, Juner no ha hecho nada malo.
—No he dicho que lo haya hecho.
—Entonces, por favor, no la interrogue como si fuera una criminal.
El rey regente miró a la emperatriz.
Después volvió los ojos hacia Alma.
—Espero que tus palabras sean sinceras, Juner. Porque si descubro que has fingido aceptar esta situación para perjudicar a la verdadera princesa, no habrá nadie que pueda protegerte.
Alma sintió un escalofrío.
No por la amenaza en sí, sino porque recordaba perfectamente lo que aquel hombre era capaz de hacer.
Estaba dispuesto a destruir a cualquiera que se interpusiera entre él y Shusu. Su amor era tan obsesivo que podía convertir una disputa familiar en una catástrofe política.
Y, si quería mantener su cabeza sobre los hombros, debía evitar convertirse en su objetivo.
Alma inclinó la cabeza.
—Comprendo, su majestad.
El rey regente la estudió unos segundos más.
Después se volvió hacia la verdadera princesa.
Su expresión cambió ligeramente al mirarla.
—Desde hoy, recuperarás el lugar que te corresponde. Nadie podrá volver a arrebatártelo.
La joven bajó la cabeza.
—Gracias, su majestad.
Alma no dijo nada.
Solo observó la escena, consciente de que había logrado cambiar un momento decisivo de la novela.
En la historia original, la verdadera princesa regresaba al palacio y Juner se convertía en su enemiga.
Esta vez, no.
Esta vez, Juner había decidido devolverle su vida.
Pero mientras la emperatriz sostenía una mano de cada hija, Alma no pudo evitar pensar en una última cosa.
Si la historia ya está cambiando… ¿qué otras desgracias puedo evitar?
No sabía si su decisión bastaría para impedir la caída del imperio.
Tampoco sabía qué haría el rey regente ahora que no podía utilizar el supuesto ataque de Juner contra la princesa para desatar su furia.
Lo único que sabía era que acababa de cruzar una línea de la que no podía regresar.
Y que, al hacerlo, quizá había conseguido una aliada inesperada.
La verdadera princesa todavía la abrazaba.
Alma le acarició suavemente la espalda.
—No tienes que tenerme miedo —susurró—. No voy a hacerte daño.
La joven levantó el rostro y la miró entre lágrimas.
—¿Puedo… llamarte hermana?
Alma sintió que el corazón se le ablandaba.
—Claro que sí.
Y por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, no pensó en escapar, en sobrevivir ni en el destino de una villana.
Solo pensó que aquella muchacha merecía ser feliz.