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MARIONETA

MARIONETA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:594
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.

Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 12

A la mañana siguiente, al abrir la puerta de su casa, Antonia encontró dos cajas grandes y un sobre grueso apoyados en el umbral. Al llevarlas adentro y abrirlas, se quedó sin aliento: estaban llenas de ropa nueva, toda de un estilo que nunca hubiera elegido: cortes ajustados, colores oscuros y sobrios, sin ningún rastro de las telas suaves ni los tonos claros que siempre le gustaron. El sobre contenía una tarjeta escrita con la caligrafía afilada de Aarón, y un horario detallado hasta el minuto.

—¿Todo esto es para ti? —preguntó Lorenzo, asomándose desde la cocina—. Nunca te he visto usar nada parecido. Parece ropa de… de alguien que no es tú.

Antonia acarició la tela fría de una blusa negra, sintiendo un nudo en la garganta.

—Es… un regalo del señor De Santis. Dice que es necesario para los eventos a los que debo acompañarlo.

—Pero no te gusta nada de esto, ¿verdad? —insistió él, notando su tristeza—. Parece que te quieren convertir en otra persona.

—Solo son prendas, hermanito —mintió ella, forzando una sonrisa—. No importa cómo vaya vestida. Lo que importa es lo que llevo por dentro.

Pero esa tarde, cuando se presentó en el despacho, Aarón la miró de arriba abajo con el ceño fruncido, señalando el sencillo broche de plata que su madre le había regalado al cumplir los dieciocho años.

—Quítatelo —ordenó sin rodeos.

Antonia se llevó la mano al broche, protegiéndolo instintivamente.

—¿Por qué? Es solo un recuerdo familiar. No molesta a nadie.

—Todo lo que llevas lo elijo yo —respondió él con frialdad, acercándose hasta arrancárselo suavemente del cuello—. No quiero ver nada que no haya aprobado. Desde ahora, usarás solo las joyas que yo te envíe. Y el cabello: recogido siempre, sin sueltos. Así se te ve mejor el rostro. Y así sé que no te escondes.

—¿También decide cómo debo peinarme? —preguntó ella, con la voz temblorosa por la indignación—. ¿Qué más le falta controlar? ¿A qué hora respiro? ¿Qué pienso?

—No estás lejos de la realidad —replicó él, entregándole un papel impreso—. Aquí tienes tus horarios. Lunes y miércoles vendrás aquí al mediodía. Martes y jueves te acompañará mi chofer al teatro, pero no hablarás con nadie más que con Carmen. El resto del tiempo te quedarás en casa o en los lugares que yo autorice. No te reúnas con amigas, no vayas a la plaza, no entres a tiendas sin avisarme primero.

—¿Mis amigas? —Antonia sintió que se le helaba la sangre—. ¿También me prohíbe verlas? Solo son compañeras del teatro, nada más.

—No necesitas a nadie más —cortó él tajante—. Yo soy suficiente. Si hablas con otros, pueden influir en ti, pueden decirte cosas que no quiero que escuches. Quiero tu mente limpia, solo para mí. ¿Entendido?

Pasaron las semanas, y poco a poco todo lo que era suyo desapareció. Sus vestidos de siempre fueron reemplazados por aquellos que él elegía; sus salidas se redujeron al mínimo; cada vez que hablaba con alguien, sentía la mirada de Aarón —o de sus hombres— vigilando cada palabra. Una noche, al lavarse la cara frente al espejo, se detuvo de golpe, mirando su propio reflejo como si fuera una extraña. El cabello recogido rígidamente, los labios pintados de un tono rojo oscuro que nunca usaba, la mirada apagada… ya no era Antonia. Era una copia pálida, moldeada a su antojo.

—¿Quién eres tú? —susurró al cristal, con lágrimas que se le escaparon—. ¿Dónde estoy yo?

Escuchó entonces el mensaje en su teléfono, enviado por él: “Vi que te detuviste a saludar a la vecina. No lo vuelvas a hacer. No tienes permiso para intimar con nadie. Recuerda el trato”.

Dejó caer el teléfono sobre el lavabo, sintiendo que se ahogaba. Ya no le quedaba nada suyo. Ni siquiera su propio nombre parecía pertenecerle. Aarón había tomado su ropa, sus días, sus palabras… y poco a poco, se estaba llevando también su alma.

Antonia se quedó mucho tiempo de pie frente al espejo, recorriendo con la mirada cada detalle de su rostro, buscando algún rastro de la chica que solía ser. La que reía sin miedo en los ensayos, la que corría por el parque con Lorenzo, la que llevaba siempre el cabello suelto al viento y vestidos de colores claros que brillaban bajo el sol. Nada de eso quedaba ya.

—Ya no te encuentro —murmuró, tocando el cristal con la yema de los dedos fríos—. Te has escondido tan bien… que ni yo misma sé dónde estás.

De repente, el timbre de la puerta la sobresaltó. Al abrir, se encontró con Ramiro, el asistente de Aarón, que sostenía una caja pequeña y un sobre en la mano.

—El señor De Santis me ha enviado —dijo él, con su tono impasible de siempre—. Me ha ordenado cambiarle el teléfono. Este nuevo tiene un sistema de seguridad que le permite saber dónde se encuentra en todo momento, y solo podrá llamar a los números que él autorice. El anterior debe quedarse aquí.

Antonia sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué? ¿También va a controlar mis llamadas? ¿Mis mensajes? ¿Hasta cuándo voy a ir al baño? —preguntó con voz quebrada, apretando el marco de la puerta con fuerza.

—Es por su seguridad —respondió Ramiro, sin mirarla a los ojos—. Y por la tranquilidad de él. No quiero problemas, señorita. Solo cumplo órdenes.

Ella tomó el aparato nuevo con manos temblorosas, y al cerrar la puerta se dejó caer contra ella, sollozando en silencio. En ese momento entró Lorenzo, que había escuchado todo desde la cocina. Se acercó a ella con el rostro desencajado.

—¿Un teléfono con vigilancia? —susurró—. Hermana, esto no es ayuda. Es una prisión. ¿Cómo puedes aguantar tanto? Si mamá supiera que te tratan así… nunca aceptaría los medicamentos.

—¡No se lo digas! —le suplicó ella, agarrándolo del brazo con desesperación—. ¡No se lo digas nunca, Lorenzo! Ella no puede saberlo. Si se entera, se negará a seguir el tratamiento, y entonces… entonces todo habrá sido en vano.

—Pero te estás perdiendo tú —replicó él, con lágrimas en los ojos—. Ya no te ríes como antes. Ya no brillas. Cuando te miro, veo a una sombra. ¿Vale la pena salvarla a ella si te pierdes tú?

Antonia lo miró, y por un instante estuvo a punto de contarle todo: las amenazas, el contrato, que no tenía escapatoria. Pero recordó las palabras de Aarón, y el miedo la cerró la boca.

—Tengo que hacerlo —dijo, enderezándose lentamente y secándose las lágrimas—. Algún día entenderás. Ahora déjame sola un rato, por favor.

Cuando se quedó sola, volvió al espejo y se quitó los pendientes de oro que él le había enviado esa mañana. Los dejó sobre el lavabo, junto al broche que le habían quitado días atrás. Y entonces comprendió la verdad más terrible: Aarón no solo quería poseer su cuerpo y su tiempo. Quería borrar todo rastro de la Antonia que existía antes, para que no quedara nada que pudiera recordarle que algún día fue libre.

—Lo estás consiguiendo —susurró al espejo, con una tristeza infinita—. Poco a poco lo estás consiguiendo.

 

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