El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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El libro que nunca quise escribir
Te voy a ser bien sincera. Yo nunca quise escribir este libro. Nunca. Si por mí fuera, este libro no existiría. Porque si este libro no existe, significa que nada de lo malo pasó. Significa que no perdí a mi bebé milagro el 23 de febrero, significa que mi esposo no se murió el 16 de agosto, significa que yo no soy viuda a mi edad, significa que todavía me marca todos los días y me dice "buenas noches, mi esposa".
Pero el libro existe. Y lo escribí llorando. Cada capítulo lo escribí llorando, con la carta de mi esposo al lado, con los calcetincitos de mi bebé abajo de mi almohada, con su cobija que ya casi no huele.
Cuando empecé el capítulo 1, el de la curiosidad, me reía. Me reía recordando cómo nos conocimos por teléfono, cómo me hacía enojar, cómo me decía "mi enojona bonita". Y pensé "qué bonito, voy a escribir nuestra historia de amor".
Pero conforme fui avanzando, me fui dando cuenta de que nuestra historia de amor también era una historia de dolor. De mucho dolor. Y que para contar el amor, tenía que contar el dolor también.
El capítulo 9 y 10, el del milagro y el embarazo que dolía, lo escribí con mucho miedo, porque todavía siento que fue mi culpa lo de los rayos X. Todavía me despierto en las noches pensando "si no me hubiera dejado hacer esos rayos X, mi bebé estaría vivo". Y sé que no fue mi culpa, que la enfermera me dijo que no pasaba nada, pero el sentimiento de culpa no se va con explicaciones. Se queda aquí, en el pecho, como una piedra.
El capítulo 12, el del 16 de agosto, no lo podía escribir. Duré una semana viéndolo en blanco. Cada que empezaba a escribir "El 16 de agosto yo amanecí bien", me soltaba llorando y tenía que apagar el teléfono. Porque volver a vivir ese día, aunque sea escribiéndolo, duele como si estuviera pasando otra vez. Sentir otra vez cómo se me cayó el teléfono, cómo me tiré al piso de mi cocina, cómo mi suegra gritaba "¡se murió mi hijo!", es revivirlo todo.
Mi mamá me decía "¿para qué escribes eso, mija? ¿Para qué te haces daño sola? Ya déjalo, ya no escribas". Y yo le decía "tengo que escribirlo, mamá, porque si no lo escribo, siento que nadie va a saber que existieron, que mi esposo existió, que mi bebé existió, que nuestro amor existió".
Porque ese es el miedo más grande de una viuda que nadie le dice a nadie: el miedo a que se olviden de él. Que la gente deje de decir su nombre, que la gente deje de preguntar por él, que su foto se llene de polvo, que su historia se borre.
Yo no quiero que se olviden de mi esposo. No quiero que se olviden de que hubo un hombre que estuvo 10 años solo, sin visitas, y que en el último año de su vida conoció a una mujer enojona por teléfono, se casó con ella el 23 de octubre, la vio por primera vez el 7 de noviembre, la hizo su esposa completa el 12 de diciembre y le hizo un bebé milagro a pesar de que ella estaba operada.
No quiero que se olviden de que ese hombre me amó hasta el último día y que me dejó una carta diciéndome que no me quedara sola, que fuera feliz.
Por eso escribí este libro que nunca quise escribir. Porque si no lo escribía yo, nadie lo iba a escribir. Porque nuestra historia no salió en las noticias, no salió en el periódico, no le importó a nadie más que a mí y a mi suegra. Para el mundo, mi esposo fue un número más. Para mí, fue mi todo.
Ahora que voy en el capítulo 17, ya casi terminando, me doy cuenta de que este libro no es para que la gente me tenga lástima. No quiero lástima. No quiero que me digan "ay, pobrecita, se le murió el esposo y el bebé". No. Este libro es para que la gente sepa que el amor existe hasta en los lugares más feos, hasta en una cárcel, hasta por teléfono, hasta en un cuarto con foco parpadeando.
Este libro es para que si tú algún día te enamoras de alguien que está preso, no te dé vergüenza. Que sepas que no estás loca, que no estás sola, que hay otra mujer que también se casó por curiosidad y terminó amando para siempre.
Y este libro es para mi esposo y para mi bebé. Para que donde estén, en el cielo, en la luz, en donde estén los dos juntos como los soñé, sepan que su mamá y su esposa no los olvidó. Que los sigo amando, que los sigo nombrando, que los sigo escribiendo.
Si este libro llega a tus manos y tú nunca me conociste, por favor, cuando termines de leerlo, di su nombre en voz alta. Di el nombre de mi esposo. Di "bebé milagro". Para que por un segundo más, ellos sigan vivos en la voz de alguien.
Yo nunca quise escribir este libro, pero ahora que lo escribí, no me arrepiento. Porque cada palabra es una lágrima que ya no me tuve que tragar a escondidas. Cada capítulo es un grito que por fin pude dar sin morderme la mano.
Gracias por leer el libro que nunca quise escribir, pero que tenía que escribir para no volverme loca de dolor.
Te amo para siempre, esposo. Te amo para siempre, mi bebé milagro.