"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 13 ¿Qué quieres decir?
Mientras tanto, en el apartado privado del Mercader Pescante, Rocco seguía sentado, observando el caos que él mismo había provocado. Mariano regresó y se sentó frente a él.
—¿Sabes, hermano? —dijo Mariano, con una sonrisa—. Esto se está poniendo interesante.
Rocco levantó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Primero tú y la hermana. Luego César y la prima. Y ahora... —Mariano se inclinó hacia adelante—. Joaquín Santana y Mia. Se acaban de besar en las escaleras.
Rocco se quedó en silencio por un momento. Luego, una sonrisa lenta se extendió por su rostro.
—Parece que la guerra entre Santana y Santoro está tomando un rumbo diferente —dijo, con voz pensativa—. Más... interesante.
—¿Y tú? —preguntó Mariano—. ¿Qué vas a hacer con tu conejita?
Rocco no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hacia la ventana y miró la ciudad que se extendía a sus pies.
—Voy a esperar —dijo, con voz baja—. Que ella venga a mí. Porque cuando lo haga... va a ser porque quiere. No por una apuesta.
Mariano lo miró, sorprendido.
—Nunca te había visto así, hermano. ¿Estás seguro de que esto no es más que un juego?
Rocco se giró, y por un instante, Mariano vio algo en sus ojos que no había visto antes. Algo que no era frío ni calculador.
—Eso es lo que intento descubrir, Mariano. —Dijo, con voz suave—. Eso es lo que intento descubrir.
*_*
Camila y Carola llegaron al departamento de Camila en el centro de la ciudad. Un espacio moderno, minimalista, que ella había comprado con sus ahorros y el dinero que su padre le había dado como regalo de graduación. Era su refugio, su lugar seguro, lejos del caos de la mansión Santana y las constantes rencillas familiares.
—Bueno, aquí estamos —dijo Camila, dejando las llaves en la mesita de la entrada—. El santuario de la paz.
Carola soltó una risita.
—¿Santuario? Cami, acabas de llegar de una batalla campal en un bar, y casi chocas tres veces en el camino. No sé qué tan pacífico sea esto.
—Es pacífico porque no hay Santoros aquí —respondió Camila, dejándose caer en el sofá—. Y porque no tengo que escuchar a mi madre hablar de Rocco Santoro como si fuera el anticristo.
—Pero tú piensas en él —dijo Carola, sentándose a su lado y abriendo una botella de vino tinto que había traído—. No me digas que no.
Camila guardó silencio. Tomó la copa que su prima le ofrecía y dio un largo sorbo antes de responder.
—Pienso en él, sí. Pero no porque quiera. Es porque no puedo dejar de preguntarme qué demonios pasa por su cabeza. ¿Por qué me soltó? ¿Por qué no aprovechó la oportunidad para humillarme delante de todos? ¿Por qué me miró como si...?
—¿Como si qué? —insistió Carola.
—Como si yo fuera la única persona en el mundo —susurró Camila, y las palabras le quemaron al decirlas.
Carola soltó un silbido.
—Eso es profundo, prima. Muy profundo.
—No es profundo, es preocupante —dijo Camila, enderezándose—. Ese hombre es un Santoro. Es el enemigo. El que ha arruinado a mi familia, el que ha hecho la vida imposible a mis hermanos, el que...
—El que te ha hecho sentir cosas que no habías sentido antes —interrumpió Carola—. Porque no me vengas con cuentos, Cami. Te conozco. Y sé que nunca has sido tan intensa con nadie como con él.
Camila abrió la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. Porque era cierto. Todo era cierto.
Había tenido novios en el extranjero. Hombres guapos, interesantes, que la cortejaban y la trataban bien. Pero ninguno la había hecho sentir como Rocco Santoro. Ninguno la había desafiado, la había provocado, la había puesto al borde de la locura y luego la había dejado en el abismo de la incertidumbre.
—Es un demonio —dijo finalmente—. Eso es todo. Es un demonio y yo soy una estúpida por siquiera pensar en él.
—Los demonios pueden ser muy atractivos —dijo Carola, riendo—. Mira a César, por ejemplo. Ese tipo es un infierno con patas y yo no puedo dejar de pensar en él.
—¿César? —Camila frunció el ceño—. ¿César Santoro? ¿El que te estaba molestando en el bar?
—El mismo —Carola sonrió con picardía—. Es un idiota, un creído, un desgraciado que me hace hervir la sangre. Pero cuando me mira... siento que soy el centro del universo. Es horrible. Y maravilloso. Y no sé qué hacer con eso.
Camila la miró, y por primera vez desde que había regresado a casa, sintió que no estaba sola. Que alguien entendía su confusión. Que alguien más estaba atrapada en la misma telaraña de emociones contradictorias.
—¿Qué vamos a hacer, Caro? —preguntó, con voz pequeña—. ¿Cómo vamos a lidiar con esto?
—No lo sé —admitió su prima—. Pero tal vez no tengamos que lidiar con ello solas. Tal vez debamos enfrentarlo juntas. Santana contra Santoro. Pero... a nuestra manera.
—¿A nuestra manera? ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —Carola se inclinó hacia ella, con una sonrisa maliciosa— que tal vez es hora de dejar de ser las víctimas. Tal vez es hora de jugar su mismo juego. Si ellos quieren guerra, les daremos guerra. Pero con nuestras propias reglas.
Camila la miró, y poco a poco, una sonrisa comenzó a formarse en sus labios.
—¿Estás sugiriendo que usemos su propia arma en su contra?
—Exactamente —dijo Carola—. Si ellos quieren desestabilizarnos, desestabilicémoslos a ellos. Si quieren jugar con nuestros sentimientos, juguemos con los suyos. Pero con cuidado. Con estrategia. Como un juego de ajedrez.
Camila asintió lentamente.
—Tienes razón. No podemos seguir siendo las presas. Tenemos que convertirnos en las cazadoras.
—¡Eso es! —Carola levantó su copa—. Por nosotras. Por las Santana que no se dejan vencer.
—Por nosotras —repitió Camila, chocando su copa con la de su prima.
Y en ese momento, en la intimidad de su departamento, las dos primas hicieron un pacto. Un pacto que cambiaría el rumbo de la guerra entre Santana y Santoro para siempre.