Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LA TENTACIÓN EN EL JARDÍN.
Allí estaba Nalia, sentada sobre el borde de la pequeña laguna del jardín, con los pies descalzos metidos en el agua clara y fresca, dejando que la corriente jugara con sus tobillos y sus dedos. El sol de la tarde caía sobre ella, iluminando su cabello que brillaba como oro y luz de luna, haciendo que su piel pareciera translúcida y etérea. Vestía esa misma túnica de seda blanca y verde, tan fina que se pegaba a su cuerpo por la brisa, marcando cada curva con una precisión que estaba volviendo loco a Amir. El escote era profundo, dejando ver el inicio de sus pechos redondos y firmes, y las mangas caían sueltas, dejando al descubierto sus brazos largos y suaves. Y alrededor de ella, como siempre, flotaba ese polvo brillante, esas partículas mágicas que iluminaban todo lo que tocaban.
Ella no se volvió, pero supo que él estaba allí, igual que siempre.
—Te estaba esperando, mi Guardián —dijo con su voz suave y melódica, que le recorrió la piel como caricias—. Sabía que vendrías huyendo de lo que viste... o corriendo hacia lo que deseas.
Amir caminó hacia ella despacio, con pasos pesados, sintiendo cómo cada paso lo acercaba al abismo, cómo cada segunda cerca de ella era una tortura dulce que le quemaba las venas. Se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que podía oler su aroma, esa mezcla de flores, miel y magia que se había convertido en su adicción.
—Los vi... —dijo él con voz ronca, baja y cargada de deseo—. Vi a Karim y a Amara. Se devoraban el uno al otro como si fuera el último día de sus vidas. Y yo... yo me estoy muriendo de ganas de hacer lo mismo contigo, Nalia. Me estoy muriendo de esperar.
Ella se giró lentamente sobre el borde de la piedra, alzando la cara hacia él, y Amir sintió que se le paraba el corazón. Esos ojos verdes lo miraban con una intensidad hambrienta, con un brillo lujurioso que le decía que ella también lo deseaba, que ella también ardía, pero que disfrutaba demasiado de ese juego. Sus labios estaban entreabiertos, húmedos y rojos, pidiendo ser besados, y su lengua asomó un segundo para mojarlos, enviando una señal directa a la entrepierna de Amir.
—¿Te estás muriendo, mi amor? —preguntó ella con suavidad, y alzó una mano, dejando que sus dedos largos y finos rozaran apenas la pierna de él, por encima de la tela de sus pantalones, subiendo despacio, muy despacio, hacia su muslo, hacia donde su dureza se marcaba con fuerza y dolor—. ¿Te duele aquí? ¿Te duele la necesidad de tenerme? ¿Te duele saber que yo podría aliviarte en un segundo, pero que no lo haré?
Amir gimió bajito, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia atrás, disfrutando y sufriendo a la vez ese roce ligero que le recorría la piel como fuego.
—Me torturas... —susurró él—. Me tienes ardiendo, me tienes loco. Si te toco... si te toco ahora mismo, no podré parar.
Nalia sonrió, malvada y hermosa, y su mano subió un poco más, rozando ahora justo al lado de su dureza, sin tocarla directamente, enviando ondas de placer que le hicieron estremecerse entero.
—Entonces no me toques —le dijo ella, bajando la mano de golpe, rompiendo el contacto, dejándolo vacío y desesperado—. O mejor dicho... tócame, pero solo donde yo te deje. Y solo como yo te deje. ¿Quieres jugar, Amir? ¿Quieres que te enseñe lo que es el deseo verdadero, lo que es querer hasta doler?
Se puso de pie lentamente, quedando frente a él, tan cerca que sus pechos casi rozaban su armadura, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia él. Se quitó las sandalias, las tiró al suelo y dio un paso atrás, entrando en el agua poco profunda de la laguna, hasta que el agua les llegó a las rodillas. La tela de su vestido se mojó al instante, pegándose a su cuerpo, volviéndose casi transparente, revelando todo lo que hasta ahora solo se insinuaba.
Amir contuvo el aliento, con la boca seca y los ojos fijos en ella. Vio la forma perfecta de sus pechos, redondos y altos, con los pezones oscuros y endurecidos por el frío del agua y el calor del deseo, marcados claramente bajo la tela mojada. Vio su cintura fina, sus caderas anchas y femeninas, sus piernas largas y torneadas, y entre ellas, la tela pegada revelando la sombra oscura y prometedora de su intimidad. Era la imagen más devastadora que jamás hubiera visto.
—Ven aquí —le ordenó ella, con voz suave pero firme, una orden que él no pudo ni quiso desobedecer.
Amir entró en el agua, sin importarle mojarse, sin importarle nada más que llegar hasta ella. El agua fresca contrastaba con el calor que sentía en todo el cuerpo, pero no le importó. Se paró frente a ella, el agua llegándole a la cintura, mirándola desde arriba, con las manos temblando a los costados, luchando contra el impulso de agarrarla y hacerla suya de una vez por todas.
Nalia alzó las manos y las puso sobre el pecho de él, a través de la armadura, deslizándolas despacio hacia abajo, hacia su abdomen, sintiendo la fuerza y la dureza de sus músculos bajo el metal.
—Soy mitad elfa, Amir —le dijo ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo—. Los elfos conocen el amor lento, el amor que se saborea, el placer que se construye poco a poco hasta que explota. Y soy mitad hada... —y sus manos llegaron hasta su cintura, se deslizaron por sus caderas, y se acercaron peligrosamente a su entrepierna, sin tocarla aún, pero haciéndole sentir el aire moviéndose entre ellos— ...y las hadas conocen todos los placeres prohibidos, todos los secretos del cuerpo, todas las formas de volver loco a un hombre.
Se acercó más, pegando su cuerpo mojado al de él, haciendo que la tela fría y húmeda de su vestido tocara su piel a través de las aberturas de su armadura, enviando escalofríos y fuego a la vez por su columna.
—Tus hermanos tuvieron que luchar por sus mujeres —le susurró contra su boca, sin besarlo, rozando solo sus labios con los suyos, dejando que él sintiera su sabor dulce y húmedo—. Karim tuvo que conquistar a Amara, tuvo que ganarse su confianza, su amor y su cuerpo. Layla hizo sufrir a Caelan, lo hizo esperar, lo desafió, y por eso cada vez que se juntan, es una explosión. ¿Crees que yo valgo menos que ellas? ¿Crees que me entregaré solo porque tú me miras con ojos hambrientos?
Amir tomó aire entrecortado, y por fin dejó caer sus manos, grandes y fuertes, sobre la cintura fina de ella, sintiendo la piel suave y cálida bajo sus dedos, sintiendo las curvas perfectas que encajaban justo en sus manos. No la apretó, solo la sostuvo, con un respeto y un deseo que lo desgarraban.