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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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El concurso de gallos

Todo el pueblo de San Pancracio del Valle andaba revuelto como hormiguero pisado. Se acercaba el gran Concurso de Gallos de Pelea —aunque en realidad era de belleza y porte, porque aquí nadie le hacía daño a los animales—, y por todas partes se oía el cacareo, los consejos y las apuestas bajito. Don Pancracio andaba más contento que niño con juguete nuevo, y en el patio trasero, con la mayor solemnidad del mundo, cepillaba, peinaba y acicalaba a su mejor amiga: Doña Cleotilde, su gallina más gorda, más tranquila y más ponedora de todo el cantón.

—Mira, Cleotilde —le decía Don Pancracio, con voz suave como terciopelo, mientras le acomodaba las plumas del cuello—, hoy vas a brillar más que el sol del mediodía. Vas a caminar con paso firme, la cabeza bien alta, y vas a dejar a todos esos gallos con la boca abierta de asombro. ¡Tú vales más que todos ellos juntos!

Doña Cleotilde lo miraba parpadeando, de vez en cuando picoteaba un grano de maíz que se le había caído, y parecía decir: "Está bien, viejo, pero déjame comer tranquila".

En la puerta de la cocina apareció Doña Candelaria, su esposa, con los brazos cruzados y una mirada que ya anunciaba tormenta.

—Pancracio, deja ya de decirle tonterías a esa gallina —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. ¿Pero tú has perdido el juicio por completo? ¡Ese concurso es PARA GALLOS! ¡Para gallos! No para gallinas. Vas a ir allá y van a reírse de ti de aquí a fin de año.

—¡Que se rían lo que quieran! —respondió Don Pancracio, poniéndose su sombrero ladeado con mucho estilo—. ¿Acaso Cleotilde no tiene más porte que todos esos plumíferos juntos? ¿Acaso no es más elegante, más educada y más bonita? ¡Pues claro que sí! Además, Candelaria, aquí lo importante no es ser gallo o gallina: ¡es tener corazón de campeón!

—Corazón de campeón, dice... —murmuró Doña Candelaria, entrando de nuevo y cerrando la puerta—. Más bien corazón de loco. ¡Allá vas tú con tu desgracia!

Don Pancracio tomó a Doña Cleotilde con mucho cuidado, la acomodó en una caja de madera llena de paja limpia, y salió camino a la plaza del pueblo, silbando alegremente. Al pasar por la casa de al lado, vio a Doña Loli, su vecina, que también se dirigía al concurso.

—¡Buenos días, Pancracio! —lo saludó ella, sonriendo—. ¿Y a dónde vas tan elegante y con esa caja?

—¡Al concurso, Loli! ¡Voy a ganar! —dijo él, muy seguro—. Te presento a mi contendiente: ¡Doña Cleotilde!

Doña Loli asomó la cabeza, miró a la gallina y soltó una risita.

—¡Ay, Pancracio! Como vas poner apelear a esa pobre gallina ... —dijo, y luego se quedó mirando hacia el camino por donde llegaba la gente, con los ojos brillantes—. Oye... dicen que hoy viene don Jacinto, el criador de gallos de la capital. Dicen que es guapo, viudo y muy amable...

Don Pancracio la miró de reojo.

—Pues ya veremos qué tal es ese tal Jacinto —refunfuñó—. Nadie le gana a Cleotilde. ¡Nadie!

Llegaron a la plaza, que estaba llena de gente, música y colores. En el estrado, sentado junto a las autoridades, estaba Don Basilio, el enemigo de Don Pancracio. Era un hombre rico, siempre vestido con traje impecable, botas lustradas como espejos, y sobre todo... un bigote enorme, espeso y rizado en las puntas, que parecía tener vida propia y se movía solo cuando hablaba o se reía. Don Basilio miraba a todos por encima del hombro, y cuando vio llegar a Don Pancracio con su caja, soltó una carcajada que hizo temblar su bigote entero.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Don Basilio, acercándose—. ¡Si es Don Pancracio! ¿Y qué traes ahí, amigo mío? ¿Una canasta de huevos para vender?

—No, Basilio —respondió Don Pancracio, —. Traigo a la futura ganadora del concurso. ¡Doña Cleotilde!

Abrió la caja y salió la gallina, parada, tranquila, sacudiéndose las plumas. La gente alrededor se quedó callada un instante... y luego estallaron en risas.

—¡Una gallina! —gritó Don Basilio, y su bigote se sacudía de arriba abajo—. ¡Ha traído una gallina al concurso de gallos! ¡Esto es lo más gracioso que he visto en mi vida! ¡Bigote, míralo y ríete! —y su bigote pareció arquearse como si también se estuviera riendo.

—¡Ríete todo lo que quieras, Basilio! —dijo Don Pancracio, sin inmutarse—. Pero aquí no se juzga quién es qué, sino quién tiene más gracia y nobleza. ¡Y Cleotilde tiene de sobra!

En ese momento llegó Don Jacinto, el criador de la capital: alto, de porte distinguido, con sombrero de ala ancha y modales suaves. Doña Loli, que estaba cerca, se quedó mirándolo con la boca entreabierta, se sonrojó hasta las orejas y acomodó su pañuelo varias veces. Don Jacinto sonreía a todos con amabilidad, y cuando Doña Loli se tropezó con una piedra y casi se cae, él la sostuvo suavemente del brazo.

—¿Está bien, señora? —le preguntó con voz cálida.

—Y-yo... sí... muchas gracias... —balbuceó Doña Loli, sin poder apartar la vista de él, mientras Don Pancracio miraba todo eso frunciendo el ceño y pensando: "¿Guapo? ¿Amable? ¡Bah! Cleotilde es mucho más interesante".

Comenzó el concurso. Gallos de todas las razas y colores desfilaban: unos con cresta roja y brillante, otros con plumas largas y elegantes, todos caminando con paso orgulloso. Don Basilio presentó a su gallo favorito, un ejemplar enorme, de plumaje negro y reluciente, que parecía más orgulloso que su propio dueño.

—¡Este sí que es un campeón! —decía Don Basilio, acariciando su bigote—. ¡Nadie puede con él! ¡Ni mucho menos una gallina cualquiera!

Llegó el turno de Doña Cleotilde. Don Pancracio la tomó con suavidad y la puso en el centro del estrado. La gente se calló de nuevo, esperando la broma. Pero entonces ocurrió algo maravilloso.

Doña Cleotilde miró a un lado, miró al otro, estiró el cuello, sacudió sus plumas con elegancia... y comenzó a caminar. No caminaba como cualquier gallina: caminaba despacio, con paso firme y elegante, levantando cada patita con delicadeza, la cabeza bien alta, como si fuera una reina visitando su reino. Se detuvo frente al gallo de Don Basilio, lo miró de arriba abajo, soltó un suave "cloc-cloc" que sonó casi como un saludo distinguido, y luego siguió su camino sin prisa, sin miedo, sin inmutarse por nada.

La gente comenzó a murmurar. Luego a sonreír. Luego a aplaudir. ¡Y al final estallaron en vítores!

—¡Bravo! —gritaba la gente—. ¡Qué elegancia! ¡Qué porte! ¡Esa gallina tiene carácter!

Don Basilio no daba crédito. Su bigote, que antes se movía de risa, ahora estaba rígido y quieto, como de piedra.

—¡Pero si es una gallina! —gritó él, indignado—. ¡Las reglas dicen gallos! ¡Esto no puede ser!

—Las reglas dicen "ejemplares de raza" —dijo Don Jacinto, que era uno de los jueces, y miraba a Cleotilde con admiración—. En ningún lugar dice que tenga que ser macho. Y esta señora... tiene más clase que todos los gallos juntos.

Doña Loli, que estaba junto a Don Jacinto, asintió con entusiasmo, mirándolo más a él que a la gallina.

—¡Así es! —decía ella, sonriéndole a Don Jacinto—. ¡Es maravillosa! ¡Y su dueño es un hombre muy original y valiente!

Al final, los jueces deliberaron. Le dieron el primer premio... ¡a Doña Cleotilde! Don Pancracio no cabía en sí de gozo. Tomó a su gallina en brazos, la llenó de besos y le prometió maíz dulce todos los días del año. Don Basilio, rojo de rabia, se marchó sin decir palabra, y su bigote parecía caído y triste, sin fuerza para mantenerse erguido.

Esa tarde, de regreso a casa, Don Pancracio caminaba orgulloso, sosteniendo el trofeo en una mano y a Cleotilde en la otra. Doña Candelaria lo esperaba en la puerta, con los brazos cruzados, pero esta vez sin cara de enojo.

—Bueno... —dijo ella, conteniendo la risa—. Supongo que no hace falta decirte que te felicito. Aunque sigo diciendo que estás loco.

—¡Loco sí, Candelaria! —respondió él, abrazándola—. ¡Pero hoy somos los más felices del pueblo!

Y mientras cenaban, Doña Loli pasó por la ventana, cantando bajito y con una sonrisa soñadora en los labios.

—¿Y tú qué tienes, Loli? —le gritó Don Pancracio—. ¡Pareces otra persona!

Doña Loli se detuvo y le dijo, bajito:

—Don Jacinto... me invitó a visitar su criadero la próxima semana. Dice que yo entiendo mucho de animales...

Don Pancracio soltó la cuchara y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Vaya, Don Pancracio! —se dijo a sí mismo, mirando a Cleotilde que dormía plácidamente—. ¡Ganamos el concurso, sí... pero ahora tendremos que cuidar también el corazón de la vecina! ¡Y eso sí que no sé cómo se hace!

Y así terminó aquel día: con un trofeo en la mesa, una gallina heroica durmiendo en un rincón, un bigote humillado en casa de Don Basilio, y una vecina que soñaba despierta. Don Pancracio miró el cielo, suspiró y pensó: "La vida es curiosa... uno sale a ganar un concurso y termina metido en líos de amor.

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