INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 3: La Resaca del Silencio
La luz del lunes por la mañana entró con timidez por los grandes ventanales de la academia de danza. El reflejo de los espejos multiplicaba la soledad del salón principal, donde el único sonido era el eco rítmico de los zapatos de Juliana contra el suelo de madera.
Juliana caminaba de un lado a otro, revisando las listas de asistencia de las alumnas en su tableta, pero su mente no estaba en las clases. Todavía recordaba con una nitidez casi dolorosa cómo había regresado al país años atrás, cargada de maletas y temores, aferrada a la mano de sus padres, Julia y Joaquín, quienes la habían cobijado y apoyado en cada paso para volver a levantar su vida junto a la pequeña Athenea. Ahora, la academia era su gran orgullo, el fuerte que controlaba a la perfección. Sin embargo, esa mañana, su mente se había quedado atrapada en la penumbra de su cocina el sábado por la noche. Llevaba más de treinta y seis horas sintiendo la quemadura fantasma de los labios de Andrés contra los suyos, un reminder constante de que su blindaje perfecto tenía una grieta enorme.
—Estás anotando a la misma alumna tres veces, Juli.
Una voz suave, divertida y sumamente familiar la sacó de sus pensamientos. Juliana levantó la mirada de golpe y vio a Emmeline, su mano derecha en la academia, pero, por encima de todo, su mejor amiga y la hermana de Andrés. Emme entraba al salón sosteniendo una libreta de inscripciones con una sonrisa que delataba que sabía perfectamente lo que pasaba por la cabeza de la bailarina.
—Perdón, Emme... es que estaba repasando unas notas de los grupos —mintió Juliana, aclarándose la garganta y forzando su habitual postura erguida de directora.
Emmeline caminó hacia ella y dejó la libreta sobre la barra de sonido. Se cruzó de brazos, analizando a su mejor amiga a sus treinta años: impecable, con el moño alto perfectamente ajustado, pero con una sutil distracción en la mirada.
—A otra persona le puedes vender ese cuento, pero a mí no —dijo Emme con una sonrisa pícara—. El cumpleaños número nueve de mi sobrina Athenea fue un éxito, pero te conozco desde siempre, Juli, y estás flotando en las nubes desde el sábado. ¿Qué pasó con mi hermano en la cocina?
Juliana apretó la tableta contra su pecho, sintiendo que las mejillas le daban un vuelco de calor. Con Emmeline era imposible ocultar nada; después de todo, compartían la misma familia de una forma u otra.
—Nos besamos, Emme —soltó en un susurro—. Fue... la inercia del momento. Estábamos hablando de los niños, de las casas separadas, y simplemente pasó.
Los ojos de Emmeline se iluminaron con entusiasmo y soltó un suspiro de alivio.
—¡Por fin! Juli, sabes perfectamente que Andrés te ha demostrado una madurez increíble todos estos años. Adora a Athenea, es un padre presente, cría a su niño con una dedicación absoluta y no te quita los ojos de encima. Conozco a mi hermano, y sé que ha cambiado, que el luto lo hizo madurar. ¿Por qué le sigues huyendo a lo que ambos sienten?
—Porque tengo miedo, Emme —admitió Juliana, bajando la guardia y apoyando una mano en la barra de ballet—. Regresar al país con mis padres, Julia y Joaquín, y empezar de cero con Athenea me costó mucho. Vivir en casas separadas funciona, mantiene los límites claros. Si dejamos que la inercia nos junte por completo, ¿qué pasa si fallamos? No solo me rompería yo, se romperían nuestros hijos.
—A veces, el mayor riesgo es no arriesgarse a ser feliz, Juli —le dijo Emme con cariño, dándole un suave apretón en el brazo—. Es mi hermano, y sé que daría la vida por ti y por los niños. Piénsalo.
El sonido de la puerta principal de la academia interrumpió la conversación. Unos pasos firmes y pesados resonaron en el pasillo. El corazón de Juliana dio un vuelco salvaje; reconocería ese caminar en cualquier lugar.
Andrés entró al salón cargando una caja de material de oficina que Juliana había pedido para la administración. Vestía ropa casual de trabajo, pero su sola presencia física, alta y decidida, pareció encoger las paredes del lugar.
—Buen día —dijo Andrés con su voz profunda, dejando la caja sobre la mesa de recepción. Sus ojos oscuros buscaron de inmediato los de Juliana, sosteniendo la mirada con una intensidad que la hizo contener el aliento.
—Buen día, Andrés. Gracias por traer eso —respondió Juliana, recuperando su tono profesional a duras penas.
Emmeline, captando de inmediato la electricidad que flotaba entre su hermano y su mejor amiga, tomó sus carpetas lanzándole una mirada cómplice a Andrés.
—Bueno, yo tengo que ir a revisar las inscripciones del grupo de las niñas pequeñas en la entrada. Los dejo para que hablen. Nos vemos más tarde —dijo Emme, guiñándole un ojo a Juliana antes de salir del salón con discreción y cerrar la puerta detrás de sí.
El salón quedó sumido en un silencio denso. Andrés no se movió de su lugar inmediato, pero su mirada recorrió a Juliana, notando el sutil temblor en sus manos.
—No has dejado de pensar en el sábado, ¿verdad? —preguntó él con franqueza, sin rodeos, dando un paso lento hacia el centro del salón.
Juliana tragó saliva y desvió la mirada hacia el gran espejo, reacia a ceder tan rápido ante la cercanía de su cuerpo.
—Andrés, lo del sábado fue un error de contención. Estábamos vulnerables por la fiesta y...
—No te mientas a ti misma, Juliana —la interrumpió él con una voz suave pero cargada de una firmeza inquebrantable. Acortó la distancia entre los dos hasta quedar a un par de pasos, obligándola a mirarlo—. No fue un error. Fue lo más real que hemos tenido en años. Sé que tienes miedo de cambiar las reglas, sé que la seguridad de tus casas separadas te hace sentir que controlas el dolor del pasado... pero ese beso demostró que ya no podemos frenar lo que sentimos.
Con una lentitud exasperante, Andrés levantó la mano y, usando la yema de sus dedos, rozó el mentón de Juliana, obligándola a sostenerle la mirada. Su calor corporal la envolvió por completo.
—Llevo cinco años cuidándote desde la distancia, Juli —continuó él, con una voz profunda, rozando con el pulgar la comisura de sus labios, reviviendo la quemadura del sábado—. Cinco años siendo el padre de Athenea y Andreis Julián, respetando tus silencios, tus miedos y tus reglas. No te estoy pidiendo que te mudes conmigo mañana. Solo te pido que dejes de usar las casas separadas como un escudo contra mí. El luto ya pasó, el miedo ya no tiene sentido. Nos amamos, somos los padres de esos niños, y la fuerza que nos une es demasiado grande.
Juliana cerró los ojos un segundo, atrapada en una lucha interna brutal. Por un lado, el pánico de abrir su corazón; por el otro, la devoción de este hombre maduro que le estaba ofreciendo el mundo entero. La inercia del amor de Andrés la estaba acorralando en su propio refugio, y por primera vez, el hielo de sus defensas no parecía suficiente para detener el deshielo.
En ese momento, la manija de la puerta del salón volvió a sonar, anunciando que Emmeline regresaba con las primeras alumnas de la mañana. Juliana dio un paso atrás rápidamente, rompiendo el contacto, mientras Andrés bajaba la mano con parsimonia, manteniendo la calma de un hombre que sabe que, tarde o temprano, la inercia ganará la partida.