Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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¿Un Hombre Nuevo? (Inicio T2)
Habían pasado seis meses.
Seis meses desde aquella mañana.
Seis meses desde que Haruto Saitō había disparado contra su mejor amigo.
En ese tiempo, Tokio no había cambiado.
Seguía siendo la misma ciudad llena de luces.
Los mismos trenes.
Las mismas calles llenas de personas caminando con prisa.
La diferencia era él.
Antes caminaba mirando el suelo.
Ahora las personas se apartaban cuando caminaba.
Antes nadie sabía su nombre.
Ahora todos lo conocían.
El automóvil negro se detuvo frente a un edificio de oficinas.
El conductor bajó primero y abrió la puerta.
Haruto salió con un traje oscuro perfectamente ajustado.
No parecía un hombre que perteneciera al mundo de las deudas.
Parecía alguien que siempre había tenido poder.
Algunos miembros jóvenes de la organización lo miraron al pasar.
No con miedo.
Con respeto.
—Saitō-san.
Haruto apenas inclinó la cabeza.
No sonreía.
Ya casi nunca lo hacía.
La oficina era diferente a la de antes.
Más grande.
Más limpia.
Su nombre estaba escrito en una pequeña placa sobre el escritorio.
Haruto se quedó mirándola unos segundos.
Le parecía extraño.
Porque todavía recordaba el primer día.
Cuando entró buscando una forma de pagar medicamentos.
Cuando pensaba que solo estaría allí unos meses.
Cuando todavía creía que podía controlar la situación.
Ahora tenía subordinados.
Personas que esperaban sus órdenes.
Personas que querían ser como él.
Esa idea le provocaba más miedo que orgullo.
—¿Vas a seguir mirando tu nombre todo el día?
Haruto levantó la vista.
Kenji estaba apoyado en la puerta.
Durante un segundo, una vieja sensación apareció.
Como antes.
Como cuando entraba a la oficina y encontraba a su compañero molestándolo.
Pero la sensación desapareció rápido.
Porque Kenji ya no era exactamente el mismo.
Ni él tampoco.
—Pensaba.
Kenji soltó una pequeña risa.
—Eso es peligroso en este trabajo.
Haruto casi sonrió.
Casi.
—¿Qué necesitas?
Kenji dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Una entrega.
Haruto abrió la carpeta.
Leyó los detalles.
Nada complicado.
Nada que no hubiera hecho decenas de veces.
Pero antes habría preguntado.
Ahora simplemente cerró la carpeta.
—Lo haré.
Kenji lo observó.
—Antes preguntabas más.
Haruto se quedó quieto.
—Antes era diferente.
Kenji no respondió.
Porque ambos sabían que esa frase podía significar demasiadas cosas.
Cuando terminó el trabajo, Haruto no volvió a su departamento.
Como todos los días.
Manejó durante una hora.
Se alejó de Tokio.
Dejó atrás los edificios.
Las luces.
El ruido.
Hasta llegar a un pequeño camino rodeado de árboles.
Ahí estacionó.
Y caminó.
Siempre el mismo camino.
Siempre los mismos pasos.
Hasta llegar al lugar.
El altar.
La piedra seguía ahí.
Pero cada vez estaba más cubierta de musgo.
El pequeño árbol que había plantado había crecido.
Las ramas empezaban a cubrir el cielo.
Haruto limpió algunas hojas.
Se sentó frente a la piedra.
Y habló.
—Hoy me dieron una oficina.
Silencio.
—Te habría gustado.
Pausa.
—Aunque seguramente dirías que me estoy volviendo un viejo aburrido.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Después desapareció.
—Conocí a algunos chicos nuevos.
Bajó la mirada.
—Me miran como antes yo miraba a Shinji.
Silencio.
—Eso me preocupa.
El viento movió las ramas.
Haruto miró la piedra.
—Porque sé lo que van a encontrar.
Otra pausa.
—Sé lo que van a perder.
Pasaron varios minutos.
Como siempre.
Después sacó un cigarrillo.
No lo encendió.
Solo lo sostuvo.
—Aiko me escribió ayer.
Por primera vez en mucho tiempo, su voz cambió.
—Dice que está bien.
Miró al suelo.
—No sé si creerle.
Silencio.
—Creo que los dos sabemos que ya terminó.
La frase le costó más de lo esperado.
Porque aunque la aceptaba...
Todavía dolía.
Cuando se levantó para irse, escuchó una voz detrás.
—¿Quién es?
Haruto se quedó inmóvil.
Se dio vuelta.
Un joven estaba parado a unos metros.
No parecía mayor de veinte años.
Cabello oscuro.
Mirada intensa.
Demasiado enojo en los ojos.
Haruto reconoció inmediatamente esa mirada.
Porque alguna vez había sido suya.
—¿Qué haces aquí?
El joven dudó.
—Lo seguí.
Haruto frunció el ceño.
—Eso fue un error.
—Quería saber dónde viene el hombre que todos respetan.
Silencio.
Haruto lo observó.
—¿Tu nombre?
—Takumi Arai.
El nombre quedó flotando.
Haruto recordó haberlo visto en la organización.
Un novato.
Uno de los nuevos.
—¿Por qué me seguiste?
Takumi miró la piedra.
Después a Haruto.
—Porque quiero ser como usted.
Haruto sintió algo extraño.
No enojo.
No sorpresa.
Miedo.
—No.
Takumi quedó confundido.
—¿Qué?
Haruto caminó hacia él.
—No quieres ser como yo.
—Pero todos dicen que...
—Todos ven lo que quieren ver.
Su voz fue más dura de lo que pretendía.
—Ven el auto.
Ven el dinero.
Ven el respeto.
No ven esto.
Señaló el altar.
Takumi miró la piedra.
—¿Quién era?
Haruto tardó en responder.
—Mi amigo.
El joven bajó la mirada.
—¿Murió en un trabajo?
Silencio.
Haruto no respondió.
No podía.
Esa noche volvió a casa.
El departamento era enorme.
Demasiado enorme.
Dejó las llaves sobre la mesa.
Antes vivía en un lugar pequeño donde apenas entraban todos.
Ahora tenía habitaciones vacías.
Espacios que nadie ocupaba.
Sirvió un vaso de agua.
Se quedó mirando la ciudad desde la ventana.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
"Arai parece tener potencial."
Haruto reconoció el número.
Shinji.
Sus dedos se tensaron.
Respondió:
"No lo uses."
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"¿Usar?"
"Yo hice lo mismo contigo."
Haruto se quedó mirando la pantalla.
No respondió.
Porque esa era la parte más aterradora.
Shinji no estaba equivocado.
Había encontrado a Haruto cuando estaba desesperado.
Le dio una razón para seguir.
Y después convirtió esa razón en una cadena.
El teléfono volvió a vibrar.
Otro mensaje.
"Entrénalo bien."
Haruto apagó la pantalla.
Pero no pudo dormir.
Porque por primera vez desde que mató a Ryō...
No tenía miedo de perder algo.
Tenía miedo de crear algo.