Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 4
Renata despertó con la boca seca, la cabeza latiéndole y un pedazo de la noche anterior faltándole por completo.
Se quedó quieta bajo la sábana tratando de armar el rompecabezas. El bar, sí. Los tres tipos, el miedo, unas manos torciéndole la muñeca a uno de ellos. Un saco tibio sobre los hombros. Y después…
Se sentó de golpe, y el estómago se le revolvió, pero no por el trago.
Adrián. La toalla. Ella parada en la puerta de su cuarto diciéndole cosas.
Ay, no. No, no, no.
Renata se tapó la cara con las dos manos y se dejó caer de nuevo contra la almohada, con las mejillas ardiéndole. Se acordaba de fragmentos, de su propia voz arrastrada diciéndole al hermano de su mejor amiga que la miraba feo, de haberse acercado, de haber querido acercarse más. Le dieron ganas de que la tierra se abriera y se la tragara ahí mismo.
—Ya despertó la bella durmiente. —Ximena entró sin tocar, con dos cafés y una sonrisa demasiado despierta para la hora—. ¿Cómo amaneciste?
—Muerta. —Renata se destapó la cara—. Xime… anoche… ¿yo hice algo? Después del bar.
Ximena le pasó un café y se encogió de hombros.
—Te bañé, te puse pijama y te tiré en la cama. Roncaste como camionero. ¿Por qué?
Renata la miró un segundo, buscando en su cara si sabía algo. No sabía nada. Adrián no le había contado.
—Por nada —dijo, y se tomó medio café de un trago para tapar el alivio—. Cosas de borracha.
—Bueno, pues levántate, borracha, porque hoy no trabajas. —Ximena le arrancó la sábana de un tirón—. Ya pedí el día por ti. Nos vamos de compras a estrenar tu divorcio, y todo lo paga mi hermano, que para algo es millonario y anoche llegó de héroe.
A Renata se le subió otra vez el calor a la cara con solo oír nombrarlo.
—No hace falta que él pague nada.
—Ni lo va a notar. Vístete.
—
El centro comercial era de los caros, de esos con piso de mármol y vendedoras que sonreían con los dientes apretados. Ximena arrastró a Renata de tienda en tienda hasta que a Renata, muy a su pesar, se le empezó a soltar el nudo del pecho.
En una boutique, colgado de un perchero, había un vestido. Negro, sencillo, de una elegancia que no gritaba. Renata lo descolgó y se lo puso contra el cuerpo frente al espejo, y por primera vez en mucho tiempo se gustó.
—Ese —dijo Ximena—. Ese te lo llevas sí o sí.
—Quiero ese vestido. El que tiene esa señora en la mano.
La voz llegó dulce, cantada, desde atrás. Renata no necesitó darse la vuelta para saber de quién era, pero se dio la vuelta igual.
Daniela. Impecable, del brazo de Rodrigo, con la sonrisa de quien acaba de encontrar exactamente lo que venía a buscar. Y a Renata se le cerró el estómago, no de dolor esta vez, sino de puro cansancio de esa cara.
—Qué coincidencia —dijo Renata—. La ciudad tiene cien centros comerciales y ustedes vienen justo a este.
—Ay, no te enojes, hermanita. —Daniela hizo un puchero y se apretó más contra Rodrigo—. Solo quiero ese vestido. Se me antojó. Y a ti nunca te ha quedado bien el negro, te hace ver mayor.
Rodrigo carraspeó, y con el tono aburrido de quien ordena, no pide, dijo:
—Renata, dáselo. No hagas una escena por un trapo.
Renata lo miró. Al hombre que la noche anterior le había jurado que ella iba a volver arrastrándose, parado ahí exigiéndole que le entregara un vestido a su amante como si aún tuviera algún derecho sobre ella.
—No.
La palabra cayó seca en medio de la boutique. La vendedora se hizo la que ordenaba unas perchas.
—¿Cómo que no? —Rodrigo frunció el ceño.
—No —repitió Renata, y colgó el vestido de su propio brazo—. Es mío. Lo agarré yo primero. Y ya me cansé de entregarles cosas a los dos.
Ximena, a su lado, se cruzó de brazos y soltó, con una sonrisa venenosa:
—Ay, Rodrigo, pero qué poca cosa te volviste. Tres años montado en esta mujer que se levantaba antes del amanecer a hacerte el desayuno, que terminó vomitando sangre en un hospital por brindar en tus cenas, y ahora andas mendigando vestidos para tu querida. Das pena ajena, en serio.
Rodrigo se puso rojo. Por un segundo, uno solo, algo le cruzó la cara, como si las palabras de Ximena le hubieran encajado en algún lado y de golpe recordara todo lo que Renata había hecho por él, y vaciló.
Pero enseguida se acordó de lo otro, de la versión que él se contaba, de cómo Renata lo había "engañado" para acostarse con él y forzar esa boda, y la duda se le enfrió en la cara.
—No sabes nada, Ximena. —Le lanzó una mirada de desprecio—. Esta mujer no es la santa que ustedes creen.
Renata sintió que la sangre le hervía, y en vez de contestar, sacó el teléfono. Abrió la galería, giró la pantalla hacia él y le mostró una de las fotos que Daniela misma le había mandado: los dos, en la cama, la noche anterior.
—¿No? —La voz le salió filosa—. Pues esta foto que tu novia me mandó de regalo de aniversario dice otra cosa. Y le va a decir lo mismo al juez.
A Rodrigo se le borró la arrogancia de golpe. Se le fue todo el color y después le volvió de un envión, la cara descompuesta de rabia.
—Dame ese teléfono.
—Ni lo sueñes.
Rodrigo dio un paso y le manoteó la muñeca, tratando de arrancarle el móvil de la mano, y Renata sintió los dedos de él cerrándose sobre su brazo con fuerza, jalándola, la pantalla resbalándosele entre los dedos.
—¡Suéltame!
—Borra esa foto, Renata, te lo advierto—
Una mano grande, de dedos largos, cayó sobre la muñeca de Rodrigo y se cerró como una tenaza.
—Te sugiero que la sueltes.
Renata no necesitó levantar la vista para saber quién era, porque el olor a tabaco y madera le llegó antes que la voz.
Adrián.
Era media cabeza más alto que Rodrigo, y aunque no había alzado el tono ni cambiado la cara, algo en su forma de sostenerle la muñeca hizo que Rodrigo soltara a Renata en el acto y se quedara quieto, como un animal que de pronto entiende que dejó de ser el más grande del cuarto.
Mientras Adrian buscando y averiguando la vida de Roxana sale una foto de los amantes Octavio Cárdenas y Roxana como siempre lo han sido amantes.