Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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No hay máscaras.
...Capítulo 6....
...Parte 2....
...No hay máscaras. ...
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Leonor.
Una hora después, entro al gran salón. El aire es pesado, cargado de olor a viejo, a sangre y a poder. Las paredes están cubiertas de estandartes negros y rojos, con el símbolo de nuestro clan: una rosa negra atravesada por una espada. Allí están todos: guerreros antiguos, líderes crueles, hombres y mujeres que han vivido siglos alimentándose, matando, dominando. Y al frente, mi padre, sentado en su silla de piedra, con la mirada fija y brillante de emoción.
Me siento a su derecha, en mi lugar, el lugar de la princesa, la heredera. Todos me miran con respeto, con miedo, con admiración. Para ellos soy perfecta. Soy la hija de Juls. Soy la belleza y la muerte juntas.
Empiezan a hablar. Estrategias, movimientos, puntos débiles, números, armas. Hablan de la Manada Luna de Sangre como si fueran animales que hay que cazar. Hablan de Andrew Fortier como si fuera un simple obstáculo que hay que eliminar.
—Es joven —dice uno de los capitanes, con voz áspera—. Es impetuoso. Cometerá errores. Podemos usar eso a nuestro favor.
—No es tan débil como parece —interviene mi padre, serio—. Lleva la sangre de Joseph. Es fuerte. Y tiene algo… algo que le da autoridad. Pero nada que no podamos romper. Lo vamos a acorralar. Vamos a cortar sus suministros, a atacar sus bordes, a matar a cada humano que encuentren bajo su protección. Hasta que salga a pelear. Y cuando salga… lo mataremos. Y traerán su cabeza aquí, clavada en una lanza, para que todos vean lo que pasa cuando un perro intenta ser rey.
Todos asienten, rugen de aprobación, llenan la sala de un odio que se puede tocar.
Y yo… yo me quedo callada. Sonrío cuando toca sonreír. Asiento cuando toca asentir. Digo las palabras correctas, las frases crueles, las órdenes duras que se esperan de mí. Pero por dentro, mi mente está a kilómetros de aquí. No escucho nada de lo que dicen.
Solo veo sus ojos. Esos ojos dorados, ámbar, intensos, que me miraron en el puente. Ojos que esa noche en la fiesta me miraron con deseo, con adoración, con una necesidad tan grande como la mía. Ojos que hoy me miraron con dolor, con advertencia, con un secreto que solo nosotros dos compartimos.
“¿Cómo puedes ser tú?”, pienso una y otra vez. “¿Cómo puedo desearte si eres todo lo que debo odiar?”
Cuando por fin termina la reunión, cuando todos se retiran y el salón queda en silencio, me levanto sintiéndome agotada, como si hubiera peleado yo sola contra todo el ejército. Necesito salir de aquí. Necesito respirar. Necesito hablar con alguien que no sea de piedra, que no esté lleno de odio.
Camino rápido hacia el ala oeste, hacia las habitaciones de Valeria.
Es mi mejor amiga desde que éramos niñas. La única que me ha visto llorar, la única que sabe mis locuras, la única a la que le conté todo lo de esa noche, aunque nunca le dije quién era él realmente.
Entro sin llamar. Ella está allí, sentada junto a la ventana, leyendo, pero al verme entrar con la cara descompuesta, deja el libro de golpe y se levanta preocupada.
—Leonor… ¿Qué te pasa? Te veo pálida, incluso para nosotras. ¿Sucedió algo en el puente?
Cierro la puerta con llave y me apoyo contra ella, dejando caer toda mi máscara. Por fin. Por fin puedo ser yo, la chica confundida, asustada, que no sabe qué hacer.
—Valeria… era él.
Ella frunce el ceño, acercándose despacio.
—¿Quién? ¿De qué hablas?
—El chico —susurro, y siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas, algo que casi nunca me pasa—. El chico de la fiesta. El del que te hablé hace un año. El que no podía sacarme de la cabeza. Era él. Andrew Fortier. El Alfa de la Manada Luna de Sangre.
Valeria se queda muda, con la boca abierta, y luego se lleva una mano a la boca, impactada.
—Dios mío… Leonor… ¿estás segura? ¿Cien por cien segura?
—Lo vi. Él me vio. Nos reconocimos al instante. Y nos quedamos callados. No dijimos nada. Fingimos que no nos conocíamos para que mi padre no nos matara. Valeria… es él. Y ahora no sé qué hacer. Se supone que debo odiarlo. Se supone que debo querer su cabeza en una lanza como dice mi padre. Pero… no puedo. Solo puedo pensar en que lo volví a ver. Solo puedo pensar en que quiero volver a estar con él.
Ella me toma de las manos, me lleva hasta el sofá y me hace sentar, mirándome con seriedad, con esa mezcla de cariño y prudencia que siempre tiene.
—Leonor, escúchame bien, porque eres mi amiga y te quiero, pero esto… esto es un desastre. Es el peligro más grande en el que te has metido jamás. Él es tu enemigo. Es un lobo. Es todo lo que destruimos. Y tu padre… si llega a sospechar siquiera que sientes algo, que hubo algo… te destruirá a ti también. No le importa que seas su hija. Para Juls Anderson, el honor y el poder están por encima de todo.
—Lo sé —respondo, con la voz rota, mirando mis manos—. Lo sé todo eso. Pero no lo elijo, Valeria. No elijo sentir esto. No elijo que cada noche, cuando cierro los ojos, solo vea esos ojos dorados. No elijo que mi cuerpo recuerde el suyo como si fuera lo único que conoce.
Ella me aprieta las manos con fuerza, su mirada se endurece pero sigue siendo suave.
—Entonces tienes que controlarlo. Tienes que enterrarlo, Leonor. Por tu bien. Porque si no lo haces… vas a terminar perdiendo todo. Tu vida, tu familia, tu lugar aquí… todo. Él es el Alfa, tiene su deber, su gente, su odio heredado. Tú eres la princesa. Tenéis caminos opuestos, escritos en sangre hace siglos. No hay espacio para lo que sientes. Solo hay espacio para la guerra. Y para la muerte.
Me quedo en silencio, mirando a la nada, mientras sus palabras se clavan en mi pecho como cuchillos. Tiene razón. Ella tiene toda la razón. Pero la razón no manda en el corazón. Y menos en el mío, que parece decidido a traicionarme y a amar al único hombre que jamás debería haber tocado.
—Tengo miedo, Valeria —susurro—. Siento que esto no va a parar. Siento que lo que pasó en esa fiesta, lo que pasó hoy… es solo el principio. Y que al final… nos vamos a destruir los dos.
Valeria me abraza, fuerte, protectora.
—Solo ten cuidado, Leonor. Por favor. Ten mucho cuidado. Porque en esta historia, si sigues jugando con fuego… vas a quemarte. Y no quiero estar ahí para verlo.
Cuando me voy de sus aposentos, ya es de noche. Camino por los pasillos oscuros del castillo, y aunque estoy rodeada de mi gente, de mi poder, de mi reino… me siento sola. Más sola que nunca.
Subo a mi habitación, cierro la puerta, me quito los zapatos y me dejo caer en la cama. Y allí, en la oscuridad, cuando todo está en silencio y ya no hay máscaras que mantener, vuelven. Vuelven sus ojos dorados. Vuelve su recuerdo. Vuelve esa sensación de que, aunque el mundo entero nos quiera ver muertos el uno al otro… nosotros nos pertenecemos.
Cierro los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, no sueño con reinos ni con poder. Sueño con bosques, con luna llena… y con él.
Sin saber que, a kilómetros de distancia, él también está despierto. Y que sus ojos dorados, igual que los míos, no dejan de buscarme en la oscuridad.
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