Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 19
La tarde del lunes se sentía pesada en las instalaciones del complejo deportivo. Tras salir del sótano de Mega-Market Prime con la sangre hirviéndome por la impotencia de ver a Elena rota por las burlas, me dirigí directamente al estadio para cumplir con los compromisos del club. El ambiente en los pasillos de prensa era tenso; los rumores de los tabloides habían corrido como pólvora y los fotógrafos se agolpaban detrás de los cordones de seguridad buscando capturar cualquier gesto de debilidad en mi rostro.
Mi representante me tomó del brazo justo antes de cruzar la puerta doble del auditorio principal.
—Aksel, por favor, mantén la cabeza fría —me susurró con evidente nerviosismo—. Las preguntas sobre tu vida privada no están permitidas en la pauta oficial. Si alguien rompe el protocolo, el jefe de prensa cortará el micrófono de inmediato. Tú solo limita a hablar del partido del viernes y del entrenamiento.
Le dediqué una mirada glacial, acomodándome los puños de la chaqueta oficial del equipo.
—Nadie va a cortar ningún micrófono hoy —le respondí con una voz grave y pausada que no admitía replicas—. Apártate de mi camino.
Ajusté mi postura y entré a la sala. El destello rítmico de decenas de flashes me recibió al instante, acompañado por el murmullo de más de cincuenta periodistas acreditados. Me senté al centro de la mesa principal, frente al micrófono del club, con una frialdad y una compostura que infundían respeto. A mi lado, el jefe de prensa inició la sesión dando la palabra a los medios deportivos habituales.
Las primeras tres preguntas abordaron aspectos tácticos del juego, mi condición física y los próximos rivales de la liga. Contesté con respuestas cortas, frías y precisas, manteniendo la mirada fija en el fondo de la sala. Sin embargo, la calma fingida duró poco. En la cuarta ronda, un reportero de un conocido tabloide de espectáculos se puso de pie sin esperar su turno, ajustándose las gafas con una sonrisa provocadora.
—Larsson, cambiando un poco de tema hacia tu vida fuera de las canchas —comenzó el reportero con un tono socarrón que hizo que la sala entera guardara un silencio espectral—. Las fotos del fin de semana han causado un revuelo enorme en redes. Se te vio muy cariñoso con una simple empleada de la empresa de supermercados donde tienes inversiones. Los fanáticos se preguntan si esta chica del sótano es solo un pasatiempo temporal de fin de semana o si te gusta divertirte con el personal de tus negocios.
El jefe de prensa reaccionó de inmediato, inclinándose hacia el micrófono.
—Esa pregunta no corresponde al ámbito deportivo. Siguiente pregunta, por favor...
—Deja el micrófono encendido —interrumpí de golpe, alzando una mano firme.
Mi voz sonó como un látigo de cuero golpeando la madera. El auditorio se congeló por completo. Las cámaras de televisión en vivo que transmitían la conferencia a nivel internacional enfilaron sus lentes directamente hacia mi rostro.
Me erguí en el asiento, inclinándome ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. Clavé mis ojos azules en el periodista con una furia tan contenida, pura y peligrosa que vi cómo el hombre tragaba saliva en seco y daba un paso involuntario hacia atrás.
—Mírame bien cuando me hables —le ordené, bajando el tono de mi voz a un susurro letal que resonó con una nitidez absoluta en los altavoces de la sala—. Vas a medir muy bien las palabras que salen de tu boca antes de volver a referirte a ella.
El silencio en la sala era aplastante. Nadie se atrevía a mover un solo bolígrafo.
—La mujer de la que hablas con semejante falta de respeto no es "una empleada del sótano" ni un pasatiempo de nadie —continué, hablando con una claridad implacable, sintiendo cómo cada palabra que pronunciaba era un escudo protector para Elena—. Se llama Elena. Es una ingeniera de élite, una mente brillante que está liderando el proyecto de innovación sustentable más importante de esa corporación. Si ese proyecto tiene éxito, no será por mis inversiones, sino por su talento, su capacidad técnica y las noches de insomnio que le ha dedicado a su trabajo.
Hice una pausa deliberada, recorriendo con la mirada a todos los camarógrafos y reporteros presentes, asegurándome de que el mensaje quedara grabado en televisión nacional.
—No voy a tolerar que un grupo de cobardes escondidos detrás de un teclado o de una cámara intenten pisotear su reputación o reducir su valor a un chisme barato —sentencié, con los nudillos blancos de apretar la base del micrófono—. Elena es la mujer que amo. Está presente en mi vida personal y profesional de manera seria, oficial y definitiva. Y al primero que vuelva a faltarle al respeto o a acosarla en su lugar de trabajo o en su vida privada, me voy a encargar personalmente de destruirlo por la vía legal. ¿Quedó claro?
El periodista que había hecho la pregunta se quedó completamente mudo, con la cara pálida y la boca entreabierta. Ninguno de los presentes se atrevió a repreguntar. Me puse de pie de forma parsimoniosa, me abroché la chaqueta sin prisa y abandoné la sala de prensa a grandes zancadas, dejando a los medios de comunicación en un estado de shock absoluto.
Mientras tanto, en el sótano de Mega-Market Prime, la luz blanca y perfecta de las nuevas lámparas LED iluminaba el laboratorio renovado.
Me encontraba de pie frente al amplio escritorio ergonómico, con la mirada fija en uno de los monitores dobles de la computadora de alto rendimiento. Había sintonizado la transmisión en vivo del canal de deportes con el corazón latiéndome desbocado en la garganta, aferrando una taza de té entre mis manos heladas.
Cuando vi al reportero levantarse y lanzar esa pregunta cargada de veneno, el estómago se me cayó al piso. Cerré los ojos por un segundo, esperando la humillación inevitable o el silencio incómodo que confirmara mi pesadilla.
Pero la reacción de Aksel me dejó paralizada.
Escuchar el golpe seco de su voz ordenándole al periodista que lo mirara a los ojos me hizo dar un brinco. Se me escapó el aliento cuando lo vi tomar el control de la conferencia, imponiendo su figura sobre toda la prensa internacional.
Y entonces... dijo su nombre. Dijo mi nombre.
"Se llama Elena. Es una ingeniera de élite, una mente brillante..."
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin control, pero esta vez no eran lágrimas de dolor ni de vergüenza. Eran lágrimas de un alivio profundo, puro y sanador que me inundó el pecho de golpe. Escuchar al hombre más codiciado del fútbol mundial, a una figura pública imponente, defender mi intelecto, mi trabajo y mi dignidad frente a millones de espectadores me hizo temblar de la cabeza a los pies.
Y cuando pronunció las palabras finales frente a las cámaras —«Elena es la mujer que amo»—, me llevé las manos a la boca, dejando escapar un sollozo ahogado en la soledad del laboratorio.
En cuestión de minutos, el impacto de sus declaraciones sacudió las redes sociales. Las mismas plataformas que en la mañana me insultaban, ahora estallaban con titulares completamente transformados. Los videos de la intervención de Aksel se volvieron virales en segundos, silenciando a los críticos y poniendo en su lugar a los tabloides de espectáculos.
De pronto, escuché pasos apresurados y murmullos desconcertados en los pasillos superiores. Los ejecutivos y secretarias que horas antes me miraban con desprecio ahora caminaban a paso veloz hacia la zona de oficinas, asimilando la bomba mediática que Aksel acababa de detonar. La versión oficial había cambiado para siempre.
Me sequé las lágrimas con el dorso de las manos, respirando hondo. Miré a mi alrededor: la maquinaria alemana, las pantallas encendidas con los planos de los empaques de cáñamo y la luz brillante que ahora habitaba en este lugar. La tormenta mediática afueras había sido destruida por la voz de Aksel, pero sabía perfectamente que el monstruo corporativo no se quedaría de brazos cruzados. Marcus y la directiva tradicional de la empresa sentían que su autoridad había sido pisoteada en televisión nacional, y el verdadero enfrentamiento en los pisos altos estaba a punto de comenzar.