Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: La persecución
La noche se convierte en una línea borrosa de farolas y árboles que pasan a toda velocidad. Leo aprieta el volante con las manos sudorosas, los nudillos blancos bajo la gasa ensangrentada de su palma derecha. El coche negro no se aparta. Está a unos cien metros detrás de él, con las luces largas encendidas, cegándolo a través del espejo retrovisor.
—Vamos, vamos —murmura Leo, pisando el acelerador hasta el fondo.
El motor del Renault responde con un rugido que es más un quejido. El golpeteo metálico se intensifica, como si algo dentro estuviera a punto de romperse. Pero el coche avanza. La carretera se curva a la izquierda, y Leo toma la curva sin frenar. El coche se inclina peligrosamente, las ruedas traseras patinan sobre el asfalto húmedo, pero logra enderezarlo.
Mira por el retrovisor. El coche negro también toma la curva. Sin frenar. Sin inmutarse.
—¿Quién eres? —susurra Leo, como si el coche pudiera responderle.
Saca el móvil con una mano mientras conduce con la otra. La pantalla rota parpadea. Abre el mapa. El faro del Cabo Tormenta está a casi tres horas, pero hay un desvío a la derecha en unos dos kilómetros. Un camino de tierra que, según el mapa, lleva a un pueblo costero abandonado. Podría perderlo allí. O podría estrellarse en una zanja. Pero es la única opción.
El coche negro se acerca. Ahora está a menos de cincuenta metros. Leo puede ver el brillo de los faros, la silueta del conductor detrás del parabrisas. No puede distinguir su rostro, pero nota que el coche está ganando terreno. El Renault no es rápido. Es un coche viejo, y el motor suena como si hubiera visto días mejores.
—Vamos, maldito —dice, golpeando el volante.
El desvío aparece a su derecha. Leo gira bruscamente, sin señales, sin aviso. El coche patina sobre la gravilla del camino de tierra y casi se estrella contra un poste de madera. Logra enderezarlo justo a tiempo. El camino es estrecho, bordeado de arbustos altos que raspan la pintura del coche con un chirrido horrible.
El coche negro no toma el desvío. Leo ve por el retrovisor cómo sigue de largo por la carretera principal, sus luces rojas de freno se encienden un instante y luego se pierden en la distancia.
—Lo logré —susurra, y suelta el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Se detiene en medio del camino de tierra, con el motor en ralentí, y apoya la frente contra el volante. Respira hondo. Puede oler la gasolina, el polvo, la sangre seca del asiento. Todo se mezcla en un cóctel que le revuelve el estómago.
Pero no hay tiempo para descansar. Sabe que el coche negro podría dar la vuelta y encontrarlo. O podría haber llamado a refuerzos. Necesita moverse.
Saca el móvil. Las coordenadas del tatuaje, el mapa del faro, todo está ahí. Pero ahora hay algo más. Un mensaje nuevo, del mismo remitente anónimo:
"Bien hecho. Te has quitado a uno de encima. Pero hay más. No pares hasta el faro. Y no confíes en nadie que te ofrezca ayuda."
Leo sonríe con amargura. "No confíes en nadie" ya es su lema desde que despertó en el hospital. ¿Quién es este remitente? ¿Un aliado? ¿Un manipulador? ¿O alguien que solo quiere que llegue al faro para tenderle una trampa?
Vuelve a poner el coche en marcha. El camino de tierra serpentea entre colinas bajas y campos de cultivo secos. La luna se asoma entre las nubes, bañando el paisaje en una luz pálida y fantasmal. Leo conduce con cautela, los faros iluminando apenas unos metros por delante.
Después de unos veinte minutos, el camino termina en una carretera asfaltada que bordea la costa. A su izquierda, el mar. Un mar oscuro, casi negro, con olas que rompen contra los acantilados con un estruendo sordo. A su derecha, acantilados de roca gris y, más allá, la silueta de un pueblo.
El mapa dice que es Puerto Escondido. El pueblo abandonado que vio en el desvío.
Frena al borde de la carretera y observa. Puerto Escondido parece un pueblo fantasma. Las casas tienen las ventanas rotas, las puertas entreabiertas, los tejados hundidos. No hay luces, no hay movimiento, no hay vida. Pero algo en el pueblo lo atrae. Una sensación extraña, como si hubiera estado allí antes.
Apaga el motor y baja del coche. El aire salado le golpea la cara. Hay un olor a algas, a humedad, a abandono. Camina hacia la entrada del pueblo, con la mochila al hombro y las llaves en el bolsillo. Cada paso sobre la grava suena demasiado fuerte en el silencio de la noche.
Entra en la primera calle. Las fachadas de las casas están descascarilladas. Hay un cartel oxidado que dice "Hostal del Puerto" con las letras casi borradas. En el suelo, una lata de refresco aplastada. Y, en la pared de una de las casas, otra marca: la T con el círculo.
—T —susurra Leo—. ¿Qué significa? ¿Un nombre? ¿Un lugar? ¿Una pista?
La T señala hacia el final de la calle, donde el pueblo se abre a una pequeña plaza. En el centro de la plaza, una fuente seca, con una estatua de una mujer sosteniendo una antorcha. La antorcha apunta hacia el este. Hacia el faro.
Todo en este pueblo parece diseñado para llevarlo al mismo destino.
Leo se acerca a la fuente. Hay algo escrito en la base, grabado en la piedra. Se agacha para leerlo con la linterna del móvil:
"El que busca la verdad debe estar dispuesto a perderse."
—Bonito dicho —murmura.
Entonces oye un ruido. Un golpe metálico, como una puerta cerrándose. Viene de una de las casas de la plaza. Una casa con contraventanas azules, la única que parece menos derruida que las demás.
—¿Hay alguien ahí? —pregunta Leo, con la voz temblorosa.
Silencio.
Se acerca a la puerta. Está entreabierta. La empuja con la punta del pie. Rechina, y el olor a polvo y a madera podrida lo envuelve. En el interior, apenas iluminado por la luna que entra por las ventanas rotas, ve una mesa. Sobre la mesa, una vela encendida.
Alguien estuvo aquí. Alguien está aquí.
Se acerca a la mesa. Junto a la vela, un papel blanco. Lo toma. La letra es redonda, femenina. Es la letra de Elena.
"Leo, si has llegado hasta aquí, es porque estás en el camino correcto. Pero no estás solo. Te están siguiendo. Y no me refiero solo al coche negro. Hay alguien más. Alguien que no sabes que existe. Alguien que te conoce mejor que tú mismo. Ten cuidado con la rubia. No es lo que parece. Ve al faro. Te espero. — E."
E. Elena. O quien sea que use esa letra.
Leo guarda la nota. Su corazón late con fuerza. Alguien que no sabe que existe. ¿Quién? ¿El remitente anónimo? ¿El hombre del traje? ¿El de las botas? ¿O la rubia de la foto?
Un crujido en el piso superior. Un paso. Luego otro.
Alguien está arriba.
Leo se queda inmóvil, conteniendo la respiración. El crujido se repite. Es un paso pesado, de botas.
El hombre de las botas.
Mira hacia la escalera. Oscura. No ve nada. Pero el sonido se repite, más cerca.
No espera más. Sale corriendo de la casa, atraviesa la plaza, se lanza al coche y arranca con el motor rugiendo. Las ruedas patinan sobre la gravilla mientras acelera de vuelta a la carretera de la costa.
Mira por el retrovisor. En la puerta de la casa de las contraventanas azules, ve una silueta. Un hombre alto, con botas, que lo observa mientras se aleja.
No corre tras él. No intenta detenerlo. Solo mira. Como si ya supiera que Leo va a llegar al faro.
Como si todo esto fuera un juego.
Y Leo, con el corazón en la garganta, acelera hacia la carretera de la costa, con el faro del Cabo Tormenta esperándolo en la oscuridad, y con la certeza de que, pase lo que pase, alguien llegará antes que él.