Camila Naranjo estaba a tres meses de casarse con Diego Cárdenas, el hombre al que amó toda su vida. Pero Diego se enamoró de su secretaria y creyó que Camila aceptaría una boda sin amor con tal de conservar su lugar en la familia Cárdenas.
Se equivocó.
Después de una humillación pública y de descubrir que su propia familia siempre elegirá a otra mujer antes que a ella, Camila cancela la boda y toma una decisión que nadie vio venir: se casa con Sebastián Cárdenas, el tío de Diego y el hombre más poderoso de la familia.
Ahora Diego tendrá que verla en cada cena familiar como la esposa de su tío.
Lo que empezó como una venganza elegante se convierte en un matrimonio lleno de secretos, deseo y una protección que Camila nunca había conocido.
Esta vez, ella no va a rogar por amor.
Esta vez, todos tendrán que verla ganar.
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Capítulo 24
Capítulo 24
Una hora después, Camila salió de la oficina de Hector Naranjo con cinco cajas en las manos y una cosecha más abundante de lo que ella misma había previsto.
La secretaria, que había permanecido afuera esperando, vio los paquetes y se quedó sin saber dónde poner la cara. El presidente había ordenado esconder lo verdaderamente valioso antes de que llegara su hija: dejar solo dos cuadros, una pulsera de madera de lujo y medio kilo de té carísimo, lo suficiente para verse generoso sin desangrarse.
Pero Camila salía como si hubiera pasado por una tienda con carta blanca.
-Señorita, la ayudo.
Camila alzó la barbilla hacia la oficina.
-No hace falta. Mejor llévale a tu presidente un té para bajarle el calor. Creo que la presión se le subió.
La secretaria entendió que aquello no era preocupación filial.
Ignacio Naranjo había terminado una junta a toda prisa y esperaba junto al elevador. Ya llevaba dos cigarros cuando escuchó el taconeo de su hermana.
Al verla cargada de cajas, se quedó sin palabras.
-Papá tiene razón. Cada vez que vienes pareces asaltante.
Camila no tenía manos para oprimir el botón, así que movió la barbilla.
-Presiona. Y esta vez no robé nada. Él insistió. Yo le dije que somos familia, que no hacía falta, pero me lo metió todo en las manos. Qué puedo hacer. Me casé bien. No como Natalia Robles, pobrecita, que quizá termine con un hombre como tú.
Ignacio ya estaba acostumbrado a sus cuchilladas verbales. Presionó el botón y le quitó los paquetes más pesados.
El elevador era privado. Cuando las puertas se cerraron, Camila lo miró con impaciencia.
-Cuando eres amable sin razón, siempre quieres algo. Habla.
Ignacio mencionó el asunto de Natalia. Hector quería empujarlo a casarse con ella. El padre de Natalia había rechazado antes la idea por el divorcio de Ignacio, pero desde que Camila se casó con Sebastián, el cálculo cambió. Robles quería tocar a Grupo Cárdenas por una vuelta larga.
-Natalia no quiere casarse conmigo -dijo Ignacio-. Yo tampoco quiero casarme con ella. Pero ella no puede convencer a su padre y yo no puedo convencer al mío.
-¿Y?
-Después de las fiestas, seguramente el diecisiete, las dos familias comerán juntas. Si tú vas y dices delante de todos que no quieres a Natalia como cuñada, nadie se atreverá a culparte. Tienes a Sebastián detrás.
Camila lo miró como si acabara de verle nacer una segunda cabeza.
-O sea, quieres que yo haga el escándalo, cargue el odio de las dos familias y salve tu amor. Qué estrategia tan nueva para hundir a tu propia hermana.
Ignacio intentó explicar que Mariana tampoco quería a Natalia, que quizá podía cooperar. Camila escuchó dos pasos más, levantó el pie y lo pateó en el trasero justo cuando salían.
-¡Vuela!
Ignacio casi cayó de frente.
Varios empleados de Grupo Naranjo pasaban por ahí.
El silencio duró un segundo.
Después todos huyeron cuando Ignacio rugió:
-¡Fuera!
Camila, en cambio, sonreía. En la muñeca llevaba la pulsera de madera que Hector le había dado. Decía que estaba bendecida, con caracteres finos tallados en la superficie. Ella no entendía de esas cosas, pero sabía que Leonardo iba a apreciarla.
-Eres mi hermano, ¿verdad? -dijo, tocando la pulsera-. Papá me contó que tú también la querías para Valeria. Según tú, a mí no me gustan estas cosas.
Ignacio apretó la mandíbula.
Camila bajó la vista. Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía filo. O tal vez el filo era otro.
-Antes de que Valeria llegara, tú me querías mucho. Me comprabas dulces con tu dinero, me cargabas cuando tenía sueño, decías que si yo te llamaba hermano me cumplirías cualquier deseo.
Ignacio se quedó quieto.
-Entonces sigo sin entender algo -continuó ella, con los ojos rojos-. ¿Por qué de pronto cambiaron todos? Yo no hice nada imperdonable, ¿o sí? ¿Por qué dejaron de quererme?
No esperó respuesta.
Se fue con sus cajas y dejó a Ignacio parado en el elevador como si alguien le hubiera apagado el cuerpo.
Hector lo llamó de vuelta a la oficina poco después. Lo primero que hizo fue revisar el pantalón de su hijo.
-Te pateó.
-Gracias por observar.
Hector soltó una risa breve.
-Entonces a mí me dejó dignidad. No me humilló delante de empleados.
Ignacio no tenía humor.
-Fue por su culpa. Le dijo que yo quería la pulsera para Valeria.
Hector carraspeó. En realidad había usado a Ignacio como escudo porque Camila lo acorraló con una lista de viejas culpas y él, sin saber cómo cortar la conversación, empezó a entregarle objetos para callarla. La pulsera, los cuadros, el té, las piezas del estante. Todo había salido de cajones donde no debía salir nada.
Mientras más pensaba, más le dolía el pecho.
-Creo que esa desgraciada me volvió a tender una trampa -dijo-. Primero habla de heridas viejas, me hace sentir culpable, luego se lleva media oficina y encima no promete nada. Nueva táctica para desplumar a su padre.
Pero Ignacio no lo escuchaba de verdad.
-Papá, ella me preguntó por qué dejamos de quererla.
Hector se quedó callado.
-Yo antes era quien más la quería -dijo Ignacio, frotándose las manos-. Tú y mamá estaban ocupados, yo la crié medio tiempo. Quería que viviera como princesa. Entonces llegó Valeria y yo... no sé. No sé cuándo dejé de defenderla.
Su voz se volvió ronca.
-A veces pienso que todo lo arruiné yo. Arruiné a Camila, a Valeria, a mi exesposa, a mí. Si nunca hubiéramos traído a Valeria a casa...
Hector no quiso seguir esa línea. Solo dijo que pensara en Natalia, que era dócil, talentosa, buena con el violín.
Ignacio escuchó la palabra dócil y se sintió aún peor.
Llamó a Dulce desde el estacionamiento.
-¿Sigues con tu cuñada?
-No. Estoy esperando al candidato para asistente. ¿Qué cargaste ahora?
-Compensación emocional.
Dulce entendió.
Camila llegó al estudio y empezó a repartir el botín con la naturalidad de quien organiza inventario.
El té era para el padre de Dulce. Una caja de suplementos, para Laura Quintana. Los cuadros y las piezas antiguas podían seguir la vieja regla: si a Dulce le gustaba algo, se quedaba; si no, se vendía o se subastaba y el dinero iba a donaciones.
Camila llevaba años haciendo eso con las cosas que arrancaba a los Naranjo: protección de especies, proyectos ambientales, escuelas, clínicas, refugios. Antes Dulce lo canalizaba por la fundación de un primo en otra ciudad.
-Antes lo mandabas todo a la fundación de mi primo -dijo Dulce-. Ahora usa el área social de Grupo Cárdenas. Que Sebastián vea que su esposa es hermosa y bondadosa.
-¿Desde cuándo eres casamentera?
-Desde que tu marido es útil.
Camila rio.
Mientras comían comida a domicilio, Dulce mencionó el problema del chofer. La entrevista de esa tarde había sido un desastre: un muchacho de veintiséis años, ojeroso, bostezando cada dos minutos, con aspecto de conducir dormido antes de arrancar.
Camila no tenía candidato. Entonces recordó el grupo enorme de la familia Cárdenas en WhatsApp, aquel donde Leonardo había pedido que ya no agregaran más parientes.
Reenvió el anuncio.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Un usuario llamado "Guapo Desvelado" escribió que él podía. Se presentó con una retahíla absurda: veintitrés años, buen carácter, rostro de impacto, cuerpo sano, trabajador, resistente a golpes, con estudios y millones de virtudes que nadie le había pedido.
Camila leyó y le dijo a Dulce:
-Chofer no encontré. Asistente sí. Quita la vacante.
Respondió en el grupo:
"Me gusta tu falta de vergüenza. Agrégame y hablamos."
Sebastián vio el mensaje desde una cena de negocios en el club Pantalla de Jade. Había ido por el caso de la compra de Win y también porque quería hablar con un antiguo empleado de Grupo Naranjo.
Primero leyó la frase de Camila.
Luego se quedó clavado en "me gusta" y "hablamos".
Le escribió enseguida para decirle que ese muchacho era joven, descarado y por eso peligroso al volante. Ella respondió que pensaba igual, así que no lo quería de chofer, sino de asistente.
Sebastián no pudo discutir.
En la misma cena buscó a Ulises Márquez, antiguo subordinado de Roberto Torres.
El nombre de Roberto no era un rumor para Ulises. Lo había sufrido.
Roberto era compañero de universidad de Hector, por eso ascendió rápido en Grupo Naranjo. No era brillante, pero tenía respaldo. Maltrataba a subordinados, movía favores y, cuando cometía errores, dejaba que todo un departamento cargara con ellos.
Ulises había sido su asistente.
-Murió en el almacén dos -dijo, ya con algo de alcohol y agua tibia encima-. Él y su amante estaban encerrados en una oficina interior. El incendio empezó por un supuesto cortocircuito. Si la puerta no hubiera estado cerrada, quizá salían. Perdieron minutos rompiéndola.
Sebastián preguntó por la adopción de Valeria.
Ulises explicó que Roberto y Hector habían sido muy cercanos. Años después de la muerte de Roberto, la esposa se volvió a casar; el nuevo marido era violento. Luego ambos adultos murieron en un accidente y Valeria, que entonces se llamaba Torres, fue a buscar a los Naranjo.
Hector y Mariana la adoptaron y le cambiaron el apellido.
-Dicen que fue por lealtad -añadió Ulises-. Pero Hector Naranjo no hace algo así solo por lealtad.
Sebastián le pidió dos favores: buscar antiguos conocidos que pudieran revisar el incendio del almacén dos y averiguar qué ocurrió con la madre de Valeria antes de que la niña entrara en casa Naranjo.
Ulises aceptó. Poder deberle algo a Sebastián Cárdenas era una oportunidad demasiado rara.
Mientras tanto, en el estudio, el nuevo candidato al puesto de asistente todavía no había llegado. Llegaría al día siguiente con la energía de un discurso interminable.
Por ahora, Camila no sabía que la investigación que ella apenas empezaba ya se movía por otro lado.
Solo sabía que la historia de Valeria no era simple.
Valeria no parecía solo una niña rescatada.
Era una deuda.
O una amenaza.
O una llave.
Y la familia Naranjo llevaba años calentándose las manos sobre una hoguera ajena.