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El Yacuza Tiene Un Amante

El Yacuza Tiene Un Amante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / BL / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Liam solo quería salvar a su hermano.

Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.

Entonces Duncan le hace una pregunta:

—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?

Liam responde sin pensar:

—Lo que sea.

Acaba de cometer su primer gran error.

Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.

Pero Liam ha despertado su interés.

Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.

Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La cena

El mensaje llegó un viernes a las cinco de la tarde.

**Duncan:** *Esta noche no vienes al departamento. Te recojo a las ocho. Ponte la camisa azul. La de cuello redondo.*

No era una orden. No era un *ven*. No era un *ahora*. Era una cita. Con hora. Con lugar. Con una camisa específica.

**Duncan:** *Restaurante Sato. Barrio antiguo. Yo invito.*

Liam guardó el teléfono. Miró la pared. Miró el teléfono otra vez.

*Yo invito.*

Como si fueran dos personas normales quedando para cenar. Como si no hubiera un cerrojo. Como si no hubiera quinientos dólares bajo la almohada.

Pero fue. Porque ir era la única opción que existía.

---

El restaurante Sato era pequeño, escondido en una calle empedrada del barrio antiguo. Farolillos de papel. Una puerta de madera corredera. Un interior de tatami y mesas bajas.

Duncan estaba en una mesa del fondo. De pie. Traje negro, camisa gris oscuro, sin corbata. El anillo de oro brillando. El tatuaje invisible bajo la tela.

Sonrió cuando vio a Liam. Una sonrisa amplia, genuina.

—Llegas puntual. Siéntate.

Liam se sentó en el cojín de enfrente. Manos sobre las rodillas. Mirando la mesa.

—Mírame.

Liam levantó la vista.

—Estás guapo con esa camisa. El azul te queda bien.

El calor le subió por el cuello. Bajó la vista. Murmuró algo que podría haber sido *gracias* o *déjame en paz*.

Duncan pidió por los dos. Sashimi, tempura, sopa de miso, una botella de sake. Sirvió dos vasos. Le pasó uno a Liam.

—Esta noche no hay reglas —dijo, levantando el vaso—. No hay *ponte en posición*. No hay *desnúdate*. Esta noche cenamos. Hablamos. Y después te llevo a casa.

Liam miró el vaso. No lo cogió.

—¿Por qué?

—Porque quiero. Porque llevas tres semanas viniendo cuando te llamo y no te he dado nada a cambio que no sea dinero. Y el dinero no es suficiente. El dinero es para las transacciones. Y tú... —Pausa—. Tú no eres una transacción. No para mí.

Algo se movió en el pecho de Liam. No de dolor. De confusión.

—Soy tu amante pagado —dijo—. Tú lo dijiste.

Duncan rio. Una risa baja, casi avergonzada.

—Lo dije. Pero eso no significa que no pueda invitarte a cenar. Que no pueda ser amable.

---

Cenaron.

Duncan habló. De un congreso en Kioto. De un libro sobre el período Edo. De la calidad del atún en Tsukiji. Era inteligente. Culto. Divertido. Contaba las cosas con un ritmo preciso, con pausas calculadas.

Y Liam escuchó. Y rio. Una vez. Dos veces. Una risa pequeña, casi involuntaria.

Duncan lo miró cuando rio. Con esa expresión que Liam no sabía nombrar. No era triunfo. Era algo más suave. Como si la risa de Liam fuera un regalo que no esperaba.

—¿Qué? —preguntó Liam.

—Nada. Es la primera vez que te ríes. En todo el tiempo.

Liam se calló. Cogió un trozo de sashimi. No sabía a nada.

—Cuéntame de tu hermano —dijo Duncan—. ¿Cómo va con la física?

—Le cuestan las ecuaciones de segundo grado.

—¿Y a ti? ¿Qué te cuesta?

Liam lo miró. Duncan estaba apoyado en la mano, mirándolo con una curiosidad genuina.

—Todo —dijo Liam. Y no estaba hablando de las ecuaciones.

Duncan asintió. No preguntó más. Solo bebió un trago de sake y dejó que el silencio llenara el espacio.

Y por un momento, un momento mínimo, frágil, casi inexistente, Liam olvidó dónde estaba. Quién era. Qué era.

Y eso fue lo más aterrador de todo.

---

Cuando llegó el postre, Duncan dejó la cuchara sobre el plato. Se limpió los labios. Se recostó.

—¿Te he contado alguna vez lo de Marcos?

—¿Marcos?

—Un chico. Hace tres años. Alumno de segundo. Ingeniería. —Tono ligero, casi nostálgico—. Era como tú. Moreno. Callado. Con esa forma de mirar a los lados como si esperara que alguien lo observara.

Liam dejó la cuchara.

—¿Qué le pasó?

—Se fue. Un día decidió que no quería seguir. Cambió de número. Se mudó. Intentó desaparecer. —Duncan cogió la cuchara. La giró entre los dedos—. Y yo lo dejé ir. No lo busqué. Tres semanas. Un mes. Dos meses. Y un día, su madre me llamó. Llorando. Porque Marcos había tenido un accidente. De coche. En una carretera de montaña. De noche. Solo.

Liam sintió que el aire se le congelaba.

—La policía dijo que fue un accidente. Que se salió de la curva. Que iba demasiado rápido. —Duncan dejó la cuchara—. Y probablemente fue eso. Las carreteras de montaña son peligrosas. Especialmente de noche. Especialmente si vas distraído. Especialmente si alguien... —Se detuvo. Bebió un trago—. Pero bueno. Eso fue hace tres años. No viene al caso.

Silencio.

Liam miró el helado derretido en el plato. El charco verde sobre la porcelana.

—¿Por qué me cuentas esto?

Duncan ladeó la cabeza.

—Porque te aprecio. Y quiero que sepas que lo que hay entre nosotros no tiene que terminar con una carretera de montaña. No tiene que terminar con una madre llorando por teléfono. —Se inclinó. Le puso la mano sobre la de Liam—. Puede ser sencillo. Puede ser cómodo. Si tú quieres. Si me dejas.

—¿Y si no quiero?

Duncan sonrió. Amplia. Genuina.

—Entonces cenamos el postre. Te llevo a casa. Y el jueves vienes al departamento. Y seguimos. —Le apretó la mano—. Pero quería que supieras que hay otra opción.

Liam retiró la mano. Se llevó un trozo de helado a la boca. Estaba frío. Dulce. No sabía a nada.

---

Duncan pagó. Salieron a la calle empedrada. Los farolillos. El aire frío. Caminaron hasta el sedán negro. Duncan abrió la puerta del copiloto.

—Sube. Te llevo a casa.

Liam subió. Condujeron en silencio. La ciudad pasaba por la ventana. Las luces. Los edificios. La gente caminando.

Cuando llegaron, Duncan apagó el motor. Se giró.

—Gracias por la cena —dijo Liam.

—Gracias a ti por venir. —Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El anillo rozó la piel—. Jueves. Nueve. Y Liam... me gusta verte reír. Hazlo más a menudo.

Liam bajó del coche. Cerró la puerta. Se quedó en la acera, mirando cómo las luces traseras se fundían con la noche.

Entró en la residencia. Subió. Se sentó en la cama. Se quitó la camisa azul. La dobló.

Y lloró.

No de miedo. No de rabia.

De gratitud.

De una gratitud asquerosa, podrida, imposible de arrancar, por un hombre que le había destrozado la vida y le había invitado a cenar y le había dicho *me gusta verte reír*.

Porque es fácil odiar a un monstruo.

Es imposible odiar a alguien que te dice que eres guapo con la camisa azul.

1
D_a_r_r
Realmente estoy esperando el momento que sufra Duncan 😭
Dalia Lara
me va gustando mucho la historia 🥰🥰más capítulos por favor
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