Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 24
Capítulo 24
-¿Yo empecé? -Gina casi se rio de coraje-. Ella se la pasa usando su puesto para decirle a todos qué hacer y qué pensar. Si alguien debería irse, es gente así.
Vicky temblaba de rabia.
Le apuntó con el dedo, pero al final solo dio media vuelta y se fue.
Ximena se sintió mal.
Por ella, otra persona terminaba metida en problemas.
-Gina...
-No pasa nada. Me peleo con ella desde antes de que llegaras. No eres tú. Me cae mal cómo trata a la gente.
Ximena ya no insistió.
Sacó las copias y fue a llevarlas a la sala.
Al pasar frente a la oficina de dirección, la puerta se abrió de golpe.
Una mano le sujetó la muñeca y la jaló.
Sebastián Quiroz sonreía como si hubiera hecho una travesura.
-¿Te asusté?
Ximena se tocó el pecho.
-¿Qué te pasa?
-No te enojes. Tengo algo para ti.
La llevó hacia su escritorio.
Ximena se soltó.
-No quiero.
-Ni lo has visto.
Él volvió a tomarla.
-Míralo primero.
A Ximena no le gustaba forcejear con hombres.
-Señor Quiroz, suélteme.
Sebastián abrió un cajón y sacó una caja fina.
Adentro había un collar de diamantes pequeños.
-¿Ves? Está bonito. ¿Te gusta?
Ximena lo miró apenas.
Héctor no le había dado muchos regalos, pero cosas caras sí había visto.
El collar estaba bien trabajado.
No era una joya importante, pero servía para impresionar a una muchacha.
-Es bonito. Pero no puedo aceptarlo.
-Es un regalo de reencuentro. No tiene otro sentido.
Sebastián sacó el collar y quiso ponérselo.
Ximena dio dos pasos atrás.
-De verdad no.
-Obedece tantito.
Él volvió a acercarse.
La puerta se abrió.
Gina apareció.
Sebastián soltó a Ximena de inmediato.
Gina miró a él, luego a Ximena, que estaba roja y acomodándose la ropa.
-¿Te estaba acosando?
Ximena no contestó.
Gina se arremangó.
Y se le fue encima a Sebastián.
-¿Otra vez con tus tonterías? ¿Te volvió el vicio?
Le soltó golpes sin piedad.
-¿Quieres que te vuelvan a encerrar en tu casa?
-¿No entiendes cuando una mujer dice que no?
Sebastián se cubría la cabeza.
-Ya, ya. Si me sigues pegando le digo a mi mamá.
-Dile. A ver si me asusta mi hermana.
Ximena quedó parada, sin entender nada.
Gina por fin se detuvo, tomó a Ximena y la sacó de la oficina.
La llevó hasta la azotea.
Ahí respiró.
Al ver la cara de Ximena, soltó la risa.
-Te estás preguntando qué soy de ese idiota, ¿verdad?
Ximena asintió.
-Soy su tía. Su mamá es mi hermana.
Ximena abrió los ojos.
Gina parecía apenas unos años mayor que Sebastián.
Nunca habría imaginado eso.
Con razón se atrevía a pegarle así.
-Sebastián es de calentura rápida y aburrimiento rápido -dijo Gina-. Si te gusta, piénsalo mucho.
-No me gusta. Lo conozco de la universidad y por eso parece más cercano.
-¿Iban en la misma?
-Sí. Él iba dos generaciones arriba.
-Entonces seguro te persiguió.
Ximena asintió con dificultad.
-Lo sabía.
Gina suspiró viendo la ciudad.
-Ya tiene veinticuatro y sigue como niño. Novias ha tenido quién sabe cuántas. Vino a jugar unos días y se irá.
-Sebastián no es mala persona. Solo es inmaduro. Tal vez cuando conozca a alguien que lo haga sentar cabeza, cambia.
-Ojalá crezca pronto.
Se quedaron un rato en el aire frío.
Antes de bajar, Gina preguntó:
-¿Tienes novio?
Ximena negó.
Sonrió con un sabor amargo.
-No.
-Eso sonó a historia.
-No es gran historia. Estoy en edad de hacer dinero. El amor quita tiempo.
Gina sonrió.
-Eso sí. Primero dinero.
Desde ese día, Sebastián no volvió a buscar a Ximena.
Tal vez le tenía miedo a su tía.
Gina, que casi siempre iba por la oficina como fantasma y solo aparecía para pelear con Vicky, terminó volviéndose amiga de Ximena.
De esas con las que se podía hablar de todo.
-Gina, mi hermano vuelve esta noche. ¿Quieres venir a cenar?
Ximena guardaba sus cosas para salir.
Gina miró la hora.
-¿No estorbo?
-En mi casa soy yo. En la suya es él. Contigo seríamos tres. ¿Qué puede estorbar?
-Va. Llego más tarde.
-Yo me adelanto y preparo.
En su casa, Ximena lavó frutas y verduras.
También compró carne y jaiba para hacer una cena decente.
Cuando Emiliano llegó, ella ya tenía todo listo para cocinar.
-Qué aplicada.
Él le acarició la cabeza.
Ximena sonrió.
-Hoy cocino yo.
-¿Tu comida se puede comer?
Emiliano la miró con sospecha.
-Recuerdo que de niña casi quemas la cocina por hacer sopa.
-Era niña. Ya mejoré.
-Bueno. Voy a probar la comida de mi hermanita.
Emiliano salió de la cocina.
Sonó el timbre.
Fue a abrir.
En la puerta estaba Gina.
Al ver al hombre, su mirada se quedó un segundo de más.
Alto.
Calmo.
Voz suave.
De esos hombres que parecen caminar sin hacer ruido.
Gina se dio cuenta de que lo estaba mirando demasiado y bajó los ojos.
-¿Aquí vive Ximena?
-Eres su compañera, ¿verdad? Pasa.
Ximena salió con mandil.
-Gina, ¿por qué hasta ahora? Ven, ayúdame.
Gina era de carácter fuerte, pero cocinaba muy bien.
Con su ayuda, la cena quedó lista.
Cuando se sentaron, Emiliano propuso abrir vino.
Fue a su casa por una botella.
Mientras tanto, Gina se acercó a Ximena.
-¿Tu hermano a qué se dedica?
Ximena la vio de reojo y sonrió.
-Es médico. Muy bueno. ¿Te gustó?
Gina se puso roja.
Ximena abrió la boca como si hubiera visto un milagro.
-No manches. Gina, te gustó un hombre.
-No inventes.
-Sí. Claro que sí.
Ximena le pasó el brazo por los hombros.
-No tiene nada de malo. Se ven bien. Él médico, tú bonita, ustedes dos, boda, casa, bebés...
-Ya cállate. ¿Qué cosas dices?
Cuando Emiliano volvió con el vino, las dos se estaban riendo.
-¿De qué se ríen?
Ximena miró a Gina.
Gina negó rápido.
-Nada. Chismes.
Emiliano sirvió media copa para cada una.
El olor era profundo.
Gina, que sabía de vino, reconoció que era bueno.
-Está excelente.
-¿Te gusta el vino?
-Un poco.
-No es un poco -intervino Ximena-. Su familia tiene viñedos. Grandes.
Emiliano miró con más atención a la muchacha de pelo corto.
Gina no quiso hablar de su familia.
-Ximena, ya casi cumples años. ¿Qué quieres de regalo?
-¿Me vas a regalar algo?
Ximena se le pegó al hombro.
-¿Qué quieres?
Ximena pensó.
No era de bolsas ni relojes.
-Un set de herramientas para dibujo.
Gina la miró feo.
-¿Solo eso?
-No es barato.
-Qué ambiciosa saliste.
-Ya, comamos.
El timbre sonó otra vez.
Los tres se miraron.
Ximena negó.
No esperaba a nadie más.
-Yo veo -dijo Emiliano.
El hombre en la puerta era muy alto.
Ni siquiera hacía falta abrir para reconocer la presencia.
Emiliano no lo conocía en persona, pero supo quién era.
-¿Héctor Alcázar?
Héctor levantó una ceja.
-¿Emiliano?
-¿Qué haces aquí?
La hostilidad de Emiliano era clara.
Héctor no mostró la misma.
La calma era parte de lo que lo hacía peligroso.
-Vengo a cenar.
-¿Viajaste desde la Ciudad de México hasta Guadalajara por comida?
-Sí.
-¿Quién es?
Ximena salió.
Cuando vio a Héctor, se quedó quieta.
¿Otra vez?
-Ximena, entra -ordenó Emiliano.
Ella no se movió.
La mirada de Héctor estaba clavada en ella, con el mandil todavía puesto.
-Ximena.
Emiliano la tomó de la muñeca para llevarla adentro.
Héctor bajó la mirada al teclado de la cerradura.
Marcó la clave.
La puerta se abrió.
Emiliano se enfureció.
-¿Cómo entras así? ¿Esta es tu casa? ¿De dónde sacaste la clave? Salte o no respondo.
El ambiente se tensó.
Ximena no conocía del todo el carácter de Héctor, pero sabía que un hombre así no era alguien a quien se empujara sin consecuencias.
No quería arrastrar a Emiliano a un problema.
-Emiliano, cálmate.
-Solo quiero cenar -dijo Héctor-. No vine a matar a nadie.
Miró a Ximena.
-Ven.
Ximena dudó.
Gina se puso frente a ella.
-Si no me equivoco, usted es su exesposo. ¿No terminaron bien el divorcio o falta algo? Dígalo sin asustarla.
Héctor sonrió.
-¿Asustarla? Creo que no entendieron. En mi casa, el débil soy yo.
Nadie creyó una palabra.
Ximena no quería que por ella todos terminaran metidos en pleito.
Caminó hacia él.
-Quieres hablar conmigo, ¿verdad? Vamos a un lugar tranquilo.
-Bien.
Lo llevó a una recámara de visitas y cerró la puerta.
No alcanzó a hablar.
Héctor la besó.
Fue un beso feroz, invasivo, como si quisiera tragarse todo lo que ella no le decía.
Ximena sintió rechazo, levantó la mano y le soltó una bofetada.
El golpe sonó seco.
Héctor movió la mandíbula.
Ximena se encogió un poco.
-Tú... tú empezaste. Me besaste primero. Te ganaste la cachetada.
Él no habló.
Ximena se escabulló por debajo de su brazo y se refugió en una esquina.
-¿A qué viniste?
Héctor metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la ventana.
-Ximena, no he firmado el divorcio. Sigues siendo mi esposa. Te fuiste de la casa y todavía preguntas qué hago aquí.
-Que no firmes es tu problema.
-Te aviso una cosa. Mientras ese convenio no esté firmado, nuestra relación existe. Si te atreves a tener romance o coqueteos con otro hombre, ya sabes qué puede pasar.
Sonaba a amenaza.
Ximena se molestó.
-Entonces firma. Así tú puedes acostarte con actrices en paz y yo puedo enamorarme de quien quiera.
-Qué bonito lo imaginas. ¿Con quién? ¿Con Emiliano? ¿O con el niño bonito de Sebastián?
Héctor soltó una risa fría.
-Si te atreves, te rompo las piernas.
-¿Estás enfermo? Yo no hice nada que te fallara. ¿Nunca pensaste por qué pedí el divorcio? Porque en esta relación no vi lealtad, ni honestidad, ni exclusividad. No vi futuro.
Era lo que tenía atorado.
Ya que estaban ahí, lo dijo todo.
-Perdón -dijo él.
Ximena negó.
-No necesito perdones. No tenemos base, Héctor. No conozco tu pasado. Ni siquiera sé bien tu carácter. Sé a qué hora sales de la empresa, pero no sé cuándo vuelves a casa. Somos demasiado extraños.
Respiró hondo para controlar el temblor.
-Somos dos desconocidos que dormían en la misma cama. ¿De verdad tiene sentido seguir casados?
Ella también era una muchacha.
También quería vivir un amor bonito.
Pero Héctor y su familia la habían hecho sentir que quizá no merecía eso.
Triste, sí.
-Lo sé. No nos conocemos suficiente. Es mi culpa.
Héctor caminó hacia ella.
Ximena se abrazó y le dio la espalda.
Él igual la rodeó con los brazos.
-Dame tiempo.
-No hace falta. Este divorcio va porque va. Si no firmas, voy al juzgado.
Héctor no respondió.
Solo la sostuvo.
Ximena no luchó.
Pero los ojos se le llenaron de lágrimas.
Él sentía su dolor.
Y el suyo tampoco era menor.
Al final, Ximena salió con los ojos rojos.
Gina la abrazó de inmediato.
-¿Estás bien?
-Sí.
Héctor salió detrás.
Su cara volvió a estar fría, sin rastro de emoción.
Gina pensó que quizá los hombres de corazón duro se veían justo así.
A la mañana siguiente, había mudanza en la casa de al lado.
Trabajadores entrando y saliendo.
Lo peor fue ver a Héctor parado en la entrada, supervisando.
Ximena tuvo un mal presentimiento.
-Héctor, no me digas que esa casa es tuya.
-Rentada.
-¿Por qué rentarías aquí?
-Trabajo. Me conviene.
La respuesta estaba demasiado limpia.
No podía agarrarlo por ningún lado.
Ximena cerró su puerta.
Recordó que Héctor había entrado con su clave.
Cambió la contraseña antes de irse.
Solo entonces se sintió un poco tranquila.
Se acercaba Navidad y en la empresa todos estaban cargados de trabajo.
También corría el rumor de que una empresa grande iba a comprar Papelera Día a Día.
-¿Y si nos corren a todos?
-No creo. Sin empleados, ¿qué compran?
-Una empresa grande tiene gente de sobra. Los reemplaza y ya.
-Mejor empiezo a mandar currículum.
Ximena los escuchaba con la barbilla apoyada en la mano.
No parecía muy interesada.
Gina le tocó el hombro.
-No les hagas caso. Una compra lleva proceso. No afecta de un día a otro.
-No es eso lo que me preocupa.
-¿Entonces?
-Héctor se mudó a mi lado. No sé si fue a propósito, pero se siente raro.
Gina hizo una mueca.
-Obvio fue a propósito. ¿Qué hablaron esa noche?
-Del divorcio. Dijo que no firmó y que seguimos casados. Yo dije que no hay razón para seguir. Terminamos mal.
Gina apretó los labios.
-Entonces todavía te quiere.
-¿Quererme?
Ximena negó con amargura.
-Tal vez me quiso en algún momento. Un ratito. Pero su amor no dura.
-¿Quiere a otra?
-No sé.
-Si no sabes, ¿por qué te fuiste? A mí él no me da cara de andar con cualquiera. ¿No habrá un malentendido?
Ximena también quería que lo fuera.
Pero la vida no era telenovela.
-Gina, con su ex puede tener un hijo. Yo no quiero ser madrastra. Y él es demasiado calculador. De verdad no puedo.
-¿Un hijo?
Gina abrió los ojos.
-Eso sí está fuerte. Si tiene un hijo con la ex, luego se van a seguir cruzando por el niño. No, ahí sí no.
-Por eso. Seguir casada sería demasiado pesado. ¿Para qué me hago eso? Quiero vivir más años.
La mirada de Ximena se apagó.
-¿Todavía lo amas?
Gina sabía que no debía preguntar.
Pero veía la pelea en los ojos de Ximena.
Si no hubiera amor, no dolería tanto.
Ximena la miró durante mucho rato.
Luego movió los labios.
-Ya no quiero amarlo.
-Te entiendo.
Se miraron y sonrieron bajito.
Al salir del trabajo, Emiliano la esperaba en la puerta de la casa.
-Llegaste temprano.
-Tuve poco trabajo. Vine a platicar contigo.
-Pasa.
Ximena abrió la puerta, pero no pudo evitar mirar hacia la casa de al lado.
El patio estaba oscuro.
Sin gente.
Sin luces.
Entró y puso agua para preparar café.
-Este café me lo dio Gina. Está buenísimo.
-Ah, sí.
Emiliano miró de reojo hacia el patio vecino.
-En la mañana lo vi mudándose. ¿Se instaló junto a ti?
-Dice que rentó.
-¿No se ha rendido contigo?
-No es eso. Toma.
Ximena le dio la taza.
-¿Qué te pareció Gina?
-Bien.
Ximena se acercó un poco.
-Es un año menor que tú, tiene muy buen carácter. ¿No te interesaría... intentarlo?
Emiliano entendió.
Le estaba presentando novia.
-No.
-¿No te gusta?
-No es eso. Es que yo...
La miró con claridad.
Ximena lo entendió.
-Ximena, tú sabes que yo...
-Emiliano.
Ella lo interrumpió.
-Somos familia. Para siempre.
Él la miró con intensidad.
-Podemos ser algo más cercano que familia.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂