En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.
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Capítulo 13
Capítulo 13 — Cenizas de una familia
Camino tres cuadras antes de guardar el cuchillo en la mochila. Lo envuelvo en una camiseta vieja para que el filo no corte la tela. Mis manos no tiemblan. Mi respiración es normal. Mi corazón late con la regularidad de un metrónomo.
Acabo de estrellar un cenicero contra la cabeza de mi hermano adoptivo y no siento nada. Ni culpa, ni euforia, ni miedo. Solo una claridad fría que me llena la mente como agua limpia.
A una cuadra de la Casona, una figura me intercepta. Diego Estrada, con su traje gris impecable, sus gemelos de plata y su reloj de lujo que refleja la luz del sol, baja de su auto negro estacionado junto a la acera y me bloquea el paso.
—Valentina, necesitamos hablar.
—No.
—Escúchame un momento. Sé que estás molesta, pero todo tiene solución. Lo de la fiesta, lo del manuscrito, podemos arreglarlo.
—No tengo nada que decir.
—Mi Valentina, por favor...
—No soy tuya.
Paso a su lado sin detenerme. Él extiende la mano para tocarme el brazo y yo me aparto con un movimiento seco que no admite réplica. Ni siquiera lo miro. Diego se queda parado en la acera, con la mano suspendida en el aire y la boca abierta sobre una palabra que no alcanza a pronunciar.
No me volteo. Su presencia ya no pesa en mi espalda. Dejó de pesar hace mucho.
Dos calles más adelante, el auto de Isabella se detiene junto a mí con un frenazo brusco. La ventanilla baja.
—Sube —dice, con los ojos enormes.
Me dejo caer en el asiento del copiloto. Suelto la mochila a mis pies. Suspiro. El asiento de cuero huele a perfume de vainilla, el que Isabella ha usado desde los dieciocho años.
Ella me mira. Ve la sangre en mi frente, ya seca, una línea marrón sobre la ceja.
—¿Qué pasó?
—Rodrigo me arrojó una caja. Le respondí con un cenicero. Le fue peor a él.
Isabella abre la boca. La cierra. Enciende el auto y arranca sin decir nada durante medio minuto. Luego, con la vista fija en el camino:
—Valen, tengo que decirte algo. Los hombres que te golpearon después de la fiesta... confesaron.
—¿Confesaron?
—Mi tío hizo que investigaran. Tiene contactos en la policía. Los encontraron a todos. Están en el hospital, Valen. Fracturas múltiples, costillas rotas, contusión cerebral. Alguien los golpeó después de que te atacaron a ti. Los dejó peor de lo que ellos te dejaron.
Los nudillos raspados de Sebastián. Las dos manos. Las costras oscuras sobre los huesos que vi al amanecer.
—¿Quién los contrató? —pregunto, aunque en mi pecho ya late la respuesta. En mi vida anterior, también fue él. Siempre fue él.
Isabella aprieta el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Rodrigo.
El nombre cae entre nosotras como una piedra en un pozo seco. Pesado. Final. Sin eco.
Mi propio hermano adoptivo. El que compartía conmigo la mesa de Navidad cuando éramos niños. El que me llevaba al colegio en su auto cuando llovía y me dejaba elegir la estación de radio. El que me enseñó a andar en bicicleta en el jardín de la Casona y me ponía curitas en las rodillas cuando me caía.
Me mandó golpear con garrotes en un callejón oscuro.
Respiro hondo. Cierro los ojos. Los abro.
Luego saco el teléfono y lo enciendo.
—¿Qué haces? —pregunta Isabella.
—Algo que debí hacer hace mucho tiempo.
Busco en mi galería. Paso las fotos de los últimos meses hasta encontrar el video. Lo grabé hace semanas, cuando descubrí lo que Rodrigo hacía por las noches en la Casona. Un segmento de treinta y cuatro segundos, capturado con la cámara de seguridad del pasillo que nadie sabía que yo había intervenido desde mi computadora portátil. Encripté la grabación, la guardé en tres lugares distintos y esperé.
En el video, Rodrigo se acerca a Camila mientras ella duerme en el sofá de la sala, con una manta sobre las piernas y la cabeza echada hacia atrás. Lo que hace con ella mientras está inconsciente es repugnante. La imagen es nítida, sin distorsión, grabada en alta definición. Su rostro es inconfundible.
Abro mis redes sociales. Las que todavía tienen cientos de contactos de la alta sociedad de Puerto del Sol. Publico el video. Lo etiqueto con su nombre completo. Rodrigo Solares Mendoza. Agrego la ubicación: Casona Solares, Puerto del Sol.
Isabella me mira con los ojos muy abiertos, una mano en el volante y la otra suspendida a medio camino entre el asiento y su teléfono.
—Valen... ¿acabas de...?
—Reenvíalo —le digo.
No duda. Toma su teléfono sin quitar los ojos del camino y reenvía el video al grupo de chat de las socialités de Puerto del Sol. Cuatrocientas integrantes. Esposas de empresarios, hijas de políticos, herederas de viejas fortunas, periodistas de sociedad, blogueras de moda, dueñas de galerías.
En menos de un minuto, mi bandeja de entrada explota.
Cientos de signos de interrogación. Mensajes de personas que no me han hablado en años. Solicitudes de información. Capturas de pantalla que rebotan de grupo en grupo como un incendio que salta cortafuegos. Llamadas perdidas. Mensajes de voz. Correos electrónicos.
No respondo ninguno.
Abro la lista de contactos. Busco a Rodrigo. Lo bloqueo. Busco a Andrés. Lo bloqueo. Busco el número de la Casona. Lo bloqueo. Busco a Diego. Lo bloqueo también, por si acaso.
Cierro las redes sociales. Cierro el correo. Cierro los mensajes.
Apago el teléfono.
El silencio es total. Solo se escucha el motor del auto de Isabella, el viento que entra por la ventanilla entreabierta y el latido de mi propio corazón, regular como un reloj de pared.
—¿Estás bien? —me pregunta Isabella, después de un kilómetro en silencio.
—Sí.
Y es verdad. El vacío que siento no es dolor. Es el espacio que deja algo que por fin se rompió del todo y ya no puede repararse. La familia que nunca fue mía acaba de dejar de existir. Los lazos que me ataban a la Casona Solares, que en mi vida anterior me estrangularon hasta matarme, se han cortado limpiamente. Y lo que queda no es sangre ni tristeza: es aire. Espacio. Libertad.
Antes de que la pantalla se apague, alcanzo a ver un último mensaje que entró justo antes de cortar la señal. De Sebastián.
«Estoy preparando la cena.»
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Isabella me deja en el edificio del apartamento. Me abraza antes de que baje del auto, con cuidado de no apretarme la espalda lastimada, y me dice que me llame si necesito cualquier cosa, a cualquier hora, sin importar qué.
Subo las escaleras. La puerta del apartamento está entreabierta. Un aroma denso y cálido me recibe desde el pasillo: pescado al horno con ajo, cebolla tierna, un toque de limón y algo más, algo dulce que podría ser pimiento rojo caramelizado.
Entro.
Sebastián está de pie frente a la estufa, con un delantal de tela gruesa sobre su camiseta negra. La tela le cubre el torso pero deja al descubierto los antebrazos, donde los músculos se mueven bajo la piel cada vez que sacude el sartén. No levanta la vista cuando me escucha entrar. El vapor le sube por los brazos y le humedece la frente.
—Bienvenida a casa —dice.
Tres palabras. Ninguna inflexión particular. Dichas con la misma naturalidad con la que diría «el agua está hirviendo» o «cierra la puerta.»
Pero es la primera vez que alguien me dice esas palabras y las siento verdaderas. En la Casona Solares nunca las escuché. Diego nunca las pronunció. En mi vida anterior, nadie me esperó con la cena lista.
Me quedo parada en el umbral, con la mochila colgando de un hombro, la sangre seca en la frente y un nudo en la garganta que no esperaba. Los ojos me arden. No voy a llorar. No aquí. No ahora.
—Gracias —digo. Mi voz sale más ronca de lo que quisiera.
Sebastián asiente sin voltear. Pone un plato sobre la mesa. Luego otro. Dos vasos de agua y dos juegos de cubiertos.
—Siéntate. Está listo.