Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Negación absoluta
Samantha Torres
No pasó nada.
Absolutamente nada.
Esa fue la mentira que me repetí al despertar.
Y también mientras me cepillaba los dientes.
Mientras preparaba el desayuno.
Mientras caminaba hacia la universidad.
Mientras intentaba estudiar.
Mientras fingía ser una persona funcional.
No pasó nada.
Nada.
Nada en absoluto.
Porque un roce accidental no era un beso.
Y un beso accidental no significaba nada.
Y aunque significara algo...
No importaba.
¿Verdad?
----------------
—Te besó.
—No.
—Sí.
—Olivia.
—Samantha.
—Fue un accidente.
—Claro.
—Lo fue.
—Por supuesto.
La odiaba.
Muchísimo.
Porque llevaba exactamente cuarenta y cinco minutos torturándome.
Y porque cada vez que intentaba defenderme, sonaba menos convincente.
—No fue un beso.
—Sus labios tocaron los tuyos.
—Por accidente.
—Sigue siendo un beso.
—No.
—Sí.
Suspiré.
Derrotada.
Porque discutir con Olivia era como discutir con una pared particularmente testaruda.
----------------
—Además...
Ella sonrió.
Y esa sonrisa nunca significaba nada bueno.
—¿Qué?
—Te gustó.
—No.
—Sí.
—Olivia.
—Samantha.
—No me gustó.
Mentira.
Horrible mentira.
Terrible mentira.
Una mentira tan evidente que incluso yo me sentí ofendida al escucharla.
Olivia levantó una ceja.
—Eres pésima mintiendo.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto igual.
Maldita sea.
Ahora hasta hablaba como Viktor.
----------------
Intenté concentrarme en mis clases.
Intenté.
Fracasé.
Porque mi cerebro era un traidor.
Cada vez que abría un libro recordaba aquella caída.
Aquella cercanía.
Aquellos ojos grises.
Aquella forma en que ambos se quedaron inmóviles después.
Como si el mundo hubiera desaparecido.
Como si existieran solamente nosotros dos.
Y eso era un problema.
Un enorme problema.
Porque Viktor D'Angelo era exactamente el tipo de hombre del que debería mantenerme alejada.
Rico.
Poderoso.
Complicado.
Demasiado atractivo para su propio bien.
Y claramente capaz de arruinar mi estabilidad emocional.
----------------
Cuando terminé las clases, regresé a la pastelería.
Y descubrí que el universo todavía me odiaba.
Porque Viktor estaba allí.
Sentado en su mesa habitual.
Con una taza de café.
Y esa expresión tranquila que ahora me resultaba peligrosamente familiar.
—Buenos días.
Dijo.
Como si nada hubiera pasado.
—Hola.
Respondí.
Como si nada hubiera pasado.
Mentíamos.
Los dos.
Y ambos lo sabíamos.
----------------
El silencio se instaló inmediatamente.
Extraño.
Incómodo.
Diferente.
Porque normalmente siempre encontrábamos algo para discutir.
Algo para bromear.
Algo para molestarnos mutuamente.
Pero ahora...
Ahora estábamos demasiado conscientes el uno del otro.
Y eso complicaba todo.
—¿Cómo dormiste?
Preguntó finalmente.
—Bien.
Mentira.
—¿Y tú?
—Bien.
Mentira también.
Perfecto.
Una conversación basada completamente en falsedades.
----------------
—Entonces...
Comenzó él.
—Entonces...
Respondí.
—Estamos actuando raro.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
Silencio.
Otra vez.
—Fue un accidente.
Dijimos ambos al mismo tiempo.
Y entonces nos quedamos mirando.
Porque aquello habría sido divertido en cualquier otra circunstancia.
Pero ahora solo empeoraba las cosas.
—Exacto.
Respondí.
—Exacto.
Respondió él.
—No significa nada.
—Nada.
—Absolutamente nada.
—Definitivamente nada.
Mentiroso.
Yo.
Él.
Ambos.
----------------
Por suerte apareció Ian.
Desgraciadamente apareció Ian.
Porque salvó la conversación.
Y la destruyó al mismo tiempo.
—¡Buenos días, tortolitos!
Silencio.
Mortal.
Absolutamente mortal.
—¿Qué?
Preguntó Ian.
—Nada.
Respondimos los dos.
—Interesante.
—Ian.
La advertencia en la voz de Viktor fue clara.
—¿Sí?
—Corre.
—¿Por qué?
—Solo corre.
Ian observó nuestras caras.
Luego sonrió.
Y comprendió algo.
Algo que no debería haber comprendido.
—OH.
No.
—Oh no.
Sí.
—¿Pasó algo?
—No.
Respondimos inmediatamente.
—Pasó algo.
—No.
—Definitivamente pasó algo.
Maldita sea.
----------------
Ian pasó el resto de la mañana intentando obtener información.
Sin éxito.
Porque tanto Viktor como yo nos negamos rotundamente a hablar.
Y porque ninguno estaba dispuesto a traicionar el acuerdo.
Lo cual era una pequeña victoria.
Hasta que apareció Evelyn.
Y arruinó todo.
—¿Ya se besaron otra vez?
Casi dejé caer una bandeja.
Ian dejó caer una cuchara.
Y Viktor casi se atragantó con el café.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
----------------
—¿Otra vez?
Repitió Ian.
Con una sonrisa aterradoramente grande.
—Evelyn.
Dije lentamente.
—¿Sí?
—Ven aquí.
—No.
—Ahora.
—Definitivamente no.
Pequeña traidora.
Absoluta traidora.
----------------
Durante los siguientes veinte minutos intenté convencer a todos de que no había ocurrido nada importante.
Sin éxito.
Porque nadie me creyó.
Ni Olivia.
Ni Ian.
Ni Evelyn.
Probablemente ni Tiramisú.
Y sinceramente comenzaba a sospechar que tampoco me creía yo misma.
----------------
Aquella tarde Viktor se quedó más tiempo de lo habitual.
Trabajando desde su computadora.
Tomando café.
Molestándome ocasionalmente.
Lo normal.
O casi normal.
Porque cada vez que nuestras manos se rozaban accidentalmente al pasar una taza...
Ambos reaccionábamos.
Y cada vez que nuestras miradas se encontraban...
Algo cambiaba.
Algo pequeño.
Pero imposible de ignorar.
----------------
Al final del día me encontraba guardando algunas cajas cuando escuché pasos acercándose.
Levanté la vista.
Y encontré a Viktor frente a mí.
Solo nosotros.
Otra vez.
—Samantha.
—¿Sí?
Parecía querer decir algo.
Algo importante.
Pero estaba luchando consigo mismo.
Podía verlo.
—Sobre lo de ayer...
Mi corazón se aceleró.
Instantáneamente.
—¿Sí?
Silencio.
Largo.
Peligroso.
Y entonces sonrió.
Esa sonrisa pequeña.
La que estaba empezando a gustarme demasiado.
—Nada.
Lo observé.
Incrédula.
—¿Nada?
—Nada.
—Te odio.
—No.
—Sí.
Y por primera vez en todo el día volvimos a reírnos.
De verdad.
Sin tensión.
Sin miedo.
Sin pensar demasiado.
Solo nosotros.
----------------
Cuando llegó la noche y finalmente regresé a casa, me dejé caer sobre la cama.
Agotada.
Confundida.
Y completamente incapaz de ordenar mis pensamientos.
Porque la verdad era sencilla.
Y precisamente por eso resultaba aterradora.
Había pasado semanas negando mi atracción por Viktor.
Luego negué mis sentimientos.
Y ahora estaba intentando negar algo mucho más evidente.
Lo que estaba ocurriendo entre nosotros.
Porque ya no era simple interés.
Ya no era simple curiosidad.
Ya no era simple atracción.
Era algo más.
Algo que crecía cada día.
Algo que ninguno parecía capaz de detener.
Y aun así seguíamos fingiendo.
Seguíamos negándolo.
Seguíamos escondiéndonos detrás de bromas y sarcasmo.
Como si eso fuera a cambiar la realidad.
Como si el corazón obedeciera la lógica.
Como si enamorarse fuera una decisión.
Pero no lo era.
Y una parte de mí comenzaba a comprenderlo.
Por eso el nombre del capítulo de mi vida en aquel momento solo podía ser uno.
Negación absoluta.
Porque aceptar la verdad todavía daba demasiado miedo.
Fin del Capítulo 21...🍰