Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 1: El Precio de la Libertad
El aroma a jazmín silvestre y a la tormenta que se aproximaba sobre las dunas impregnaba la suite imperial. Zaira contempló su reflejo en el espejo de marco dorado: el vestido de seda blanca, suave como el agua y ceñido a sus curvas con una elegancia impecable, se ajustaba a su cintura como una segunda piel. Los rubíes engarzados en su gargantilla pesaban sobre su clavícula con la gravedad de una condena.
Aquella no era una boda por amor; era una transacción. Un acuerdo de paz entre su familia y el clan más peligroso que dominaba las sombras del emirato.
A través de las celosías de madera tallada del palacio, el horizonte de Dubái brillaba con mil luces doradas que se fundían con el mar de arena. Todo a su alrededor recordaba a los relatos de Las mil y una noches, pero Zaira no se sentía una reina en un cuento de hadas, sino una cautiva en un jaula de oro.
La puerta de caoba tallada se abrió sin un solo ruido, rompiendo la penumbra de la habitación.
Zaira se giró con el corazón martilleándole el pecho, esperando ver al joven y caprichoso heredero con el que había sido comprometida. Pero la figura que cruzó el umbral no era un muchacho.
Era un hombre que emanaba un poder antiguo, peligroso y abrumador.
Tariq Al-Rashid llenaba el espacio con su sola presencia. Alto, de hombros anchos y una postura regia que delataba sus siglos de existencia como Alfa y líder supremo de la mafia vampírica del oriente, vestía una túnica ceremonial de seda negra bordada con hilos de oro puro. El contraste entre la riqueza de su vestimenta y la palidez atrayente de su piel esculpida era hipnótico. Pero lo que congeló el aliento de Zaira fueron sus ojos: dos orbes de un tono ámbar ardiente que brillaban en la penumbra con la intensidad de una llama viva.
—Tu prometido ha demostrado ser un cobarde al huir esta noche —dijo Tariq.
Su voz no era áspera; era un susurro grave, profundo y aterciopelado que pareció vibrar en las paredes y rasgar el aire caliente de la estancia.
Zaira dio un paso atrás, presionando la espalda contra la frialdad del marco de la ventana.
—¿Qué dices? Samir... él no puede haberte desafiado.
—Mi hijo ha preferido la deshonra antes que cumplir con su deber —continuó Tariq, avanzando con la gracia pausada e imperceptible de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir—. Creyó que huyendo con el botín del clan me obligaría a romper la alianza. Pero el apellido Al-Rashid jamás rompe un pacto. Y el honor de mi linaje no se negocia.
—Si él no está, el acuerdo se rompe —sentenció ella, intentando que su voz no temblara, aunque el pulso acelerado en su cuello la delataba por completo—. Soy libre.
Una sonrisa lenta y mortalmente seductora curvó los labios de Tariq, dejando entrever por un milisegundo la punta de sus colmillos inmortales.
—Nadie camina libre dentro de mis dominios, pajarillo, a menos que yo lo permita.
En un parpadeo, a una velocidad que desafiaba cualquier ley física, Tariq cerró la distancia entre ambos. Antes de que Zaira pudiera siquiera ahogar un grito, el calor de la mano enguantada del Alfa se posó con firmeza pero sin brusquedad en el costado de su cintura.
El contacto envió una descarga eléctrica directo al centro de su pecho. El contraste entre la fuerza bruta que él poseía y la sutileza de su toque hizo que a Zaira se le erizara cada poro de la piel. Tariq la atrajo suavemente hacia su torso de piedra, donde ella pudo oler la fragancia de su piel: una mezcla embriagadora de sándalo, ámbar y el matiz metálico y tentador de su naturaleza inmortal.
—El pacto se mantiene —murmuró él, inclinando la cabeza.
Su aliento cálido rozó la curva sensible del cuello de Zaira, haciendo que un escalofrío involuntario recorriera la columna de la joven. Los dedos de Tariq subieron por la seda de su vestido hasta encontrar la cinta que sujetaba el velo sobre su cabello oscuro. Con una lentitud calculada y tortuosa, fue desatando el nudo. El velo cayó al suelo como una caricia de aire.
—A partir de esta noche —continuó Tariq, rozando con la comisura de sus labios el lóbulo de la oreja de Zaira, enviando chispas de calor por todo su cuerpo—, no le debes nada a mi hijo. Te casarás con el señor de este palacio.
—Eres su padre... —susurró ella, atrapada entre el pánico y una extraña e inconfesable fascinación que comenzaba a arder en su vientre.
—Soy el Alfa —corrigió él en un murmullo que rozó los labios de ella, manteniendo sus ojos ámbar fijos en los de Zaira, devorándola con la mirada—. Y yo no comparto, ni cedo, lo que a partir de hoy me pertenece.
El silencio de la noche del desierto los envolvió, mientras el destino de ambos quedaba sellado bajo la luz de la luna plateada.