Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, NACE LA VERDAD
Con el paso de las horas, el desvelo comenzó a cobrar factura. Los cuerpos ya no respondían con la misma rapidez, y la mente, antes clara, empezaba a nublarse.
Cinco días habían transcurrido.
Cinco días de tensión constante.
El médico Tiang, el príncipe Cheng y Luo comenzaban a sufrir leves dolores de cabeza, producto del cansancio acumulado, las noches sin dormir y la presión que no daba tregua.
Aun así…
Ninguno se detenía.
El emperador visitaba a la emperatriz Gao durante la noche. Los primeros días habían sido especialmente difíciles. Se rehusaba a abandonar la habitación de su esposo… del omega que le había dado dos hijos.
Su presencia era constante.
Dolorosa.
Necesaria.
Pero peligrosa.
Luo había tenido que intervenir.
En un momento de descuido, le administró un sedante.
No fue fácil.
Pero era necesario.
Con ayuda del eunuco Han y algunos sirvientes de confianza, lograron llevar al emperador a sus aposentos.
No era que no lo quisieran ahí…
Era que debían evitar, a toda costa, que alguien más se contagiara.
Gracias al ingenio de Luo, lograron que las visitas del emperador fueran solo durante la noche, y en completo secreto. Nadie, excepto ellos y el eunuco Han, debía saberlo.
Todo se manejaba en sombras.
En silencio.
En riesgo constante.
Pero valía la pena.
Porque…
La emperatriz Gao había despertado al tercer día.
Ese momento…
había sido un rayo de luz en medio de la oscuridad.
Confirmaba que aún estaba en una etapa temprana de la enfermedad. Tal vez los tónicos del médico Tiang habían ayudado…
O tal vez…
El cuerpo de la emperatriz era más fuerte de lo que todos imaginaban.
—Es una lástima que nos hayamos conocido de esta forma —dijo Gao con una voz más estable, aunque aún débil.
Cheng no pudo contener la emoción al verla consciente.
Y finalmente le dijo la verdad.
Que Luo era quien la estaba tratando.
Que ese joven omega…
era su salvación.
—Es un honor para mí, emperatriz —respondió Luo con respeto.
Gao lo observó con curiosidad.
Solo podía ver sus ojos, pero era suficiente.
—Debo decir… que eres más hermoso de lo que me imaginaba —comentó con una leve sonrisa.
Cheng parpadeó sorprendido.
Luo, por su parte, mantuvo la compostura.
—Me honra con sus palabras, mi señora —respondió mientras colocaba el estetoscopio sobre su pecho.
Aún recordaba la primera vez que se lo mostró al médico Tiang.
El hombre casi lo había dejado caer.
Y luego…
lo rompió.
La sorpresa había sido demasiada.
—Por favor, majestad, respire profundo —indicó Luo con suavidad.
Gao obedeció.
Lentamente.
Con cuidado.
Luo escuchó con atención.
Su expresión se suavizó.
—Antes de que pueda salir hoy a tomar el sol, le pido que tome esto cada doce horas —dijo, entregándole el medicamento—. Su respiración se ha regulado… pero el tratamiento aún no termina.
Hizo una pausa.
Y luego, con una mirada firme:
—Y aunque lo desee con todo su corazón… no puede besar al emperador aún.
Cheng desvió la mirada, incómodo.
Gao, en cambio, sonrió con timidez.
—Aun cuando ya me siento mejor… debo decir que no he podido estar con el emperador desde hace mucho…
Luo no se inmutó.
—Después de dieciséis días, comenzando desde mañana, podrá hacerlo.
Su tono era completamente profesional.
Sin titubeos.
—Una cosa más —añadió—. Le recomiendo que hable con su majestad sobre lo ocurrido hace algunos meses… y le ruego que no se moleste con el médico Tiang.
El ambiente cambió.
La emperatriz dirigió una mirada afilada al médico.
Tiang tragó saliva.
—Necesitaba saber qué había ocurrido antes de que su salud decayera —explicó Luo con calma.
Gao cerró los ojos.
Suspiró.
Pero no dijo nada.
Mientras dentro de la habitación la atmósfera se volvía más tranquila…
Afuera…
el caos comenzaba a gestarse.
En el palacio lateral de la emperatriz, Feng ya había empezado a sembrar veneno.
No en un cuerpo.
Sino en las mentes.
—Padre, temo que el hijo del primer ministro haya matado delante de los ojos del dragón imperial a mi madre emperatriz —declaró con dramatismo ante todos los funcionarios.
Un murmullo de horror recorrió el lugar.
—Majestad, debe recibir un castigo acorde a su delito —añadió el ministro de ritos.
—¡Qué tontería! —intervino el ministro Lang con enojo—. Mi hijo no sería capaz de cometer tal acto.
Sus palabras eran firmes.
Seguras.
Sabía.
Sabía lo que estaba ocurriendo.
Gracias a los mensajes que Luo le había hecho llegar durante esos días.
—Príncipe —continuó Lang, mirando directamente a Feng—, si mi hijo no supiera lo que hace… no habría puesto tanto empeño en salvar a la emperatriz.
El ambiente se tensó.
—Al menos mi hijo está salvando vidas… y no perdiendo el tiempo con jóvenes cortesanas.
Silencio.
Absoluto.
Las palabras habían sido una bofetada directa.
Feng apretó los dientes.
“Maldito viejo… si mi padre no estuviera aquí… ya estarías muerto”, pensó con furia.
—¡Basta! —tronó la voz del emperador, cortando la discusión—. Yo sé lo que he puesto en manos del joven Lang… así que guarda silencio, Feng.
Todos los funcionarios se arrodillaron de inmediato.
—Padre… solo queremos saber la verdad —insistió Feng con falsa preocupación.
El emperador lo miró fijamente.
—Con que yo la sepa… es suficiente.
El mensaje fue claro.
Irrefutable.
Minutos después…
La puerta se abrió.
Luo salió junto al médico Tiang.
Su rostro estaba serio.
Pero tranquilo.
—Majestad, hay algo que la emperatriz desea… —susurró Luo al oído del emperador—. Le pido que se coloque esto para evitar el contagio.
Le entregó un cubrebocas.
El emperador lo tomó sin cuestionar.
Confiaba.
Completamente.
Luo se hizo a un lado.
El emperador entró.
Y segundos después…
Cheng salió de la habitación.
Feng observó la escena.
Y sonrió.
Convencido.
“Está muriendo…”
Sin dudarlo, avanzó y sujetó a Luo con fuerza.
—¡Guardias! ¡Aprehendan al hijo del ministro Lang! —gritó con euforia.
Todo ocurrió muy rápido.
Pero no lo suficiente.
—¡ALÉJENSE DE ÉL! —ordenó Cheng, usando su voz de mando.
El aire vibró.
Los guardias se detuvieron.
Cheng jaló a Luo hacia él, colocándose frente a él en señal de protección.
Feng frunció el ceño.
—Hermano, debes ver lo que este omega ha hecho —dijo, fingiendo indignación—. No solo cometió traición… asesinó a nuestra madre.
Un silencio tenso se extendió.
Pero Luo no retrocedió.
Desde detrás de Cheng, habló con firmeza:
—No he cometido ningún delito delante del emperador. El único que puede declararme inocente o culpable… es el emperador.
Sus palabras fueron claras.
Firmes.
Desafiantes.
Y en ese instante…
El destino de todos quedó suspendido en el aire.
tal vez sea porque estoy escuchando canciones tristes...🤣🤭😭
Pero tan hermosa historia.
me enamoré de esta historia.
esto se está poniendo interesante.