Un alma implacable despierta en un cuerpo ajeno.
Tras el trágico final de la antigua Aria Thorne, un espíritu frío, astuto y deslumbrante toma el control de su vida. Decidida a vengar el humillante pasado de la chica tímida, desmantela la arrogancia de Pietro y destroza la envidia de su hermanastra Chloe.
En la élite universitaria, la nueva Aria se convierte en una pesadilla intocable y despierta el peligroso deseo de Dante Vance. Sin romanticismos ni piedad, un juego de seducción y poder comienza.
La víctima murió... hoy reina la destructora.
NovelToon tiene autorización de Andreina Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 23: Devoción y posesión
Eran las tres de la mañana cuando el sueño de Aria se esfumó por completo. La penumbra de la habitación apenas permitía intuir las siluetas del lujoso penthouse. Al intentar moverse, se descubrió aprisionada por el brazo firme y pesado de Dante, que reposaba sobre su cintura. Lo observó de reojo: él dormía profundamente, con la respiración pausada y los rasgos relajados, despojado por un momento de la arrogancia y la frialdad con la que solía enfrentarse al mundo.
Con absoluta cautela, Aria se deslizó fuera del agarre, bajó de la cama en su completa desnudez y caminó en silencio hacia el baño adyacente para atender sus necesidades.
Al regresar a la habitación, la luz tenue de la ciudad que entraba por el ventanal iluminó la cama. Aria se metió despacio bajo las sábanas, pero no volvió a cerrar los ojos. En su lugar, acomodó la cabeza sobre la almohada y se dedicó a recorrer con la mirada, centímetro a centímetro, el cuerpo desnudo de Dante.
Era una escultura perfecta. Observó la firmeza de su mandíbula marcada, el ancho de sus hombros y la potencia de sus pectorales, que bajaban hacia un abdomen esculpido en Cuadritos perfectos, firme y sin un solo gramo de grasa. Ni siquiera en los recuerdos de su vida pasada, cuando su alma acostumbraba a disfrutar de la seducción y el placer sin reservas con múltiples amantes, había conocido a un hombre con semejante estampa, una resistencia tan abrumadora y una virilidad impecable. Su mirada descendió hasta el centro de su anatomía: su miembro, despojado de ropa, descansaba con un tamaño imponente, de carne gruesa y con la punta rosada y carnosa que a ella la hacía delirar de solo recordarlo.
Pérdida en sus pensamientos, Aria no se dio cuenta de que su mano había comenzado a moverse por instinto. Sus dedos iniciaron un trazo suave sobre la piel cálida del pecho de Dante, descendiendo por las líneas de su abdomen hasta bordear la pelvis.
Una sonrisa maliciosa y calculadora se dibujó en sus labios. Si ella no tenía sueño, Dante tampoco iba a dormir.
Decidida a jugar un rato, Aria apartó la sábana que lo cubría. Se posicionó entre sus piernas y se inclinó sobre su miembro, comenzando a frotarlo con la palma de la mano, aplicando una presión lenta que provocó que Dante soltara un gemido grave y ronco entre sueños. Justo cuando él empezaba a recobrar el conocimiento y a entreabrir los ojos, Aria no le dio tiempo de reaccionar: se lo introdujo de golpe en la boca hasta el fondo de la garganta.
Dante se levantó de un salto en la cama, sobresaltado, con la respiración cortada por la sorpresa de encontrarse con la travesura de Aria. Quiso hablar, pero las palabras se convirtieron en gemidos ahogados y profundos. Aria no le dio tregua; trabajaba con una maestría absoluta, succionando, lamiendo la punta rosada y jugando al mismo tiempo con sus testículos, haciendo que el cuerpo de Dante se retorciera sobre el colchón de puro placer.
Él sepultó las manos en el cabello de ella, sujetando sus mechones con desesperación mientras arqueaba la espalda.
—Aria... mi amor... me vas a volver loco —alcanzó a articular Dante con la voz rota y jadeante.
Aria aceleró el ritmo, jugando con la succión y el roce hasta que el límite de Dante colapsó. Con un gemido gutural, él se deconstructó en su boca, eyaculando ráfagas cálidas que ella se tragó sin dudar. Cuando Aria se retiró, lo miró fijamente a los ojos mientras se limpiaba de forma lenta las comisuras de los labios y se chupaba los dedos con absoluta provocación.
Sin dejarlo asimilar la descarga, Aria se impulsó hacia arriba y se posicionó sobre él. Tomó su masculinidad aún erguida y se dejó caer de golpe, penetrándose ella misma. Un gemido agudo, mezcla de una punzada de dolor remanente y un placer voraz, se le escapó del pecho.
Dante sujetó sus caderas con fuerza, soltando un gruñido bajo. Aria comenzó a cabalgarlo con movimientos desesperados y coordinados, demostrando el dominio absoluto de su alma experta. Dante, completamente cautivado, extendió las manos para apoderarse de sus senos —su parte favorita de ella—, apretándolos, moldeándolos y llevándose los pezones a la boca para morderlos y succionarlos con devoción mientras ella continuaba subiendo y bajando sobre él.
Aria marcaba el compás, usando sus glúteos y muslos para exprimir cada embestida. Dante la acompañaba desde abajo, acariciando su cintura, sus piernas y dándole besos abrasadores en el cuello. Sin embargo, cuando sintió que ella estaba al borde de su propio clímax, Dante invirtió el orden de un solo impulso: la giró sobre la cama, la colocó a gatas y acomodó las piernas de ella sobre sus hombros. Con embestidas rápidas, profundas y potentes, la llevó directo al límite, alcanzando él también la cúspide segundos después para dar por terminada la faena.
Ambos quedaron tendidos sobre el colchón, exhaustos y bañados en sudor. Pero la noche aún era joven. Entre breves descansos, caricias y la química incontrolable que los consumía, continuaron con dos rondas más de pura pasión hasta que el agotamiento los rindió cerca de las cinco de la mañana.
Cuando la luz del mediodía comenzó a iluminar la habitación, Aria se levantó en silencio. Miró a Dante, quien seguía profundamente dormido, y caminó hacia la cocina del penthouse para preparar algo de comer.
Minutos después, Dante comenzó a desperezarse entre las sábanas. Al estirar el brazo y notar el espacio vacío a su lado, un sentimiento frío de frustración y vaciamiento lo invadió al instante. Pensó que Aria lo había vuelto a dejar solo, que se había marchado sin decir nada como solía hacerlo. Con la mandíbula apretada y la molestia reflejada en el rostro, se levantó, entró al baño, se duchó rápidamente y se vistió.
Sin embargo, al bajar las escaleras y dirigirse hacia la cocina, la escena lo paralizó.
Aria estaba ahí, frente a la cocina, vistiendo solo una camisa grande de él mientras preparaba el desayuno entre el aroma a café fresco. Un suspiro de alivio absoluto recorrió el pecho de Dante, borrando de golpe toda la tensión.
Avanzó en silencio por detrás, la tomó por la cintura, la alzó en un solo movimiento fluido y la sentó sobre la encimera de la cocina. Pegó su cuerpo al de ella y comenzó a llenarle la boca y el cuello de besos apasionados y hambrientos, arrancándole un suspiro ahogado.
Aria, riendo entre los besos, colocó las manos firmes sobre el pecho de Dante para detener la embestida.
—Tranquilo, desesperado —dijo ella con una sonrisa tentadora, rozando sus labios—. Primero desayunamos.
Dante soltó un gruñido bajo pero cediendo a regañadientes, dándole un último beso profundo antes de dejarla bajar. Se sentaron a comer entre risas, miradas complicres y charlas ligeras. Aprovechando que era fin de semana y ninguno tenía prisa, Dante la tomó de la mano sobre la barra y la miró con intensidad.
—El fin de semana apenas empieza, fiera. Quiero llevarte al centro comercial a comer algo, dar una vuelta y despejar la mente.
Aria sonrió con elegancia y aceptó la propuesta, lista para salir con él.