Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 24
Capítulo 24
Sangre Montero
A las siete de la mañana, el teléfono de Renata sonó con un mensaje de Dante. Dos líneas: "Sube. Ahora."
No "por favor". No "cuando puedas". "Ahora."
Renata se vistió en tres minutos, se recogió el pelo con una liga y subió al Penthouse. Joaquín abrió la puerta sin decir palabra, pero su postura era distinta a la de otras veces: más rígida, con los hombros cuadrados y las manos muy juntas frente al cuerpo. Algo había pasado.
Dante estaba de pie junto al ventanal, de espaldas. Llevaba un traje gris oscuro y la camisa abotonada hasta el cuello. Cuando se giró, Renata vio dos cosas. La primera: sus ojos tenían una frialdad que no les había visto desde el día del café en el centro, cuando le propuso el trato. La segunda: del bolsillo superior del saco asomaba un pañuelo blanco con una mancha oscura en la esquina. No era vino ni café. Era sangre.
—Hoy no hay actividades sociales —dijo Dante. La voz era plana, sin textura, como una hoja de metal—. Pero necesito que vengas conmigo a una reunión familiar. No hables a menos que yo te lo pida.
—¿Qué pasó?
—Marcos pasó.
No dijo más. Renata no preguntó más.
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La camioneta los llevó primero a Grupo Montero. La sala de juntas del piso doce estaba preparada como para una reunión de negocios: carpetas en la mesa, agua embotellada, una pantalla apagada. Pero no era una reunión de negocios. Era un tribunal.
Don Aurelio llegó quince minutos después, escoltado por Santos y otro guardia que Renata no conocía. El patriarca caminó hasta la cabecera de la mesa con la lentitud deliberada de un hombre que sabe que nadie empieza hasta que él se sienta. Se sentó. Puso el bastón a su derecha, como quien pone una espada sobre la mesa.
—Que pase Marcos —dijo.
Marcos entró. Renata lo vio y entendió de dónde venía la sangre del pañuelo de Dante: Marcos tenía el labio inferior hinchado y un moretón debajo del ojo izquierdo que el maquillaje no alcanzaba a cubrir. Se sentó frente a Dante sin mirarlo.
Fermín, el administrador, estaba en la esquina con una libreta y una expresión de hombre que preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta.
—Habla —dijo Don Aurelio, mirando a Marcos.
Marcos se enderezó. Tenía los ojos brillantes de alguien que ha cruzado una línea y ha decidido no volver.
—Abuelo, llevo meses intentando hablar contigo sobre la administración de Grupo Montero. Los números no cuadran. Las inversiones en la costa han perdido un quince por ciento en el último trimestre. La reestructuración del puerto no avanza. Y mientras tanto, tu heredero prefiere llevar a su traductora al supermercado que revisar los estados financieros.
El comentario sobre el supermercado fue una bala dirigida a Renata. Ella no parpadeó. Marcos continuó:
—Pido formalmente que reconsideres la estructura de sucesión. Yo tengo la sangre, tengo la preparación, y tengo el compromiso con esta familia que Dante claramente no tiene.
Don Aurelio escuchó sin moverse. Sus ojos iban de Marcos a Dante como los de un juez evaluando a dos acusados.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Terminé.
—Dante.
Dante no se levantó. Abrió el portafolio que tenía a su lado —negro, de cuero, el mismo tipo que le había dado a Renata con la agenda de eventos— y sacó una carpeta. La deslizó por la mesa hacia Don Aurelio.
—Cuenta bancaria en Panamá —dijo Dante. La voz era quirúrgica—. A nombre de una sociedad fantasma registrada en las Islas Vírgenes. Titular real: Marcos Montero Duarte. Movimientos de los últimos dieciocho meses: tres transferencias desde cuentas operativas de Grupo Montero por un total de cuatro millones setecientos mil pesos. Destino: inversiones especulativas en criptomonedas. Resultado: pérdida del ochenta y dos por ciento del capital.
Renata observó la escena desde su silla, sin moverse, sin respirar más de lo necesario. Dante no había alzado la voz. No había gesticulado. Había puesto los hechos sobre la mesa con la misma calma con que pondría un plato frente a un invitado. Y esa calma era más devastadora que cualquier grito.
Marcos palideció. No la palidez gradual de quien recibe una mala noticia, sino la palidez instantánea, total, de un animal que pisa una trampa.
—Abuelo, eso es... eso no...
—¿No es verdad? —Dante señaló la carpeta—. Los documentos están firmados con tu identificación fiscal. Las transferencias tienen tu autorización digital. Y el corredor de inversiones en Panamá tiene tu foto en sus archivos de cliente.
Don Aurelio abrió la carpeta. La leyó en silencio. Las páginas crujían cuando las pasaba. Nadie habló. Renata contó las respiraciones de Marcos: rápidas, superficiales, como las de alguien que corre sin moverse. Dante, en cambio, respiraba con la regularidad de una máquina. El aire de la sala de juntas se volvió pesado, como antes de una tormenta.
—Vamos a la Hacienda —dijo Don Aurelio. Cerró la carpeta con un golpe seco—. Esto no se discute aquí.
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La Hacienda estaba en silencio. No el silencio de paz sino el de los lugares donde la gente sabe que algo va a romperse.
El estudio de Don Aurelio era una habitación que Renata no había visto antes: paredes de madera oscura, estantes con libros encuadernados en piel, un escritorio enorme de caoba con una lámpara verde, y sobre la chimenea apagada, tres retratos al óleo de hombres Montero de generaciones anteriores. El olor era a tabaco viejo, a cuero y a dinero antiguo.
Don Aurelio se sentó detrás del escritorio. Marcos a la izquierda, Dante a la derecha. Renata fue dirigida a un sillón en la esquina, junto a un librero. Nadie le explicó por qué estaba ahí. Santos se quedó en el pasillo, con la puerta entreabierta. Renata podía verlo de reojo: una silueta inmóvil en el marco de la puerta, con la mirada fija al frente pero los oídos, sin duda, absorbiendo cada palabra que se decía adentro.
—Marcos —dijo Don Aurelio. Su voz era baja, el tipo de voz que no necesita volumen porque tiene peso—. Cuatro millones setecientos mil pesos. De nuestra empresa. En un casino virtual en Panamá.
—Abuelo, puedo explicar...
—No. No puedes. —Don Aurelio levantó el bastón y lo dejó caer sobre el escritorio. El golpe hizo saltar los bolígrafos—. Consideré mandarte a España otra vez. O a Argentina. Lejos, donde no pudieras seguir haciendo estupideces con mi dinero. Pero ya probé eso y no funcionó. Así que te quedas aquí. Donde yo pueda verte. Y no tocarás una cuenta de Grupo Montero hasta que yo diga lo contrario. ¿Está claro?
Marcos apretó los dientes. Sus ojos iban de Don Aurelio a Dante con la oscilación frenética de un hombre acorralado.
—¿Está claro? —repitió Don Aurelio.
—Claro, Abuelo.
—Bien. —Don Aurelio se recargó en el respaldo de la silla. Los retratos de los Montero anteriores lo miraban desde la chimenea con esa solemnidad ficticia de los óleos familiares. Tres generaciones de hombres con mandíbulas cuadradas y ojos fríos, pintados por artistas que cobran por metro cuadrado de dignidad. Renata se preguntó cuántos de esos hombres habrían tenido esta misma conversación en este mismo escritorio, con un hijo que decepcionaba y un heredero que no era lo que parecía.
Y entonces Marcos hizo algo que cambió el aire de la habitación como un cuchillo cambia la temperatura de la piel que corta.
Se puso de pie. Miró a Dante. Y dijo, con una voz que le salió del fondo del estómago, cargada de veneno y de algo que se parecía al triunfo de quien sabe que va a perder pero quiere llevarse algo con él:
—¡Al menos yo soy un Montero de verdad!
La frase rebotó en las paredes de madera como una bala.
Don Aurelio no se movió. Su mano derecha estaba sobre el bastón, pero los nudillos se le habían puesto blancos. Dante tampoco se movió, pero Renata vio algo que nadie más vio porque nadie más lo estaba mirando con la atención de un lingüista que lee labios y manos: la mano derecha de Dante, la que estaba apoyada en el brazo del sillón, se cerró lentamente en un puño. No de golpe. Despacio. Como si estuviera apretando algo invisible hasta que se rompiera.
"Al menos yo soy un Montero de verdad."
Renata sintió que la sangre le bajaba de la cara. La frase resonó en su cabeza como un eco en un túnel: "de verdad, de verdad, de verdad." Todo lo que ella había investigado —las huellas, el lunar, la guitarra, el café de olla, la mano dominante— condensado en seis palabras que Marcos escupió como veneno.
Marcos lo sabía. O lo sospechaba con la convicción suficiente como para decirlo en voz alta frente al patriarca. El hombre sentado a la derecha de Don Aurelio, el heredero, el Jefe, el que firmaba con la mano derecha y hacía café de olla a las dos de la mañana —ese hombre no era un Montero de verdad—. Y Marcos acababa de ponerlo sobre la mesa como una granada sin seguro.
Don Aurelio miró a Marcos. Después giró la cabeza hacia Dante. Los ojos del viejo eran dos pozos oscuros que no revelaban nada: ni sorpresa, ni furia, ni confirmación. Solo la quietud absoluta de un hombre que lleva setenta y cinco años jugando este juego y que sabe que el próximo movimiento definirá todo.
Renata, desde su sillón en la esquina, dejó de respirar. El reloj de péndulo detrás del escritorio seguía marcando los segundos con golpes secos que nadie escuchaba. En el pasillo, Santos no se había movido un milímetro.
Don Aurelio abrió la boca para hablar.