Nikolai Ivánov es un hombre forjado en el dolor, de ojos duros y manos de hierro. No tolera mentiras y aprendió desde joven que el amor es la mayor debilidad del ser humano.
Envuelto en un frío implacable y pasos calculados, vio en una alianza de sangre solo poder… y cree que nada puede romper su control sobre el mundo.
Helena Lombardi, adelantada a su tiempo, cree en el amor con la misma intensidad con la que vive su libertad. Cada gesto suyo rebosa coraje y determinación, desafiando todo lo que Nikolai considera inquebrantable.
Cuando dos mundos tan opuestos chocan, las certezas se transforman en dudas, y los deseos que antes parecían imposibles irrumpen como una tormenta. Entre dolor y entrega, pasión y desafío, alguien tendrá que ceder…
Pero nadie saldrá ileso.
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Capítulo 11
Helena
Me desperté sola en la cama. Su lado está frío, intacto, como si nunca hubiera sido usado. El pecho me pesa, una tristeza profunda que parece no tener nombre. Lo primero que hago es agarrar el celular. Mensajes de Natalia. De mi madre. Solo de leer los nombres, el llanto vuelve con fuerza.
No respondo a nadie.
Me levanto despacio, sintiendo una incomodidad extraña en mi intimidad, una mezcla de tensión y emoción mal resuelta. Entro en la ducha y dejo que el agua caliente caiga sobre mí, intentando lavar lo que estoy sintiendo —sin éxito. Me visto para correr, me recojo el pelo en una coleta alta y bajo las escaleras.
Empiezo a correr.
Percibo que me están siguiendo, pero no me importa. El frío corta el rostro, el aire quema los pulmones. Continúo. El soldado insiste, después disminuye el ritmo. Algunos minutos después, él desiste. Yo sigo un poco más, hasta que el cuerpo reclama. Estoy cansada, dolorida. Paro para respirar y, por fin, regreso a casa.
Subo las escaleras de la habitación justo a tiempo de ver a Nikolai saliendo en coche.
Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez. Algunas caen antes de que consiga impedirlo. Me siento en la cama, derrotada por un silencio que grita. El celular suena. Es Natalia. No contesto. No conseguiría hablar sin llorar. Y no quiero preocupar a mi madre.
Respiro hondo.
No. No me voy a quedar aquí encerrada llorando.
Me doy otra ducha, me arreglo con cuidado —casi como un acto de desafío. Cuando termino, bajo las escaleras decidida. Llamo a uno de los soldados y le pido que me lleve a salir. Él dice que no puedo.
Río. Sin humor alguno.
—Si no vienes conmigo —digo firme—, iré sola.
Veo cuando él se aleja para llamar. Sé exactamente a quién. Apago mi celular antes de que cualquier cosa llegue hasta mí. Minutos después, ellos toman el coche.
Entro en el asiento de atrás.
El conductor me mira por el retrovisor.
—¿A dónde, señora?
Respiro hondo, encarando la carretera al frente como si fuera un portal.
—Al centro comercial —respondo.
Llego al centro comercial y, así que entro, el movimiento, las luces y el ruido me envuelven como un escudo. Camino por los pasillos intentando mantener la postura, como si todo estuviera exactamente donde debería estar.
Entro en la primera tienda. Después en la segunda. En la tercera.
Compro.
Compro ropa que no necesito, zapatos que tal vez nunca use, perfumes, bolsos, cosas bonitas, caras, excesivas. Cada bolsa en mi mano es una tentativa desesperada de convencerme de que tengo control sobre alguna cosa.
Los vendedores sonríen, me tratan con cuidado, me llaman señora. Nadie sabe que por dentro estoy rota. Nadie imagina que esta tarjeta ilimitada no compra lo que realmente falta.
Paso la tarjeta sin mirar el valor. Una, dos, diez veces.
Comprar me distrae. Comprar me ocupa. Comprar me da la falsa sensación de normalidad. Como si, mientras elijo tejidos y colores, mi vida también estuviera eligiendo un camino correcto.
Por algunos minutos, casi consigo fingir que soy solo una mujer común haciendo compras en un día cualquiera.
Pero el peso en el pecho no se va.
Ya me cansé de comprar. Las bolsas pesan, pero no tanto como lo que llevo por dentro. Mis pies duelen de tanto andar de tienda en tienda, y aun así la sensación de vacío no pasa. Por el contrario. Ella crece, aprieta el pecho, sube por la garganta.
Me sofoca.
Muerdo los labios con fuerza para no llorar allí mismo, en medio de extraños que no tienen nada que ver con mi dolor. Respiro hondo algunas veces, hasta conseguir hablar.
—¿Dónde está el estacionamiento? —pregunto al soldado.
Él me guía en silencio. Todo alrededor parece distante, como si estuviera observando mi propia vida desde fuera. Llegamos al coche. Entro en el asiento de atrás, cercada por bolsas que ahora parecen ridículas.
El trayecto de vuelta es silencioso.
Observo el paisaje por la ventana, los árboles, el cielo gris, la carretera larga demasiado. Cuando los portones de la mansión surgen al frente, siento un apretón aún mayor.
Mi prisión dorada.
Bonita, imponente, fría. El lugar donde todo es lujo… menos la libertad.
Los soldados suben con las bolsas detrás de mí. Una de las empleadas también entra en la habitación, observando en silencio mientras todo es colocado en el armario. En pocos minutos, el suelo desaparece bajo tantas cajas y bolsas esparcidas.
Ella me mira con cuidado.
—¿Puedo arreglar ahora, señora?
Muevo la cabeza en negativa, la voz presa en la garganta.
—Después.
Ella asiente y sale, cerrando la puerta con suavidad. La habitación vuelve a quedar grande demasiado. Silenciosa demasiado.
Me quito los tacones con prisa, como si ellos fueran parte del peso que estoy cargando. Me acuesto en la cama aún vestida. La almohada recibe mi rostro y, finalmente, desisto de ser fuerte.
Lloro.
Lloro bajo, lloro contenido, lloro hasta que el pecho duele y los ojos arden. Lloro por la nostalgia, por el miedo, por el hombre que duerme a mi lado y aun así parece tan distante. Lloro por mí, por la vida que dejé, por la que aún no sé si quiero.
Las lágrimas van quedando más lentas. El cuerpo cansa antes del dolor.
Y así, agotada, acabo durmiendo.