Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 21
Vicent ya la esperaba en el rincón más oscuro del callejón, con el capó del abrigo levantado y el rostro serio. Al ver aparecer a Antonia apoyando a su madre, con Lorenzo cerrando la marcha y mirando a todos lados con desconfianza, salió de las sombras y se acercó despacio, levantando las manos para demostrar que no suponía ningún peligro.
—Bien hecho por llegar —dijo en voz muy baja—. No han sido seguidos, lo he comprobado tres veces. Pero no tenemos mucho tiempo. En cuanto Aarón note que no estás, activará todas las alarmas.
Lorenzo se interpuso entre él y su hermana, con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo hace? Usted es su mejor amigo. Si le ayuda a escaparnos… está traicionándolo. ¿Qué gana con esto?
Vicent miró al joven a los ojos, sin ocultar nada.
—Gano que no se destruya del todo. Irina vino a verme y me rogó que interviniera. Los dos sabemos que si se quedan, Aarón terminará rompiéndolos a ustedes… y se perderá a sí mismo en el proceso. No quiero ser cómplice de una tragedia.
Antonia ayudó a su madre a sentarse sobre unos escalones, y se dirigió a él con voz temblorosa pero decidida:
—¿De verdad puede sacarnos? Él controla los puestos de salida, los aeropuertos, las carreteras… ningún sitio está fuera de su alcance.
—Tengo contactos que no aparecen en sus listas —respondió Vicent con firmeza—. Tengo una casa en la frontera, cerca de los bosques, que nadie conoce. Allí los dejaré provisiones, documentos nuevos y el dinero suficiente para cruzar y empezar de nuevo en otro país. Cambiarán sus nombres, cambiarán sus vidas. Aarón no tendrá forma de rastrearlos.
—¿Y usted? —preguntó ella, preocupada—. Si se entera de que fue usted… ¿qué le hará?
—Eso es asunto mío —cortó él, sin dudarlo—. Ya he tomado mi decisión. Pondré mi propia vida y mi reputación en juego para que ustedes sean libres. No volveré a decirle dónde están, no le daré ninguna pista. Haré todo lo posible por hacerle creer que desaparecieron sin dejar rastro.
Elisa, que había escuchado todo en silencio, tomó la mano de Vicent con debilidad.
—¿Por qué confiar en nosotros? Ni siquiera nos conoce bien.
—Porque vi a mi amigo convertirse en un extraño —respondió él con sinceridad—. Y vi a su hija soportar lo que nadie debería soportar. No puedo mirar hacia otro lado. Pero les advierto: el camino será duro. Tendrán que dejar todo lo que conocen atrás. No podrán volver nunca. No podrán contactar con nadie. ¿Están dispuestos a pagar ese precio?
Antonia miró a su madre, luego a su hermano, y ambos asintieron. Respiró hondo y alzó la vista hacia Vicent, con gratitud en los ojos.
—Estamos dispuestos. Solo prométame que no nos entregará.
—Se lo prometo —dijo él, poniendo una mano sobre su corazón—. Incluso si tengo que enfrentarme a él cara a cara, nunca diré dónde están. Ahora suban al coche. Debemos irnos antes de que sea demasiado tarde.
Lorenzo se apartó un paso, pero bajó la guardia al ver la sinceridad en los ojos de Vicent.
—¿Y si cambia de opinión? —preguntó con desconfianza, sin soltar la mano de su hermana—. ¿Si él le ofrece algo que no pueda rechazar? ¿Si le amenaza también?
Vicent negó con la cabeza con seriedad absoluta.
—Nada que tenga Aarón vale más que su vida, ni que la dignidad que él ha perdido. Lo conozco desde que éramos niños. He visto cómo fue construyendo su imperio, piedra a piedra, con esfuerzo y astucia. Pero nunca creí que fuera capaz de convertir a una persona en una prenda más de su colección. Y no puedo dejar que termine de destruirse por un error que no sabe corregir.
Se giró hacia Antonia, y suavizó la voz:
—Irina me dijo que la única forma de salvarlo es que ustedes desaparezcan. No estoy de acuerdo con todo lo que ella piensa, pero en esto tiene razón: mientras él pueda verte, mientras crea que aún puede tenerte, no dejará de perseguirte, ni de encerrarse más en su propia oscuridad. Si se van, quizás un día despierte y entienda que el amor no se posee… se respeta.
Antonia miró a su madre, que descansaba con los ojos cerrados, y luego al coche oscuro que esperaba en la sombra.
—¿Y si nunca lo entiende? —susurró ella—. ¿Si sigue buscándonos para hacernos daño?
—No le daré motivos —aseguró Vicent—. Le haré creer que escaparon solos, que nadie los ayudó. Borraré todo rastro de mi intervención. Y si aun así sospecha, le enfrentaré. Ya no soy su cómplice. Y esta vez, mi palabra pesará tanto como la suya.
Se acercó a la puerta del vehículo y la abrió para ellos.
—Es el último momento para decidir. Si suben, no hay vuelta atrás. Dejarán su casa, sus recuerdos, su nombre. Pero recuperarán lo que él les quitó: la libertad.
Antonia tomó aire, apretó la mano de su hermano y ayudó a levantarse a su madre.
—Subimos —dijo con voz firme—. Gracias, Vicent. Por ser la única luz en medio de tanta oscuridad.
En cuanto el coche arrancó, alejándose de la vida que habían conocido hasta entonces, nadie miró atrás. Sabían que dejaban atrás miedos y cadenas… pero también sabían que empezaban el camino más peligroso de sus vidas.