Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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capitulo 2
Cuando llegué a las mesas aquel día, me senté con ellas como siempre.
No tenía dinero para comprar nada en la tienda, así que solamente llevaba mi botella de agua.
Las tres se miraron entre sí cuando me acerqué.
Sentí que algo estaba mal.
—Amigas, ¿por qué no me hablaron para salir al receso? —pregunté.
Alea soltó una risa.
—Porque eres una pobretona que nunca tiene dinero para comprar nada.
Elisa se rio también, pero fingió regañarla.
—No le hables así a Israel.
Después me miró directamente a los ojos.
Nunca olvidaré esa mirada.
—Mira, Asa. Ya no quiero ser tu amiga.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué?
—Me cansa que no tengas teléfono, que nunca puedas salir y que siempre tengas problemas. La verdad me da vergüenza.
La observé sin poder creerlo.
—¿Te da vergüenza?
—Sí. ¿No te da vergüenza que tus papás no tengan dinero?
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
No podía creer que la persona a la que más confianza le tenía me estuviera diciendo eso.
Me puse de pie.
—Elisa, yo de verdad te consideraba mi amiga.
Mi voz temblaba.
Las miré a las tres.
—No quiero que me hablen. No quiero que me busquen. Y tampoco quiero volver a verlas.
Di media vuelta y me fui antes de que me vieran llorar.
Llegué a uno de los pasillos cercanos al baño y me senté en el piso.
Lloré.
Lloré como si se hubiera roto algo dentro de mí.
Después de unos minutos vi unos tenis frente a mí.
—Niña, ¿por qué lloras?
Levanté la mirada.
Era Emilio.
Sin decir nada, se quitó el suéter y me lo puso sobre los hombros.
Les dijo algo a sus amigos y ellos se marcharon.
Después se sentó a mi lado.
No hizo preguntas.
No insistió.
Simplemente se quedó ahí.
A veces eso es lo que más necesita una persona.
Compañía.
Cuando logré tranquilizarme, levanté la vista.
Sus ojos estaban puestos en mí.
Le sonreí.
—Gracias.
Y desde ese día todo cambió.
Emilio se convirtió en mi mejor amigo.
Fue la primera persona que realmente se quedó cuando todos los demás decidieron irse.
Con el tiempo le conté cosas que jamás había contado a nadie.
Le hablé de mi casa.
De los gritos.
Del miedo.
De las veces que llegaba triste a la escuela.
Y él siempre me escuchaba.
Pasaron los años.
Entramos a la preparatoria.
Él iba un grado adelante que yo.
Mientras tanto, las cosas empeoraban.
Cuando Emilio salió de la escuela, Elisa y las otras dos comenzaron a hacerme la vida imposible.
Contaban mis problemas a los demás.
Se burlaban de mí.
Inventaban cosas.
Yo intentaba ignorarlas, pero cada día era más difícil.
Me sentía sola.
Perdida.
Hubo momentos en los que pensé que nunca saldría de esa situación.
Hasta que Emilio me hizo una propuesta.
—Vámonos.
Al principio pensé que estaba bromeando.
Pero hablaba en serio.
Y aunque me daba miedo, también estaba cansada de vivir como vivía.
Así que acepté.
Nos fuimos juntos.
Rentamos un pequeño lugar.
Dejamos la preparatoria.
Mis padres dejaron de hablarme.
Los padres de Emilio no estaban de acuerdo, pero terminaron respetando su decisión.
Por primera vez sentí que tenía una oportunidad de comenzar de nuevo.
Trabajábamos.
Pagábamos nuestras cuentas.
Y aunque no teníamos lujos, éramos felices.
Yo nunca le dije que lo amaba.
Pero creo que él siempre lo supo.
Era mi mejor amigo.
Mi compañero.
La persona que más quería en el mundo.
Y durante un tiempo pensé que nada podría cambiar eso.
Pero la vida tenía otros planes.
Una tarde de octubre de 2019 recibí una llamada.
Yo estaba acostada viendo televisión cuando contesté.
La voz del otro lado me preguntó si conocía a Emilio.
En cuanto escuché su nombre sentí que algo estaba mal.
Lo siguiente que dijeron cambió mi vida para siempre.
Emilio había fallecido en un accidente.
Recuerdo el silencio.
Recuerdo que dejé de escuchar todo lo demás.
Recuerdo sentir que el mundo se derrumbaba bajo mis pies.
Después vinieron los días más difíciles de mi vida.
El dolor.
La culpa.
Los comentarios.
Las personas buscando un responsable.
Y muchas veces ese responsable fui yo.
Me señalaron.
Me juzgaron.
Me hicieron sentir que todo era mi culpa.
Pero al final comprendí algo.
Hay heridas que nadie puede cargar por nosotros.
Y hay pérdidas que simplemente aprendemos a sobrevivir.
Un año después vendí todo lo que tenía.
Me mudé a otra ciudad.
Terminé la preparatoria abierta.
Conseguí trabajo en un supermercado.
Y comencé a estudiar Arquitectura gracias a una beca.
No era la vida que había imaginado.
Pero era una nueva oportunidad.
Una lágrima resbaló por mi mejilla cuando regresé al presente.
La pareja que estaba frente a los pañales me observó confundida.
—Disculpe —preguntó la mujer—. ¿Me podría decir el precio de este paquete?
Parpadeé varias veces y me limpié el rostro.
—Claro —respondí, forzando una sonrisa—. Permítame revisarlo.