el dolor del alma
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EXILIO Y REGRESO
Hola otra vez YO esta es la tercera historia .
CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE
LAZOS DE NEBLINA
CICATRICES DE NIEVE
Espero y les gusté miren que no estaba planeada perooooo como todas nos quedamos con el mal sabor de que el soldado sexi se quedariá solito, pues ahí les va su historia .
Y si está mujer ya tiene a un hombre que ama y nuestro ruso tendrá que echarle muchas ganas a ver quién se queda con ella .
Taras manejó el colapso de su historia de amor de una forma radical. Prefirió poner tierra y miles de kilómetros de por medio; empacó lo indispensable y se marchó a Suecia para encargarse de expandir y liderar los negocios desde allá. Su partida no fue una simple estrategia , sino una huida desesperada de los fantasmas que lo asfixiaban en Moscú. En la capital rusa, cada sombra parecía burlarse de su fracaso y de la traición de su propio corazón. Por eso desapareció. Casi no lo veían por la sede principal ni hablaba con nadie de la familia, a menos que fuera estrictamente necesario por cuestiones urgentes de la organización. Decidió sepultarse en el trabajo, convirtiendo el exilio voluntario en su propio purgatorio.
Sin embargo, los reportes corren rápido en ese medio tan peligroso, y los rumores de fuentes muy confiables no tardaron en llegar a oídos de la Familia: Taras se había convertido en un auténtico demonio implacable en tierras nórdicas. Su orgullo herido y el vacío lacerante que le dejó la partida de la mexicana se transformaron en una frialdad criminal que infundía un pavor absoluto en sus rivales.
Al principio, el dolor fue una bestia incontrolable. Las noches en Estocolmo eran largas, heladas y silenciosas, el escenario perfecto para que la culpa y la frustración lo devoraran vivo. Para no volverse loco, Taras decidió canalizar esa agonía hacia la única válvula de escape que conocía: la violencia estructurada de la Bratva. Se sumergió en las sombras con una devoción ciega, utilizando la crueldad no como un fin en sí mismo, sino como un anestésico quirúrgico. Si su mente estaba ocupada planeando la caída de una red enemiga o ejecutando castigos ejemplares contra quienes osaban desafiar el territorio ruso, no quedaba espacio para pensar en los ojos de Roberta, ni en la calidez de su piel, ni en la maldita cabaña donde todo se rompió en mil pedazos.
La metamorfosis fue tan fascinante como aterradora. El hombre impulsivo, cegado por una furia territorial y los celos de troglodita , murió en el invierno . En su lugar nació una extensión perfecta y racional de la Bratva. Se despojó de la impulsividad y la reemplazó por un cálculo milimétrico. En el submundo criminal de Estocolmo, se ganó el apodo del "Espectro del Norte". No necesitaba levantar la voz ni perder los estribos para someter a sus adversarios; le bastaba una mirada de eso ojos, desprovistos de cualquier rastro de calor humano, para doblegar voluntades. Su crueldad se volvió eficiente, gélida, desapegada de la ira ordinaria. Castigaba con la misma indiferencia con la que un cirujano extirpa un tejido infectado. Cada golpe que asestaba a las mafias locales, cada ejecutor que enviaba a silenciar disidentes, era un peldaño más en su ascenso hacia una madurez oscura. Se convirtió en el arma perfecta porque ya no tenía nada que perder; el dolor lo había vaciado por dentro, dejándole únicamente el código de honor de la hermandad y una disciplina de hierro.
A la par de esta transformación exterior, Taras libró una batalla interna aún más encarnizada para apaciguar el amor que sentía por Roberta. Sabía, con una certeza brutal que le partía el alma, que ella ya no era suya, que jamás volvería a serlo y que el daño causado era irreparable. En lugar de alimentar el rencor o la obsesión insana , obligó a sus sentimientos a evolucionar. Fue un proceso lento y doloroso, similar a dejar secar una herida abierta al aire helado. Aprendió a aceptar la pérdida. Cada vez que el recuerdo de Roberta amenazaba con debilitarlo, Taras recordaba que el verdadero honor de un hombre de la Bratva también radicaba en saber cuándo retirarse con dignidad. Sustituyó el veneno de los celos por una resignación madura, entendiendo que amarla de verdad ahora significaba dejarla ir por completo, permitirle respirar lejos de su mundo de sombras y sangre. Aquel demonio que aterrorizaba a Escandinavia era, en la intimidad de sus pensamientos, un hombre que rezaba en silencio por la salvación de la única mujer que había logrado humanizarlo.
Tres años después de su partida, el deber familiar lo obligó a romper su exilio. Taras regresó de Suecia exclusivamente para la boda de su primo, un evento de gala que congregaba a la élite de la Bratva.
En el rincón más tranquilo de la terraza exterior del salón, donde los calentadores mantenían el ambiente tibio frente a la implacable caída de la nieve, Roberta descansaba con una copa de agua frutada en la mano. Sola por un instante, observaba el hermoso y pacífico paisaje invernal, buscando un respiro del bullicio de la fiesta, cuando el sutil pero inconfundible sonido de unos pasos firmes sobre el suelo la alertó. Al girar sobre sus talones con una mezcla de curiosidad y cautela, se topó de frente con el fantasma de su pasado.
Taras estaba allí. Vestía un esmoquin impecable que resaltaba su imponente porte, pero su semblante ya no reflejaba la tempestad de antaño. Sus ojos grises, antes fríos como el hielo ártico y cargados de reproche, ahora mostraban una madurez profunda, una sabiduría templada en el fuego del sufrimiento y una paz ganada a pulso en aquellas tierras lejanas. La crueldad que practicaba en los negocios se había quedado en las calles de Estocolmo; frente a ella solo quedaba el hombre que había logrado perdonarse a sí mismo a través del dolor.
El reencuentro entre los dos fue, contra todo pronóstico y a pesar de la turbulenta historia que cargaban a sus espaldas, sumamente civilizado. Taras se detuvo a una distancia prudente, respetando el espacio vital que el destino había trazado entre ambos. Con una fijeza respetuosa y cargada de una emoción contenida, evaluó el hermoso vientre de embarazo de la mexicana.
—Hola, Roberta… Buenas noches —saludó el ruso con su voz grave, profunda, asintiendo solemnemente con la cabeza en un gesto de puro respeto.
—Hola, Taras. Qué gusto verte —respondió ella. Forzó una sonrisa amable, pero al mirarlo a los ojos se dio cuenta de que ya no necesitaba escudarse. Su voz estaba despojada por completo de la rabia, el miedo y el desprecio que alguna vez marcaron sus días en la cabaña.
—Te ves… hermosa. De verdad, el embarazo te sienta de una manera divina —admitió Taras. Miró la pancita con una ternura genuina, un brillo blando en sus ojos grises que denotaba que el veneno del pecho finalmente se había evaporado, transmutado por los años de aislamiento—. Me enteré de que tu pareja es un gran hombre y que tu negocio en México es todo un éxito rotundo. Me da un enorme gusto por ti, preciosa. Te mereces toda la felicidad de este mundo. No había rastro de ironía en sus palabras; era el tributo sincero de un hombre que había aprendido a amar desde la distancia y el desapego.
—Gracias, Taras. Significa mucho escucharlo de ti —contestó Roberta, sintiendo cómo una última capa de hielo se derretía en su propio corazón, suavizando la mirada—. Supe que te va de maravilla y que has puesto orden allá en el norte. Espero que tú también encuentres esa paz de forma definitiva, y a esa buena mujer que sepa vivir con tu mundo de sombras y entenderte. Te lo mereces, de verdad eres un caballero a tu manera extraña.
Taras esbozó una media sonrisa, una expresión serena y melancólica que selló formalmente la amnistía emocional entre ambos. El luto culinario, los errores del pasado y el indomable orgullo de la Bratva finalmente habían firmado la tregua definitiva en esa terraza nevada.
—Gracias, mi amor… —murmuró Taras, usando el viejo apodo por última vez en la vida, pero ahora con un tono de despedida pacífica, un susurro que el viento invernal se llevó consigo—. Que tengas un excelente viaje de regreso a tu patria. Cuida mucho a ese frijolito.
Se dio la vuelta con paso firme, el mismo paso con el que gobernaba imperios criminales, y se alejó por el pasillo interior, dejándola sola en la terraza. Roberta dio un suspiro largo, pero esta vez no fue de angustia, ni de opresión, ni de un dolor crudo; fue el suspiro de una liberación absoluta. El pasado se había cerrado en perfecta paz. Con el corazón ligero, regresó al salón de gala de la mano de Mateo para seguir disfrutando de la noche, mientras Taras se perdía en la multitud, convertido en un hombre nuevo, un Demonio para el mundo, pero en paz con su único y verdadero amor.